jueves, 28 de mayo de 2026

Un buscón y un viajero

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 25 al 31 de mayo de 2026)


 


El tiempo va como un bólido. Ya hay que medir por siglos los aniversarios de dos clásicos:
La vida del buscón, de Francisco de Quevedo, y Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Aquel, cuatro centurias; este, tres. Y pensar que no solo tienen en común su añejamiento, que los mejora como el vino: están narrados en primera persona —aquel por un pícaro; este, por un aventurero—y son críticas a la sociedad y la civilización.


El de Quevedo es esencial en la picaresca. Con un vagabundo y pillo como protagonista, devela la corrupción social e institucional, que deriva en desatención a las mayorías. Pobreza, hambre, pesimismo. Sin esperanza de redención, el antihéroe nota cómo se le cierran las puertas. Quiere migrar bien lejos a recomenzar, a vivir en comunidad, pero “nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”, se dice.


Y el de Swift, una obra fantástica, es una acusación a la humanidad, mezquina y cruel, tanto gobiernos como individuos. El irlandés habla de Lemuel Gulliver, quien viaja por el mundo y halla pueblos y humanos diversos. Gigantes, enanos, bípedos, cuadrúpedos. Observa culturas y modos de organización social, y habla de las naciones europeas dejando una crítica mordaz en la que se deduce que la civilización no tiene en su seno otra cosa que barbarie.


“En medio de la comida, la gata favorita de mi ama saltó sobre su falda. Oí tras de mí un ruido como de una docena de tejedores en el telar, y al volver la cabeza vi que procedía del animal aquel, que parecía tres veces más grande que un buey”.

 

jueves, 21 de mayo de 2026

Del negocio al cuento

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 18 al 24 de mayo de 2026)

 


Uno se extraña cuando, en alguna parte del relato, salta la marca de un producto reconocido. Refrescos, licores, cigarros, prendas de vestir. Da a entender que hombres y mujeres de las páginas son cercanos a uno: si compran artículos que yo puedo adquirir, ¿no tendrán también los mismos problemas?


Las obras literarias han sido siempre una vitrina de mercado. Con ello, los creadores buscan dar realismo a los textos, congelar el tiempo histórico en el que suceden los hechos o dar señales de cómo son los personajes: clase social, gustos y demás.


En Gordo de Carver beben Coca-Cola; en 1Q84 de Murakami toman wiski Suntory; en Pasteles y cerveza de Maugham se citan en el comedor del Ritz; en Miseria de Stephen King el paciente ingiere Valium y Sanax; el personaje de Solo para fumadores de Ribeyro, ¡una chimenea humana!, fuma Derby… Y la cosa no es nueva: Phileas Fogg, el de La vuelta al mundo en 80 días de Verne, toma un tren de Ferrocarriles del Sudeste de Francia y Alta Italia; En César Birotteau de Balzac usan perfume Popinot; en Ana Karenina de Tolstoi toman champaña Clicquot, y en Los miserables de Victor Hugo usan jabón Marius.


Nuestro Cepeda Samudio muestra sentido de pertenencia con la cervecería donde trabajó. La menciona en varios relatos, como en Desde que compró la cerbatana:


“Juana vive en una casa alta y desde todas partes se ve el campo de fútbol del estadio (...) En el piso de abajo está “El Pez que Fuma”. Hacia atrás no se puede mirar, pues las veinte botellas gigantescas del inmenso aviso de cerveza Águila lo cubren todo”.

viernes, 15 de mayo de 2026

Del cuento al negocio

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 11 al 17 de mayo de 2016)

 

 

En Los viajes de Gulliver, novela que crítica a la humanidad por su vileza, Jonathan Swift habla de los yahoo, una raza de salvajes, sucia, de costumbres repugnantes y aspecto físico parecido al de la humana. Los creadores del buscador de internet, Jerry Yang y David Filo, han contado mil veces que usaron este nombre porque el papá del segundo los llamaba cariñosamente yahoos.


En relatos de distintos autores, épocas y géneros, están las fuentes de algunas marcas comerciales. La de los puros Montecristo, de Cuba, salió de El conde de Montecristo, de Dumas; Pegaso, la de carros, ya descontinuada, del caballo alado que exalta Píndaro en sus Odas olímpicas, así como otros autores; Ajax, la de los productos de aseo, del héroe de la guerra de Troya del que habla Homero en la Ilíada; Nike, la de la ropa deportiva, de la diosa de la victoria que refiere Heródoto en Historias.


Y así, decenas de marcas han surgido de letras universales. Antes del punto final recordemos que Starbuck, la cafetería, tomó su nombre de Moby Dick, la novela de Herman Melville que trata sobre la sed de venganza que ensombrece el alma humana. Es el nombre de un marinero sensato y mesurado. En el capítulo XXVI dice:


“El primer oficial del Pequod era Starbuck, natural de Nantucket, y cuáquero por descendencia. Era un hombre largo y serio, y, aunque nacido en una costa gélida, parecía muy apropiado para soportar latitudes cálidas, por ser tan dura su carne como la galleta bizcocha. Transportado a las Indias, su sangre viva no se estropearía como la cerveza embotellada”.


viernes, 8 de mayo de 2026

Lo que hubiera sido

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 4 al 10 de mayo de 2026)

  

 

La literatura, no conforme con contar historias, siembra símbolos que se parecen y no se parecen a la realidad. Hay un subgénero fantástico que se basa en el “hubiera”, la forma del pasado imperfecto del modo subjuntivo. Tal vocablo es puente para expresar hipótesis y deseos. “Si no hubiera bebido anoche habría madrugado”, decimos. Pero es imposible asegurar que, en efecto, lo hubiera hecho.


La ucronía, vertiente de la novela histórica, explora lo que hubiera pasado si los hechos no se hubieran dado como sucedieron. Hay quienes imaginan qué hubiera ocurrido si los dinosaurios no se hubieran acabado. En Al oeste del Edén, Harry Harrison sugiere que los reptiles habrían logrado una cima evolutiva, la mayor inteligencia del mundo. A otros, como Robert Silverberg en Roma eterna, les da por pensar qué hubiera pasado si no hubiera caído el Imperio Romano. Los hay que idean una realidad en la que los países aliados no ganaron la Segunda Guerra Mundial, como Philip Dick en El hombre en el castillo y Robert Harris en Patria.


En La trama celeste, de Adolfo Bioy Casares, un piloto de avión viaja a un mundo sin Gales, la ciudad de Cartago. Alude a mundos paralelos y posibilidades innumerable. Dice:


“En varios mundos casi iguales, varios capitanes Morris salieron un día (aquí el 23 de junio) a probar aeroplanos. Nuestro Morris se fugó al Uruguay o al Brasil. Otro, que salió de otro Buenos Aires, hizo unos “pases” con su aeroplano y se encontró en el Buenos Aires de otro mundo (donde no existía Gales y donde existía Cartago; donde espera Idibal)”.