viernes, 8 de septiembre de 2023

Sin terminar

 (Columna publicada en Generación de El Colombiano el 2 de septiembre de 2023)



¿Qué tiene de rara una obra literaria inconclusa? ¡Ha habido tantas! Por lo general quedan así, no por irresponsabilidad, sino por un asunto inevitable: la muerte del creador, en la cual muchas veces no tiene injerencia. Por supuesto, también pueden quedar inacabadas por factores menos drásticos.


Truman Capote dejó Plegarias atendidas sin acabar. El escritor nacido en Nueva Orleans en 1924 la tituló así tomando prestado un texto de Santa Teresa de Ávila: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas”. ¡Y cuántas lágrimas vertió tras la publicación de tres relatos en la revista Squire!: “Mojabe” (que después excluyó del libro), “Monstruos perfectos” y “La Cote Basque”. Revelaba chismes y situaciones privadas de personajes del jet set, cuyo círculo frecuentó por años. Las personas aludidas se sintieron traicionadas y no quisieron saber nada más de Capote. El entretenido narrador se sumió en la depresión y no escribió una línea más. El libro se publicó de manera póstuma. En “La Cote Basque” cuenta así:

 

“En el dormitorio, le dijo a Dill que no encendiera las luces. En esto insistió mucho y, a la vista de lo que ocurrió al final, apenas se le puede reprochar su insistencia. Se desvistieron en la oscuridad. Ella tardó una eternidad, que si desabrocharse, deshacerse nudos, abrirse cremalleras, y no abrió la boca excepto para resaltar el hecho de que, como era obvio, los Dillon dormían en la misma cama, ya que sólo había una. Y Dill le dijo que sí, que él era muy afectuoso, un nene de su mamá que no se dormía a menos que estuviera blando contra lo que apretujarse. La esposa del gobernador no era ni una apretujona ni una buscona. Besarla, según Dill, era como jugar al juego del beso con una ballena muerta y putrefacta: realmente, necesitaba un dentista” *.

 

Charles Dickens incursionó en la literatura por entregas, tan impactante en el siglo XIX. Dejó a la mitad El misterio de Edwin Drood. Esta novela policíaca transcurre en un poblado imaginario de Inglaterra. Un niño huérfano, Edwin Drood, es prometido en testamento a Rosa Bud, también sin padres. Por algún motivo jamás conocido, los personajes renuncian al compromiso. Esta novela ha servido para que no pocos autores acepten el reto de imaginar lo restante y resolver el caso de acuerdo con las luces de su imaginación.

 

Gabo, entre otros

La muerte no espera ni se hace esperar. La insobornable dejó sin terminar El último magnate, de F. Scott Fitzgerald; Los papeles del Notion Club, de J.R.R. Tolkiem; El forastero misterioso, de Mark Twain; Sanditon, de Jane Austen; Alabardas, alabardas, de Saramago, y En agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez. Esta novela —que saldrá publicada en 2024, al conmemorarse 10 años del fallecimiento del cataquero— habla de Ana Magdalena Bach, mujer fina, 52 años, casada, que viaja al Caribe en el mes de los vientos recios para visitar la tumba de su madre, contarle los sucesos familiares y dejarle un ramo de gladiolos. Un día conoce a un hombre en el bar del hotel donde se hospeda y se sumerge en una historia de amor que revive una vez al año. Leamos las primeras líneas:

 

“Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde. Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso y, como único equipaje, un maletín de playa. En la fila de taxis del muelle fue directo a un modelo antiguo carcomido por el salitre. El chófer la recibió con un saludo de antiguo conocido y la llevó dando tumbos a través del pueblo indigente, con casas de bahareque y techos de palma, y calles de arenas blancas frente a un mar ardiente. Tuvo que hacer cabriolas para sortear los cerdos impávidos y a los niños desnudos, que lo burlaban con pases de toreros. Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales, donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules. Por fin se detuvo en el hotel más viejo y desmerecido” **.

 

Es irónico. Edgar Allan Poe veía en la muerte a una amiga o a una amante, y no fue esta la que le impidió terminar la novela El diario de Julius Rodman o Relato del primer paso a través de las Montañas Rocosas de Norteamérica jamás perpetrado por el hombre civilizado. Con estilo de crónica, el escritor narró la expedición liderada por Rodman a finales del siglo XVIII, según la ficción, a partir de diarios suministrados por el heredero. Un detallado recuento del paisaje, la escarpada geografía, la vegetación, los animales, así como de los peligros soportados en ríos furiosos. La estaba publicando por entregas en Burton’s Gentleman’s Magazine, en 1840, pero lo echaron de la revista cuando iba en la sexta edición. Poe se negó a terminarla. Lo publicado bastó para que el Senado gringo creyera que se trataba de hechos reales y exaltara la expedición. Comienza así:

 

“Una suerte singularmente dichosa nos permite ofrecer a nuestros lectores, bajo este título, una narración de naturaleza poco común y con seguridad profundamente interesante. El Diario que sigue contiene la relación de la primera tentativa que se haya realizado de una travesía de las gigantescas barreras formadas por la inmensa cadena de montañas que se extienden desde el Mar Polar, al norte, hasta el istmo de Darién, al sur, formando de un extremo al otro una muralla erizada de rocas y coronada de nieves ***”.

 

Las creaciones inconclusas no están hechas para salir a la luz. Emergen, más que nada, por factores comerciales. Sin embargo, los lectores aman a los creadores sobre todas las cosas. Por tanto, se hacen los de la vista gorda en este aspecto y se entregan con deleite a devorar el libro… aunque sepan de entrada que a la salida no tendrán idea de lo que allí sucede.

 

______

 

Notas:

*Capote, Truman (1988). Plegarias atendidas. Arango Editores, Bogotá. Pp 235-236.

*García Márquez, Gabriel (2023). En agosto nos vemos. Tomado de:

https://www.ingenieria.unam.mx/dcsyhfi/material_didactico/Literatura_Hispanoamericana_Contemporanea/Autores_G/GARCIA/En.pdf

***Allan Poe, Edgar (2015). Cuentos. Imprenta Nacional/Editorial Digital, Costa Rica. Página 147.

 

 

viernes, 1 de septiembre de 2023

Leer con los oídos

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 28 de agosto al 2 de septiembre de 2023)



Leer con los ojos es la manera más conocida y experimentada. Durante milenios se ha demostrado su valor. Es común que quienes aprendimos a leer con los ojos, creamos que es el acontecimiento más importante de nuestras vidas, pues de él se derivan muchos otros. También es frecuente que, entre quienes leemos, hallemos en la lectura una de las mayores fuentes de placer.


Sin embargo, leer pasando la vista por líneas escritas en papel o dispositivos digitales no es la única forma de hacerlo. Hay quienes leen con las manos y, en los últimos años, con los oídos. Los audiolibros se han convertido en alternativa valiosa.


Numerosos títulos —la Biblia, Guerra y paz, Narraciones extraordinarias, El señor de los anillos…— están dispuestos de forma gratuita en bibliotecas en línea o a la venta en tiendas virtuales. Llegan a un público que se había privado del deleite. Quienes alegan no tener tiempo pueden leer con los oídos mientras conducen, hacen ejercicio físico, cocinan o se echan a descansar. También las personas a las que los ojos les funcionan poco o nada, puesto que al sistema braille no han traducido tantos libros como se desearía y encontrar a alguien dispuesto a leerles no es fácil. Según los científicos, la comprensión es igual si leemos con los ojos o con los oídos.


Como el audiolibro es joven, falta incluir en el sistema infinidad de títulos, llevar al sonido ediciones de calidad y acudir a lectores humanos que realicen entonaciones y pausas adecuadas; no a máquinas lectoras. Por supuesto, se avanza en los tres aspectos.

viernes, 25 de agosto de 2023

Álvaro Mutis

(Columna RÍO DE LETRAS publicada en el diario ADN, semana del 21 al 26 de agosto de 2023)




Álvaro Mutis “hubiera querido vivir durante buena parte del reinado de su muy católica majestad el rey Felipe II, gozando de la confianza y el aprecio del Monarca”. Lo dijo a Gloria Valencia de Castaño en 1955, en la mejor entrevista que le hayan hecho al escritor de cuyo natalicio se celebran 100 años el 25 de agosto. Bogotano, criado en Ibagué, escandalizaba a la entrevistadora con muestras de retorcida imaginación: “En un vasto palacio madrileño, destartalado e incómodo, hubiera reunido una pequeña corte de enanos y monstruos, entre servidores y bufones, a quienes les hubiera recordado a toda hora sus deformidades y lacerías (…)”.


Mutis es poeta ante todo. Hasta en su prosa, la lírica está presente. Su poesía se caracteriza por las ideas de desesperanza, olvido y abandono. Los elementos del desastre y Los trabajos perdidos son poemarios. La última escala del Tramp Steamer y El diario de Lecumberri, libros de narrativa. Se sintió retado por Buñuel, quien dijo que era imposible llevar al cine un relato gótico de tierra caliente, y escribió La mansión de Araucaíma, en la que unos seres con realidades diferentes habitan una casona tropical.


Sin duda, el personaje más querido de este autor muerto en septiembre de 2013, es Maqroll. Aparece en La nieve del almirante, Illona llega con la lluvia y Un bel morir. Surgió en la “Oración de Maqroll”, de 1942. Leamos tres de sus ruegos:


            Engendra, Señor, en los caballos la ira de tus palabras y el dolor de viejas                    mujeres sin piedad.

            Desarticula las muñecas.

            Ilumina el dormitorio del payaso.

viernes, 18 de agosto de 2023

El asombro

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 14 al 19 de agosto de agosto)



Es curioso: existen autores que se desgreñan por hacer creíbles sus relatos. Si es preciso, recurren a argumentos racionalistas para que el asunto ingrese a nuestro cerebro sin pasar por la aduana de las dudas.


En cambio, otros no consideran la verosimilitud una ley. Los de los cuentos chinos antiguos son precursores. ¿Quién no conoce la historia de un anciano ocupado en trasladar una montaña de un sitio a otro, pasando la tierra por totumadas? En la Biblia, casos extraños muestran el poder divino: una mula se enojó con su dueño y le reclamó por haberle golpeado sin motivo, el Sol y la Luna se detuvieron un día y no siguieron su curso hasta producirse una victoria bélica, y a Jonás lo engulló un gran pez y permaneció en sus entrañas durante tres días castigado por negarse a hablar en nombre de Dios. Rabelais, fascinado por asombrar, en Gargantúa y Pantagruel revela que aquel nació por la oreja de su madre y que cuando Pantagruel cayó enfermo, unos hombrecillos entraron a su boca para curarlo. Rudolf E. Raspe, autor de El barón de Münchhausen, sostiene que su héroe podía montarse en balas de cañón, viajar a la Luna (donde los selenitas pueden separarse de su cabeza) o cabalgar sobre un caballo cortado por la mitad.


¿Dijimos “caballo”? En Del amor y otros demonios, de García Márquez, el padre Abrenuncio lamenta la muerte del suyo. «“En octubre cumplió cien años”. “No hay caballo que viva tanto”, dijo el marqués. “Puedo probarlo”».


Cuando uno no aguanta tanta realidad, estas lecturas llegan como  limonada fría en la sedienta Guajira.

viernes, 11 de agosto de 2023

La siniestra

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 7 al 12 de agosto de 2023)



Apuesto a que nadie diría qué hay de común en los siguientes trozos narrativos: “Si recoges a un perro hambriento y le das de comer, no te morderá. Esta es la principal diferencia entre un perro y un hombre”. “Había una vez en el mar un pececillo de buena familia, no me acuerdo cómo se llamaba, quizá los sabios te lo digan”. “Oí pasos que se acercaban. Tendí la mano, suponiendo que era mi madre. Alguien la tomó, y quedé atrapada en los brazos de quien había llegado para revelarme todas las cosas y, sobre todo, para amarme”.


El primero es parte de Wilson Cabezahueca, de Mark Twain; el segundo, de La gran serpiente de mar, de Hans Christian Andersen, y el tercero, de La historia de mi vida, de Helen Keller. Lo común: los tres autores escribían con la mano izquierda.


En la lista de zurdos están Da Vinci, Newton, Miguel Ángel, Chaplin, Carroll, Martina Navratilova, Kafka, Wells, Fitzgerald, Goethe, Marías y otros de tal talla que, claro, consiguen envanecernos a quienes también garabateamos con esa mano. Por cierto, tenemos nuestro Día Internacional. El 12 de agosto. ¿Qué están pensando? ¿Acaso no lo tienen también los perezosos, los cerveceros y las suegras? ¡Sí, las suegras! El de la Zurdera se explica por la necesidad de luchar contra la discriminación. La hay. Dicen los estudiosos del tema (hay estudiosos del tema), que la segregación ha disminuido en los últimos años. Así sea. Pero, ¿saben?, lo dudo. Dudo, por lo menos, que desaparezca totalmente. Si algo caracteriza a los humanos es su tendencia a discriminar. Por cualquier tontería.

viernes, 4 de agosto de 2023

Ovnis

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 31 de julio al 5 de agosto de 2023)



En la lista de eventos tediosos, el primer lugar lo ocupan las sesiones del Congreso. De cualquier país. Sin embargo, en el de Estados Unidos asisten por estos días a las charlas más excitantes: sobre ovnis.


Militares retirados han declarado que ver ovnis es tan común como toparse con gallinazos. Desde 1930, dicen, su gobierno tiene conocimiento de actividad no humana. Voceros del Pentágono se apresuran a desmentirlos. En suma, están destapando lo que el mundo ha sabido hace tiempo.


Estas noticias logran motivar a las personas a leer y hablar sobre ese tema. Quienes se interesan por la ciencia no pueden olvidar al mayor animador: Carl Sagan. En Cosmos y otros libros trata sobre avistamientos de objetos extraños. Ni a Luis Ruiz de Gopegui, colaborador de la Nasa, pues en su libro Extraterrestres, mito o realidad expone lo que se sabe con certeza.


Los lectores de literatura deben recurrir al fundador del género de ciencia ficción: H. G. Wells. De su novela La guerra de los mundos (1898) salió todo: lo que vendría en letras y series de televisión y cine. Esta obra narra una invasión de marcianos a la Tierra. En uno de sus apartes dice:


“Una especie de fascinación paralizó mis actos después de haber visto a los marcianos emergiendo del cilindro en el que habían venido de su planeta a la Tierra. Permanecí allí, hundido hasta las rodillas en el pasto, fijos los ojos en el montículo que los ocultaba. En mi luchaban la oscuridad y el temor”. 

viernes, 28 de julio de 2023

Barrio

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 24 al 29 de julio de 2023)



Uno a veces tiene la sensación de que el mundo cabe en el barrio y duda que el barrio quepa en el mundo. Su tupido tejido cultural y sus imaginarios recuerdan esos abigarrados tapices hechos en telar manual, las lanas ensartadas apretadamente una a una. En literatura aparecen tales lugares. Uno se demora en las páginas, en las cuadras, a ver a las señoras, los vendedores, los religiosos, los hampones.


El Barrio Latino de París es de los más conocidos. Situado en la margen izquierda del río Sena, es un sector de estudiantes consolidado en torno a varias universidades. Está colmado de bibliotecas, teatros y, claro, tiendas de cerveza, porque donde hay universitarios tiene que haber cerveza. Lo recorremos con Hugo en Los miserables; con Maupassant en cuentos como El ermitaño, La señora Baptiste, El protector…; con Balzac en Las ilusiones perdidas. También son universales Harlem de Nueva York, por Lorca, y Palermo de Buenos Aires, por Borges.


De Colombia conocemos el Egipto de Bogotá, por Los ojos del basilisco de Germán Espinosa; el Nelson Mandela de Cartagena, por Rencor de Óscar Collazos; Versalles de Cali, por ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo…


En Los cuentos de la Estación Villa de Darío Ruiz Gómez se lee:


“Me asomo a la puerta y veo la lluvia que cae, el ventarrón que mueve los alambres, nadie está en la calle. Como grandes espejos, los charcos, el ruido de los arroyos y ese olor a humedad. Nadie tampoco en el balcón y tengo la osadía de pensarla sobre el diván escuchando el radio, tejiendo quizás, preparando las lecciones”.

miércoles, 19 de julio de 2023

Los tres exilios de Kundera

Especial para el diario ADN


El autor checo-francés, fallecido el pasado 11 de julio, padeció al menos tres desarraigos: de su ideología, de su país y de su idioma.


Tras la Primavera de Praga, Milán Kundera fue expulsado del Partido Comunista. Casado, sin empleo y con la prohibición de editar y vender sus libros, entendió que debía trabajar en cualquier cosa para sobrevivir. Entre diversos oficios, no sorprende el de pianista de jazz, pues había aprendido a tocar el instrumento gracias a las lecciones que, de niño, le dio su padre, el reconocido músico Ludvik Kundera, y a que el propio Milan estudió unos semestres de Música en la Universidad Carolina, de Praga, antes de transferirse a la carrera de Cine, que sí terminó.

 

El más curioso de los oficios desempeñados en esos años fue el de redactor del horóscopo en una revista del Partido. Kundera no tenía idea de las materias aplicadas a la influencia de los astros en la suerte y el comportamiento de las personas, pero su talento de escritor y su imaginación le permitieron acercarse bastante a la manera de los dedicados al tema. Al parecer, acertaba en sus predicciones. Bueno, si es que se les puede llamar predicciones a esas advertencias más bien generales y cargadas de sofismas de los horóscopos de prensa, que pueden acomodarse a las circunstancias de uno u otro lector. No pocos seguidores escribían al medio para agradecer al astrólogo sus atinados augurios.

 

El autor habría de referirse a aquella época en la Tercera Parte de El libro de la risa y el olvido, subtitulada “Los ángeles”. Cuenta aspectos de la persecución de que fue objeto por su participación en las protestas de 1968 contra la invasión soviética a su país. Con otros escritores, defendió la idea de que la literatura debería ser independiente de la doctrina del Partido. La persecución terminó con su expulsión definitiva de la colectividad en 1970.

 

Nadie podía darle trabajo. Usó nombres de amigos para publicar obras de teatro, guiones de cine, de radio y de televisión, artículos y reportajes, para ganar lo necesario para subsistir. Con relación a su empleo como augur, menciona que una amiga llamada R, redactora de una revista dirigida a la juventud, “me pidió que me ocupara de manera clandestina de la sección de astrología de su revista, mi reacción fue, naturalmente, de entusiasmo, y le ordené que anunciara a la redacción que el autor de los textos era un importante físico atómico que no quería revelar su nombre por miedo a las burlas de sus colegas (…).

 

”Escribí pues, bajo un nombre imaginario, un extenso y hermoso artículo  sobre astrología y, cada mes, un texto breve y bastante estúpido sobre los diferentes signos, para los cuales yo mismo dibujaba las figuras de tauro, capricornio, virgo o piscis” (1).


La insoportable levedad del ser, una novela de amor, celos, sexo, traiciones y debilidades de las parejas, se ambienta en esa época de agitación política y social. Salió a la luz en 1984.

 

Sin embargo, esta expulsión de 1970, si bien fue la definitiva, no fue la única que soportó. ¿Que por qué comencé hablando de la última y no de la primera?  Atraído por ese asunto de los oficios que desempeñó para sobrevivir, pues, se trata de una curiosa y excéntrica faceta de la vida del escritor. Además, nadie puede reclamarme por no ser lineal, es decir, por no obedecer al orden cronológico, sabiendo que hablamos de Kundera y él, en sus obras, jamás jamás fue lineal. Sus relatos van de acá para allá, para adelante y para atrás, no solo en cuanto al transcurrir del tiempo, sino de un caso a otro.

 

La primera exclusión de esa organización política fue en 1950, dos años después de su vinculación voluntaria. La broma se refiere a esta primera vez. El personaje central, un veinteañero militante, envía, por jugar, una postal a una compañera de clase: Marketa, de la que estaba enamorado. En el mensaje se burla del optimismo ideológico reinante, impulsado en Checoslovaquia (2) por el programa soviético de la Internacional Socialista, liderado por José Stalin. “¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trosky!” (3).

 

La destinataria, después de una breve carta con un “texto banal”, no volvió a contestar sus misivas. La charla no causó gracia a los dirigentes del Partido y le hicieron la vida difícil al bromista. Este, por cierto, afirma que no era que estuviera en desacuerdo con el Partido. Incluso creía que habría de producirse una revolución en Europa occidental. Lo que criticaba era la obediencia reverencial e irreflexiva de los militantes.


Dicho en nuestros términos, como lo comprobamos a cada paso, el fanatismo es el ingrediente que echa a perder las ideologías políticas y los credos religiosos.

 

Readmitido en 1956, después de “lavar su pecado” con trabajo comunitario, Kundera siguió haciendo parte del Partido, lo cual no quiere decir que se hubiera convertido en un asociado sin pensamiento propio. Más que la ideología del comunismo, repudiaba las prácticas totalitaristas de gobernantes y líderes, así como la negación de las libertades individuales. Un espíritu rebelde como el suyo se asfixiaba en un esquema en el cual era imposible disentir.

 

La separación del Partido Comunista y los perjuicios sufridos como consecuencia de la misma constituyen el primero de los exilios de Kundera: el ideológico.

 

 

Segundo exilio

Milán Kundera nació en Brno, antigua Checoslovaquia, el primero de abril de 1929. Es uno de los escritores más experimentales y, por tanto, revolucionarios del arte narrativo. Su revolución consiste, a mi modo de ver, en que fusiona los géneros de la novela y el ensayo. Digamos que, ante todo, Kundera es un pensador. Adelanta una suerte de tesis sobre un aspecto humano, digamos el poder y, dentro este, la relación absurda y fanática de los militantes de un grupo ideológico, y al mismo tiempo cuenta una historia, la aventura de algunos personajes, cuyas vivencias pueden servir de ejemplo para ese discurso argumentativo que trae.

 

En 1975 decide migrar a Francia en compañía de su esposa, la compositora Vera Hrabankova. El gobierno de su país le retiró la nacionalidad por su salida. Francia le otorgaría la suya siete años más tarde.

 

Es decir, durante siete años, de 1975 a 1982, no tuvo patria. Ya no era checo y aún no era francés.

 

La migración, el autodestierro, motivó en el autor la reflexión constante sobre el desarraigo, la salida de la patria que, si bien esta es un símbolo, ejerce una fuerza gravitacional sobre los individuos. Es diferente cuando alguien decide migrar a otro suelo, a otra sociedad, en busca de oportunidades económicas o académicas; es menos traumático.

 

Este razonamiento lo expone en La ignorancia, libro publicado en 2000. La ignorancia no se entiende aquí como el desconocimiento científico o la falta de instrucción, sino la ignorancia de un país dejado atrás, que se añora y del que nada se sabe. Este mismo no-saber-nada causa la añoranza. Y yendo más allá, el desasosiego por no saber nada de los otros, los que con el desterrado conformaban una comunidad, de quienes solo se mantienen impresiones. La palabra ignorancia, explica en las primeras páginas, comparte origen con el término añoranza. “Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él” (4).

 

En La ignorancia reflexiona:

 

“Durante sus veinte años de ausencia, los ítacos conservaron muchos recuerdos de Ulises, pero no le añoraban, mientras que Ulises sí sentía el dolor de la añoranza, aunque no se acordara de nada.

 

”Puede comprenderse esta curiosa contradicción si reparamos en que la memoria, para funcionar bien, necesita de un incesante ejercicio: los recuerdos se van si dejan de evocarse una y otra vez en las conversaciones entre amigos. Los emigrados agrupados en colonias de compatriotas se cuentan hasta la náusea las mismas historias que, así, pasan a ser inolvidables. Pero aquellos que, como Irena o Ulises, no frecuentan a sus compatriotas caen en la amnesia. Cuanto más fuerte es su añoranza, más se vacían de recuerdos. Cuanto más languidecía Ulises, más olvidaba. Porque la añoranza no intensifica la actividad de la memoria, no suscita recuerdos, se basta a sí misma, a su propia emoción, absorbida como está por su propio sufrimiento” (5).

 

No solo analiza la situación del desplazado en esta obra. Como si fuera una espina alojada en el costado y le hiriera cada vez que inhalara el aire, no deja de pensar el ello. El dolor nunca se va. Así, por ejemplo, en La lentitud, de 1995, hay episodios con un entomólogo checo que participa en un congreso de su disciplina en la capital francesa. Kundera resalta los años que el científico debió trabajar como albañil, castigado por el régimen; el afán para que su nombre impronunciable —y apenas escribible— fuera bien copiado en la lista de asistentes al evento; la impotencia ante el desconocimiento geográfico de sus interlocutores sobre su patria (no tienen clara la ubicación en el globo, confunden su capital con la de algún otro país) y todo eso no son más que formas que toma la añoranza de la sociedad y el territorio perdidos.

 

Tercer exilio

Paralelamente, mientras Kundera vive alejado de su pueblo, extrañándolo, ignorándolo, es decir, ignorando cuanto pasaba en él, desaprendía —voluntaria e involuntariamente— ideas, costumbres, formas de vida y hasta de decir las cosas, para ir adaptándose al nuevo país.

 

Fue extrañando —quiero decir, haciéndosele extraños— lentamente los modos de expresión, los coloquialismos, la forma cálida y vital de hablar de sus coterráneos, y se fue quedando con un checo frío y aséptico; con la cáscara, pero sin la nuez. Porque el idioma está ligado a la cultura como la sal al mar.

 

El narrador chino Mo Yan, autor de Trece pasos, define el idioma como “la jaula de los escritores” (6). Kundera fue pasándose de una jaula a otra. Fue migrando del checo al francés y, en este idioma, primero comenzó a hablar con los nuevos amigos, seguramente franceses en su mayor parte, a escuchar las noticias, a pedir el desayuno en los restaurantes y a leer los letreros publicitarios en las calles de Rennes o de París… Siguió escribiendo algunas novelas en checo (El libro de la risa y el olvido, La insoportable levedad del ser y La inmortalidad). Y luego, lo más difícil: ¡se atrevió a escribir su literatura en francés! En 1993 escribió la novela La lentitud.

 

Pourquoi le plaisir de la lenteur a-t-il disparu? Ah, où sont-ils, les flâneurs d’antan? Où sont-ils, ces héros fainéants des chansons populaires, ces vagabonds qui traînent d’un moulin à l’autre et dorment à la belle étoile? Ont-ils disparu avec les chemins champêtres, avec les prairies et les clairières, avec la nature? Un proverbe tchèque définit leur douce oisiveté par une métaphore: ils contemplent les fenêtres du Bon Dieu. Celui qui contemple les fenêtres du bon Dieu ne s’ennuie pas; il est heureux. Dans notre monde, l’oisiveté s’est transformée en désoeuvrement, ce qui est tout autre chose: le désoeuvré est frustré, s’ennuie, est à la recherche constante du mouvement qui lui manque.

 

(“¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño? ¿Dónde estarán esos héroes holgazanes de las canciones populares, esos vagabundos que vagan de molino en molino y duermen al raso? ¿Habrán desaparecido con los caminos rurales, los prados y los claros, junto con la naturaleza? Un proverbio checo define la dulce ociosidad mediante una metáfora: contemplar las ventanas de Dios. Los que contemplan las ventanas de Dios no se aburren; son felices. En nuestro mundo, la ociosidad se ha convertido en desocupación, lo cual es muy distinto: el desocupado está frustrado, se aburre, busca constantemente el movimiento que le falta”) (7).

 

En francés fue aprendiendo a pensar, sentir, hablar y a escribir cuanto pensaba, hablaba y sentía. Uno cree descubrir que en esta nueva “jaula” se fue sintiendo cómodo, tenía su agua, su alpiste y hasta su columpio donde saltar mientras silbaba… aunque quién sabe si tan a placer como en la primera.  A La lentitud le sobrevinieron novelas y ensayos como El arte de la novela, Los testamentos traicionados y El telón.

 

Uno que lee sus obras en español —no en checo—, no detecta disminución en la brillantez de las reflexiones, la sagacidad de las ironías ni la claridad de sus escenificaciones.

 

Kundera recibió en 2020 el premio de la Sociedad Franz Kafka, de su país natal. Sus paisanos expresaron que “su obra representa no solo una contribución extraordinaria a la cultura checa (...), sino que ha tenido un eco en la cultura europea y mundial”. Por su parte, Kundera, tras aceptarlo, manifestó sentirse “honrado, en especial porque se trata del premio Kafka, el premio de un colega escritor”. Este acontecimiento fue interpretado por quienes habíamos seguido esa relación entre el escritor y su país a través de la ventana de los medios de comunicación, como una suerte de reconciliación. Tal vez no haya sido tanto, pero sí al menos un consuelo para ese amorío tan tortuoso; un bálsamo para soportar con un poco más de estoicismo esas tres expatriaciones sufridas en noventa y cuatro años de existencia.

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Notas:

1.    Kundera, Milan (1987). El libro de la risa y el olvido. Seix barral, Biblioteca Breve, Bogotá. Páginas 92-93-94.

2.    Checoslovaquia se dividió pacíficamente en dos repúblicas, Chequia y Eslovaquia, en 1993. Praga fue la capital de la primera y es la de Chequia.

3.    Kundera, Milan (1990). La broma. Bogotá, Seix Barral, Biblioteca Breve, Bogotá. Página 41.

4.    Kundera, Milan (2000). La ignorancia. Tusquets Editores, Colección Andanzas, Barcelona. Página 12.

5.    Ibid. Página 39.

6.    El narrador chino Mo Yan hizo esta afirmación en una videoconferencia organizada por la Biblioteca Miguel de Cervantes de Shangái, el 1 de septiembre de 2022.

7.    Kundera, Milan (1995). La lentitud. Tusquets Editores, Colección Fábula, Barcelona. Páginas 11-12.



Kundera

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 17 al 22 de julio de 2023)



Milan Kundera, el autor checo-francés muerto la semana pasada, no era dado a las cámaras ni los reflectores; menos a los clubes de elogio mutuo. Intentaba pasar desapercibido, pues tuvo claro que la noticia no era él, sino la obra.


Nacido en Brno en 1929, es uno de los escritores más revolucionarios en cuanto a la estructura narrativa. En sus creaciones busca, más que contar una historia o aventura —lo cual, obviamente, realiza—, explorar y reflexionar sobre aspectos humanos. Fusiona la novela y el ensayo. Así, Kundera razona sobre la sexualidad, la patanería de los mentirosos, el poder con sus diversas facetas, el absurdo, el destierro, la trascendencia… Militante del Partido Comunista y perseguido por este mismo (ambas circunstancias en dos ocasiones), emigró a Francia en 1975, donde se radicó.


En La lentitud dice: “Ser elegido es una noción teológica que quiere decir: sin mérito alguno, mediante un veredicto sobrenatural, mediante una voluntad libre, cuando no caprichosa, de Dios, se es elegido para algo excepcional y extraordinario. De esta convicción han sacado los santos la fuerza para soportar los suplicios más atroces”.

 

En nuestro medio, Kundera ha sido muy apreciado y leído, aunque con mayor fervor a finales del siglo XX. La gente se entusiasma con sus títulos poéticos o filosóficos: La insoportable levedad del ser, La vida está en otra parte, La ignorancia, El libro de los amores ridículos, La inmortalidad, El libro de la risa y el olvido…


La muerte, testaferro del Tiempo, es la campana que llama a leerlo o a volverlo a leer.