jueves, 30 de noviembre de 2023

No procrastinar

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano, el 30 de noviembre de 2023)


No son pocos los escritores que, a pesar de haber tenido una vida corta, dejan una obra larga.

 

En solo treintaidós años de vida, transcurridos en el siglo cuarto antes de nuestra era, Alejandro el Grande fue rey de Macedonia, rey de Egipto, rey de Media y Persia; expandió el imperio griego hasta el valle del río Indo por el Este y hasta Egipto por el Oeste; fundó setenta ciudades, una de ellas, Alejandría… Uno diría que los dioses lo eligieron para la gloria y, por tanto, soplaban con fuerza las velas de sus naves para que le rindiera tanto la vida.


Asimismo, uno se sorprende cuando se entera de que algunos escritores hayan vivido poco y publicado tanto y, en varios casos, una obra brillante. Edgar Allan Poe, Emily Brontë, Franz Kafka, Miguel Hernández, Federico García Lorca, John Keats, Sylvia Plath, Robert Louis Stevenson, Dylan Thomas, Mijail Lermotov, Alejandra Pizarnik, Andrés Caicedo, Antoine de Saint-Exupéry… y un largo etcétera de seres que no estuvieron nunca, como se dice, mano sobre mano, ni procrastinaron jamás.


A Poe le fueron suficientes cuarenta años para ser el fundador del género detectivesco, maestro del terror, autor de obras de ciencia ficción, poesía, ensayos críticos, convertirse en uno de los escritores más leídos de todos los tiempos y que más influencia dejaría en otros. La genialidad, la personalidad atormentada y las vivencias consiguieron el esplendor de su creación y estuvieron al servicio de esta. El miedo a la oscuridad, el insomnio, las borracheras que le dejaban semiinconsciente creaban fantasmas en su mente que se evidenciarían en sus relatos. Más de un centenar de piezas literarias lo mantienen vivo.

«De las innumerables imágenes lúgubres que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en trance cataléptico de duración y profundidad mayores que las habituales. De pronto una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: “¡Levántate!”.


Me senté. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía traer a la memoria ni el período durante el cual había caído en trance, ni el lugar donde yacía ahora. Mientras permanecía inmóvil, intentando reunir mis pensamientos, la fría mano me aferró con fuerza de la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:


—¡Levántate! ¿No te ordené que te levantaras?». 1


Cuarenta y uno le fueron suficientes a Franz Kafka para dejar obra copiosa y sorprendente. ¿Quién, que se llame lector, no ha pasado sus ojos por La metamorfosis? ¿Quién, que se llame reflexivo, no se ha identificado con las sensaciones de finitud y poquedad que definen a los humanos y que él remarca en sus obras? Al leer esas en las que pinta el absurdo burocrático, uno sospecha que este autor no era checo sino colombiano. Basta pensar en el adjetivo “kafkiano”, que se deriva del sentido de sus relatos y suele usarse para referir una realidad trágicamente absurda, para darnos cuenta de la importancia de este narrador que, como el anterior, ha influido sobremanera en la literatura mundial.


«¡Honorables señores de la Academia! Representa para mí un gran honor aceptar su invitación y, consiguientemente, presentarles mi informe a la Academia sobre mi anterior vida simiesca. No obstante, por desgracia, no puedo corresponder a sus requerimientos en tal sentido. Ya han transcurrido casi cinco años desde que me escindí de aquella condición de primate, un periodo de tiempo que, si nos atenemos al calendario, quizá pueda resultar breve, pero que fue infinitamente largo de recorrer, sobre todo si consideramos el modo en que yo lo hice, acompañado a cada palmo por hombres eximios, consejos, ovaciones, música orquestal, aunque en el fondo siempre estuviera solo, pues ese guirigay y acompañamiento —para decirlo en lenguaje figurado—, se mantenía tras la barrera».2


Recordemos que nuestro Andrés Caicedo, muerto a los veinticinco, después de haber dejado decenas de títulos entre cuento, novela y guion cinematográfico. Expresó con claridad en Que viva la música: “Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca dejes de ser niño”.


Como si hubiera leído el anterior mensaje —cosa algo improbable porque murió seis años antes del nacimiento de Caicedo—, Antoine de Saint-Exupéry nunca dejó de ser niño. Escribió sobre aventuras y jugó a los aviones hasta que, al parecer, a bordo de uno de estos trastos se partió la crisma contra un peñasco, en maniobras de la Segunda Guerra Mundial. No se volvió a saber de él. Cuando los adultos evocan El principito, novela en la que también sugiere eso de resistirse a crecer, dibujan en su rostro una sonrisa, repiten de memoria frases del libro, se les iluminan los ojos y por un momento parece que fueran a recuperar la niñez perdida. Pero, claro, eso de recobrar la infancia, para quien la deja escapar por alguna de las alcantarillas de la vida, es un asunto casi imposible.


Nacido en 1900, este francés fue piloto de correos entre Europa y África. Después de 1927 se trasladó a Suramérica.


«Comodoro Rivadavia ya no oye nada; pero, a mil kilómetros de allí, veinte minutos más tarde, Bahía Blanca capta un segundo mensaje:


“Descendemos. Entramos en las nubes…”


Luego esas dos palabras de un texto oscuro aparecieron en la estación de Trelew:


“…ver nada…”


Las ondas cortas son así. Se las capta allí, se es sordo en ellas, aquí. Luego, sin razón alguna, todo cambia. Esa tripulación, cuya posición es desconocida, se manifiesta ya a los vivos, fuera del tiempo; y sobre las hojas blancas de las estaciones de radio ya son fantasmas que escriben.


¿Se ha agotado la esencia, o el piloto juega su última carta: encontrar tierra sin estrellarse? 3


Así, poco más o menos, pudo ser la desaparición de este aventurero en su nave. Comunicación entrecortada con las autoridades controladoras del vuelo, ruido de estática y, después, nada. Tan solo un fantasma que intentara hacerse oír.


Con este tema surgen dos inquietudes. ¿Se trata de un asunto de genialidad, el que en tan poco tiempo, algunas personas tengan esa chispa creativa al rojo vivo? ¿Cuántas maravillas no hubiera escrito de haber vivido más?...


Bah, pero no vale la pena seguir. Hasta aquí la reflexión sobre aquellos que parecen seguir la célebre frase cinematográfica: “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Porque luego de haberme sorprendido con las hazañas de uno y otro, de haber compuesto estas parrafadas sobre el asunto, me entero de que la Organización de las Naciones Unidas definió “jóvenes como aquellas personas de entre 15 y 24 años”, durante los preparativos para el Año Internacional de la Juventud, de 1985. Por eso, todas las estadísticas de dicha Organización sobre la juventud se basan en esta definición. 4


Más bien no tengan en cuenta lo que les he hecho leer. Los nombres mencionados corresponden, entonces, tan solo a un enjambre de vejestorios, ¡incluido Andrés Caicedo! ¿Por qué asombrarnos de sus realizaciones?

***

Notas

1.   Poe, Edgar Allan (2011). Cuentos completos. El entierro prematuro. Editorial Páginas de Espuma, Madrid. Página 206.

2.   http://www.maldororediciones.eu/pdfs/maldororediciones_kafka_informe_para_una_academia.pdf

3.   De Saint-Exupéry, Antoine ( 1968). Correo del Sur y Vuelo nocturno. Ediciones Barcelona. Clásicos del siglo XX. Página 243.

4.   Definición de jóvenes según Naciones Unidas:

https://www.un.org/es/events/observances/alfabetizacion/youthandeducation.html

 

 

 

 

sábado, 25 de noviembre de 2023

Epitafios

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 20 al 25 de noviembre de 2023)

 

Hay personas que dejan algo dicho a quienes merodeen por su final morada; en tanto, otras tienen por afición, no solo en noviembre, buscar esas frases ingeniosas o sentidas. Los epitafios constituyen, a su modo, un género literario universal y de todos los tiempos. Se oyen lamentos por su paulatina extinción. ¿Cómo no van a disminuir si, en los cementerios, tumbas y bóvedas ceden su lugar a columbarios que guardan, apretadas, las urnas de cenizas, residuo de los seres vestidos y arrogantes? Cada vez queda menos espacio para escribir.


En contravía —o a contravida— como ha existido, Gustavo Álvarez Gardeazábal tiene lista su tumba en el Cementerio San Pedro de Medellín, donde estará de pie por toda la eternidad. Y su epitafio:


            Cóndores no entierran todos los días.


Allí compartirá con otro gran escritor del Valle, Jorge Isaacs, cuyo mausoleo tiene dos mensajes. Este es uno:


        ¿Yo de Antioquia el poeta grande y querido. ¿Yo!?

        ¡Y no tener siquiera ocho o diez años de vida,

        de vigor, de tarea futura, para ganarle al titán

        glorioso algunas hojas del laurel tentador

        que se muestra! Casi es una crueldad mostrarlo

        ante mis ojos, como una constelación refulgente

        en lo azul, tan alto sobre las cimas en cuyos

        flancos dejé sangre de mis plantas.


En México, en la cripta de Octavio Paz dice:


        Quiso cantar, cantar para olvidar su vida verdadera de mentiras

        y recordar su mentirosa vida de verdades.


En Estados Unidos, el “viejo indecente”, Charles Bukowski, sostiene un lema: “No lo intentes”, y la poeta Emily Dickinson, una explicación: “Me llaman”. 

viernes, 24 de noviembre de 2023

Volar en globo

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano el 24 de noviembre de 2023)

 


https://www.elcolombiano.com/generacion/etcetera/volar-en-globo-HH23179835

 

El globo aerostático, de cumpleaños por estos días, está asociado al imaginario de los relatos de aventuras.

 

En 1875 llegó a Medellín un acróbata y aeronauta mexicano llamado Antonio Guerrero. Traía un globo de trapo inmenso para echarse a volar en él. Se situaba en una especie de trapecio colgante y hacía “zafones y volteretas… y a la buena de Dios, donde cayera… Así podía descender en una ciénaga. Como en un árbol o en una torre. Y esto si el descenso se verificaba agarrado del aparato, que si no, lo mismo venía a dar la caída en cualquier parte. En tal caso… ¡velorio!, tal como dicen por acá…


En aquella época se elevó Guerrero cinco veces con relativa facilidad. Siguió luego su peregrinación”.


Esta es parte de una crónica sobre el espectáculo aéreo en la capital antioqueña hace más de un siglo, acontecimiento divertido para los habitantes de la urbe, incluida en el Libro de Oro de Medellín, de Luis Latorre Mendoza *.


¿Cómo pasar por alto que el 21 de noviembre se cumplen 240 años del primer vuelo en globo aerostático tripulado por humanos? Este mágico artefacto, dueño de una forma graciosa, como de gota invertida, y capaz de vencer la gravedad para alzarse al cielo, está presente en decenas de relatos de aventuras.


Un trasto con tales principios fue presentado y accionado por vez primera, aunque no tripulado, en 1709, por el sacerdote Bartolomeu Lourenço de Gusmão ante la corte del rey Juan V de Portugal, el Magnánimo. El religioso e inventor vivía obsesionado con la idea de volar. Nacido en Brasil, colonia portuguesa, De Gusmão viajó a la metrópoli cuando era un adolescente y estudió en la universidad, maravillado con la física y las matemáticas. Se ordenó jesuita y se dedicó a los inventos. Diseñó un aparato que denominó la Passarola. Impulsado con aire caliente, el objeto conseguía levantarse del suelo. Como era de esperarse, tuvo enemigos. Consideraban que el religioso tenía al Diablo por aliado y, por tanto, la Inquisición le echó el ojo. Una máquina que podía levitar, como los extasiados o los santos… no resultaba muy conveniente. El autor huyó a España, enfermó, murió antes de los 39 años. Este asunto se observa en la novela Memorial del Convento, de José Saramago. En ella, el “padre volador” es uno de los personajes principales.


Sembrada la inquietud en otras mentes ingeniosas, el desarrollo de esta idea no tendría marcha atrás. Años después, hicieron experimentos en los que arriesgaron animales, ya que los humanos no se atrevían a hacerlo. Los hermanos Montgolfier, Joseph-Michel y Jacques-Étienne, dos franceses hijos de un fabricante de papel, descubrieron, mientras jugaban con bolsas de papel infladas, que estas demoraban en caer cuando pasaban arriba del fuego de la chimenea. Tal curiosidad dio sentido a sus vidas. Trabajaron en ello por años. Hicieron demostraciones del bello artilugio volando sobre París, aunque sin tripulación, hasta que el 21 noviembre 1783 invitaron a subir a bordo a Jean-François Pilâtre de Rozier, y el marqués François Laurent d'Arlandes, y los hicieron surcar los aires de la Cuidad Luz durante poco menos de media hora. El primero de estos, profesor de física, habría de morir dos años más tarde en el Canal de la Mancha, al estrellarse en un globo propio, en compañía de un tal Pierre Romain. Así, pasó a la historia por ser pionero de la aeronáutica y de los desastres aéreos.


Desde entonces, los globos aerostáticos se quedaron en el corazón de los aventureros, los románticos y los escritores.

 

 

Vuelo literario

Edgar Allan Poe, maestro del cuento fantástico, es autor de La incomparable aventura de un tal Hans Pfall. La publicó por entregas en el Southern Literary Messenger durante un par de años, a partir de 1835. En este relato, el norteamericano se ocupa de uno de los temas que cautivaban las mentes de muchos creadores del siglo XIX: viajar a la Luna. Habitante de Róterdam, el artesano Hans Pfall resuelve ir al satélite a bordo de un aerostato. Encuentra de pronto un “breve tratado de astronomía especulativa” y concluye que la mejor manera de escapar de las deudas es poner varias atmósferas de por medio. Cuenta con la ayuda de algunos de sus acreedores, a quienes enreda con sutileza, y de su esposa, que lo considera un holgazán. De aquellos consigue financiación; de esta, el compromiso de no revelar a nadie su proyecto de huir al espacio.


Para lograr credibilidad entre los lectores, Poe imprime al cuento un tono cientificista, como es común en las narraciones de este tipo. Pfall va explicando los cambios atmosféricos y la manera de sortearlos, y tomando apuntes de sus observaciones.


“16 de abril. – Mirando hacia arriba lo mejor posible, es decir, por todas las ventanillas alternativamente, contemplé con grandísima alegría una pequeña parte del disco de la luna que sobresalía por todas partes en la enorme circunferencia de mi globo. Una intensa agitación se posesionó de mí, pues pocas dudas me quedaban de que pronto llegaría al término de mi peligroso viaje. Este trabajo ocasionado por el condensador había alcanzado un punto máximo y casi no me concedía un momento de descanso. A esta altura no podía pensar en dormir. Me sentía muy enfermo, y todo mi cuerpo temblaba a causa del agotamiento. Era imposible que una naturaleza humana pudiese soportar por mucho más tiempo un sufrimiento tan grande. Durante el brevísimo intervalo de oscuridad, un meteorito pasó nuevamente cerca del globo, y la frecuencia de estos fenómenos me causó no poca aprensión”.

 

Tal vez el narrador que más “ha usado” el aerostato para trasladar a sus personajes ha sido Julio Verne. Apasionado por la geografía, las ciencias y el mar, este francés, autor de los relatos más entretenidos, trepó en globos a seres que actúan en Un drama en los aires, Cinco semanas en globo, La isla misteriosa, Robur el conquistador y otras más. Él mismo tuvo ocasión de subir a bordo de esta frágil nave cien años después de De Rozier y el marqués D'Arlandes. Sobre esta experiencia escribió un ensayo titulado Veinticuatro minutos en globo.


“Partimos a las 5 horas 24, lenta y oblicuamente. El viento nos llevaba hacia el sureste, y el cielo estaba de una pureza incomparable. Solo algunas nubes tormentosas en el horizonte. El mono Jack, tirado de la barquilla con su paracaídas, nos permitió subir más rápidamente, y, a las 5 horas 28, planeábamos a una altura de 800 metros, altura recogida con el barómetro aneroide.


La vista de la ciudad era magnífica. La plaza Longueville parecía un hormiguero de hormigas rojas y negras, unas civiles, otras militares; la flecha de la catedral disminuía poco a poco, y marcaba como una aguja los progresos de la ascensión”. ***

 

Con evidentes razones, a Verne se le asocia con el viaje en globo. No pocos creen recordar que hasta en La vuelta al mudo en 80 días, el adinerado Phileas Fogg y su ayudante Jean Passepartout cubrieron alguna distancia de su recorrido en torno a la Tierra en este medio de transporte, el cual se suma a otros realizados en tren, elefante, barco y demás. Pero, justamente, en esta obra no aparece nuestro objeto destacado. La confusión se debe a que en la versión cinematográfica de 1956 se incluye un tramo en esta simpática nave.


Un drama en los aires, una de las primeras obras del francés, cuenta una aventura sucedida en Alemania. Un hombre, consumado volador de globo, tiene el propósito de llevar consigo a algunas personas a pasear por las alturas. De pronto, en el último momento en tierra o, mejor, en el primer momento de la ascensión, un sujeto salta al interior de la canastilla. Un colado. No hay forma de apearlo. Minutos después, cuando están muy arriba, una tormenta se forma en torno a los viajeros. Cuando el capitán se dispone a descender para poner a todos a salvo, el intruso arroja sacos de lastre al suelo para impedirlo. Su propuesta es subir por encima del fenómeno meteorológico. “¿Qué hay más hermoso que dominar esas nubes que aplastan la tierra? ¿No es un reto navegar de esta forma sobre las olas aéreas?”, pregunta el intruso imprudente. Después se desata una cadena de zozobra.


Volemos de regreso a Medellín, al lado del héroe de las primeras líneas de esta columna, el mexicano Antonio Guerrero. Según el cronista, volvió a la ciudad con sus compañías de acróbatas y luego delegó el oficio a otros. El último de “esa rara y valerosa especie” fue Domingo Valencia, antioqueño, que después de 1905, año en que se presentó en Medellín, llevó su espectáculo a otros países de Suramérica.


Así remata Latorre Mendoza: “Sabe Dios lo que suda el que se aventura en un avión moderno bien sentado y sabiendo el destino que lleva. Pero aquello de ir colgando de un trapecio y sin tener idea de lo que al final lo aguarda… ¡al demonio!”. *

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Notas

*Latorre Mendoza, Luis (1975). Libro de Oro de Medellín. Editorial Bedout. Esta cónica también aparece en El periodismo en Antioquia, libro compilado por Juan José Hoyos y publicado por la Biblioteca Pública Piloto en 2003.

**Poe, Edgar Allan (2011). Cuentos completos. La incomparable aventura de un tal Hans Pfall. Madrid, Editorial Páginas de Espuma. Páginas  541-542.

***https://bibliotecavilareal.wordpress.com/los-textos-de-tesoros-digitales/verne-jules-veinticuatro-minutos-en-globo/

viernes, 17 de noviembre de 2023

Literatura y Patrimonio

 (Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 13 al 18 de noviembre de 2023)

 


Ricardo Carrasquilla, el chocoano de letras festivas, cantó Al Salto de Tequendama:


        Salto, que saltando vienes,

        Salto, que saltando vas,

        ¿dónde se esconde tu cuna?

        ¿dónde tu sepulcro está?


Este inicio alegre es una manera de decir que poemas, cuentos, novelas, crónicas y ensayos enaltecen el Patrimonio Cultural y Natural al incluirlo en sus historias.


El Patrimonio Material alude a lugares significativos o edificios con valor histórico o arquitectónico. En Nuestra Señora de París, Victor Hugo dice: “(…) hay ciertas horas en las que debe admirarse la portada de Nuestra Señora; cuando el sol, ya declinado hacia Occidente, mira casi de frente a la Catedral, y sus rayos, más horizontales cada vez, se retiran paulatinamente del pavimento de la plaza subiendo a lo largo de la fachada perpendicular, cuyas bellas e innúmeras esculturas se destacan de la sombra, mientras que el gran rosetón central reluce como el ojo de un cíclope inflamado por las reverberaciones de la fragua”.


El Inmaterial se refiere a tradiciones orales, folclor, mitos, leyendas, dichos, creencias y conocimientos. El relato kogi de La creación cuenta: “Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro. No había sol ni luna ni gente ni animales ni plantas. Solo el mar estaba en todas partes”.


El Patrimonio tiene su día a mediados de este mes. Su vínculo con la literatura es el tema sobre el que nos invitan a conversar en el Encuentro Nacional e Internacional de Escritores de Envigado, el 21 de noviembre. La literatura es parte del Patrimonio, o sea, de la riqueza de todos.

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Historia y ficción

 (Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano el 15 de noviembre de 2023)


https://www.elcolombiano.com/generacion/etcetera/historia-y-ficcion-JB23118414 


Por más que tenga elementos de ficción, la novela histórica es un medio eficaz para aproximarse a los hechos del pasado.

 

Berenguela es una novela del español José Ángel Mañas publicada este año. Con el subtítulo “La reina que unió Castilla y León para siempre”, su acción sucede alrededor de la batalla de Las Navas de Tolosa, ocurrida en 1212, la más importante de la Reconquista y preludio de la toma de Córdoba, Jaén y Sevilla. Con esta obra, Mañas completa una trilogía sobre ese período medieval en el que los cristianos consiguieron recuperar territorios peninsulares que estaban en manos de los musulmanes. Las primeras dos novelas del conjunto son ¡Pelayo! y ¡Fernán González!


Por la novedad editorial, que se suma a otras creaciones suyas clasificables en el subgénero histórico, el diario El País, de España, entrevistó al novelista. A partir de las opiniones expresadas en las respuestas, se generó algún revuelo entre lectores del periódico, que terminó en la página de la “Defensora del Lector”. Les incomoda que un escritor diserte sobre historia. Uno de los fastidiados afirma que dicha entrevista carece de rigor. “Cualquier historiador actual (a los que deberían preguntar) podría rebatir con datos las peregrinas ‘opiniones’ de dicho señor”. Y agrega: “la historia sin datos contrastados no es historia; es un cuento”.


Soledad Alcaide, la defensora del lector, después de exponer el asunto, llega a la conclusión de que el error no estuvo en haber entrevistado a Mañas. Su obra es noticia y él tiene derecho a expresar sus ideas. El defecto de la nota y lo que hirió las susceptibilidades fue que el periodista y el editor no enfatizaron de entrada en que el autor es un escritor, no un historiador de oficio —aunque se hubiera graduado en Historia en la universidad—, y Berenguela es una obra de ficción.


“Una novela histórica no es un libro de historia. Esta obviedad pasada por alto en el periódico ha molestado a varios lectores y pone el foco en la responsabilidad de los periodistas al elegir cómo se presenta una información”, dice Alcaide.

 


Preservar la memoria

La novela histórica es uno de los subgéneros narrativos preferidos por el público en todas partes. En ella, los lectores encuentran un goce singular: al tiempo que se enteran de un hecho de interés, hallan los elementos que excita la experiencia de leer cualquier obra literaria: reflexión, resignificación de la existencia, disfrute espiritual, evasión temporal de la cruda realidad personal, sensibilización estética y social, entre otros. “La ciencia es basta, la vida es sutil, y para corregir esta distancia es que nos interesa la literatura”, afirma el semiólogo Roland Barthes *.


Para muchos de nosotros, quedan mejor comprendidos algunos acontecimientos históricos abordados por la literatura que por la historia. La Masacre de las Bananeras de 1928, perpetrada por el Gobierno colombiano, que ordenó ajusticiar a obreros huelguistas inconformes con las condiciones impuestas por la United Fruit Company en el Magdalena, y la invasión napoleónica a Rusia, episodio del siglo XIX, resultan más diáfanas y legibles en La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio, y Guerra y paz, de Tolstoi, respectivamente, que en los tratados académicos, a pesar de que estas novelas son ficciones y los documentos especializados dicen estar apegados férreamente a la verdad. De todos es sabido que esta bribona no se deja agarrar de nadie.


Una persona dedicada a la escritura de novelas —no solo históricas— estudia un tema como los profesionales de las ciencias. Se prepara para escribir su obra como quien lo hace para escribir una tesis. La novela histórica —también el cuento histórico— requiere que el autor estudie y se “vaya a vivir” a ese momento histórico hasta comprenderlo de tal manera que no solamente esté en capacidad de contarlo y explicarlo, como el académico, sino de ficcionar en torno a él. En mi concepto, ficcionar no es empobrecer los hechos, ni falsearlos. Los elementos aportados por quien escribe, imaginados a partir de cuanto estudia y analiza, no son acontecimientos falsos sino posibles. Personajes y hechos ficticios se establecen como metáforas o alegorías de situaciones comprensibles, que contribuyen a digerir hechos menos asimilables, porque los humanos, al menos un gran número, entendemos más con los ejemplos y las historias, que con los argumentos.


En cualquier definición del subgénero se encuentra: “utilizando un argumento de ficción, como cualquier novela, (la histórica) tiene la característica de que este se sitúa en un momento histórico concreto y los acontecimientos históricos reales suelen tener cierta relevancia en el desarrollo del argumento. La presencia de datos históricos en la narración puede tener mayor o menor profundidad”.


 

Humanización y cercanía

Los narradores de novela histórica consiguen humanizar a los personajes históricos, bajarlos de una suerte de pedestal en que el imaginario colectivo parece encaramarlos, y acercar los acontecimientos y las circunstancias, equiparándolos con asuntos próximos a nuestra realidad. ¡Y qué decir de la calidez! Los detalles del clima —llovía, hacía calor— que muchas veces no constan en los tratados, aparecen en la literatura, desterrando la frialdad de los hechos escuetamente presentados. Las acciones cotidianas, rutinarias, de los personajes; sus pequeños placeres, angustias y manías. Los elementos del paisaje, natural y cultural, nos pintan jardines, templos, callecitas, casas, tabernas, boticas, y los hacen habitables. En suma, el lenguaje literario proporciona la vida que necesitamos para no ahogarnos en un pasado yerto.


En una columna de prensa escrita en 1959, titulada “Por una novela nueva”, Germán Espinosa, el de La tejedora de coronas, comparte: “A mí, desde niño, me han obsesionado ciertos episodios históricos, que harían espléndidos argumentos de novela. Uno de ellos, la toma de Cartagena por el corsario Drake, en 1586. Los veintitrés navíos de su flota se divisaron desde la ciudad el miércoles de cuaresma. A las diez de la noche, unos seiscientos ingleses desembarcaron en la trinchera de la Caleta. La resistencia de la ciudad fue misérrima. Indios y negros huyeron y, tras ellos, la tropa. Los que permanecieron se trenzaron en lucha con los británicos cerca al convento de Santo Domingo. Allí fue herido, pese a su avanzada edad, el beneficiado de Tunja, don Juan de Castellanos. Al despuntar el sol, Drake era dueño de la ciudad, pero aún resistió un tiempo el fuerte de Boquerón”. Continúa diciendo que tal episodio, contado así, se “deshace en mera historiografía”. Pero incluyendo personajes imaginarios de interés psicológico y reviviendo en “estampas briosas” a los protagonistas históricos, podría conseguirse un drama muy vívido, “que daría por lo menos para unas doscientas cincuenta páginas” **.


Está bien que los periodistas de El País se hayan descuidado al no presentar adecuadamente al autor, enfatizando que es novelista y no historiador, y su obra como una novela histórica y no un libro de historia. Pero no se equivocaron al suponer que el escritor puede opinar sobre un asunto que ha revisado, esculcado e interpretado como cualquier académico de pestañas chamuscadas y ojeras profundas.


En El general en su laberinto, novela sobre los últimos días del libertador Simón Bolívar, Gabriel García Márquez cuenta:

“La pasó en vilo, crucificado por los zancudos, pues se negaba a dormir con mosquitero. A veces daba vueltas y vueltas hablando solo por el cuarto, a veces se mecía con grandes bandazos en la hamaca, a veces se enrollaba en la manta y sucumbía a la calentura, desvariando casi a gritos en un pantano de sudor”.


Todo en su punto. Para calificar una disciplina no es preciso descalificar otra. Habrá siempre quienes queramos seguir acercándonos a la historia desde la literatura para aprender, reflexionar y gozar al mismo tiempo.

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Notas

*Barthes, Roland. Lección inaugural, p. 125, http://es.wilkipedia.org/wiki/Literatura

**Espinosa, Germán (2002). Los oficios y los años. Editorial Eafit, colección Ensayos. Página 44.

sábado, 11 de noviembre de 2023

Maruja Vieira

(Columna Río de letras publicada en el diario ADN, semana del 6 al 11 de noviembre de 2023)

 


Maruja Vieira era una mujer de palabra. Como pocas personas —escasas, más bien— gozó del don de expresarse con solvencia y encanto con la palabra escrita y la hablada. Poeta, periodista y feminista, publicó casi una veintena de poemarios, varios ensayos de literatura, cientos de columnas de prensa, presentó programas radiales y televisivos en Colombia y Venezuela, y fue profesora. Integró las Academias de la Lengua de Colombia y de España. En suma, tomó la palabra.


Criada en una casa en la que todos leían, menos el gato, como solía decir, esta manizaleña fallecida el pasado 28 de octubre, a dos meses de cumplir 101 años, le cantó a las cosas cotidianas que enriquecen la existencia. La familia, la amistad, la infancia, los libros, los lugares, el amor… Dicho así, se diría que hubiera hablado de generalidades. No, su poesía se refería a asuntos específicos. Los seres que la acompañaban, con nombres, características, afinidades; los sucesos que la habitaban, como un incendio en la plaza o las voces de los niños; las ideas que la exaltaban; las sensaciones con que los sitios se tatuaban en su alma, y el sentimiento que la unía a su esposo, el poeta José María Vivas Balcázar. Ni la muerte, que lo arrancó de su lado muy pronto, logró vencer ni atenuar ese amor. Siguió brindándoselo por medio de recados de poesía:


        Cuando cierro los ojos vienes

        del país de la muerte.

        Llegas

        a la orilla del río del tiempo.

        El agua nos aparta siempre.

        No hay puentes.

        Me miras desde lejos y sonríes.

        Despierto.

        ¡Cómo tarda en llegar el barquero! 

viernes, 10 de noviembre de 2023

Maruja Vieira, contra el viento del olvido

(Columna publicada en Generación de El Colombiano, el 9 de noviembre de 2023)


https://www.elcolombiano.com/generacion/etcetera/maruja-vieira-contra-el-viento-del-olvido-KJ23088882

 

La manizaleña tomó la palabra: fue poeta, defensora de los derechos humanos, periodista y académica.

 

En Columna de Humo, su habitual nota de prensa, Maruja Vieira contó que ella, mujer mayor de 35 años, no dejaba de escuchar la pregunta: “¿cuándo te casas?”. Promediaba el siglo XX y el ideal de la mayoría de los humanos era casarse y tener hijos. De otro modo parecía inútil o absurda la existencia. Y la presión era mayor hacia la mujer, que, según las convenciones sociales, era poco o nada sin un hombre. A su edad, según la opinión general, estaba “quedada”. Ella, una de las pioneras de la sociedad colombiana en comprender que la vida es mucho más que estos asuntos, no tenía prisa por unirse a nadie en matrimonio.


Gabriel García Márquez le respondió esa columna con otra. Le señaló que era atractiva y le reconocía que era una “excelente poetisa”. A pesar de que, con sus palabras, parecía salirse del esquema dominante y machista “de que es el hombre quien manda en su casa”, explicó, con términos sexistas, que a los hombres solteros no les debía interesar la invisible situación de ser esposo de una escritora reconocida. “Algo tan honorable pero al mismo tiempo tan impersonal como el esposo de Gabriela Mistral”. Esta nota del cataquero hace parte de Entre cachacos, volumen 2.


Maruja Vieira, la escritora fallecida el 28 de octubre, más de un siglo después de haber nacido en Manizales, fue poeta, feminista y periodista con igual pasión. Con las tres facetas se definía cuando le pedían hacerlo. Se formó en ellas en el orden en que aparecen mencionadas. Sin embargo, ya que dimos un paso en el camino del feminismo, al mencionar que aparte de los aspectos afectivos y reproductivos, las mujeres tienen muchas cosas diferentes en qué pensar y a qué dedicarse, comencemos por este aspecto. Fue una de las pioneras de este movimiento en Colombia. A los nueve años, su familia se trasladó a Bogotá y allí conoció a Georgina Fletcher, escritora y profesora que promovió los derechos civiles de las mujeres, en especial a la educación y al trabajo. La sedujeron sus ideas. Se vinculó a proyectos que condujeran a darles a las de su género la posibilidad de votar en las elecciones políticas.


Una pequeña Colombia cabía en la casa de los Vieira White. El padre, Joaquín, era conservador; la madre, Mercedes, liberal; su hermano, Gilberto, once años mayor que Maruja, comunista —llegó a ser un destacado líder y pensador en el panorama nacional—, y Maruja, despabilada y atenta, atendió y defendió ideas de equidad que la llevarían a ser abanderada de causas sociales en un  país de desequilibrios. No es difícil imaginar los debates agitados después del almuerzo y deducir que es posible expresar pensamientos diferentes sin temor a la represión.

 

Esencia del ser

En cuanto a la poesía, la aprendió antes que el feminismo, casi desde la cuna. Su mamá le leía versos del mundo, que le fueron despertando la afición a leer antes que a jugar. En conversaciones radiales sucedidas en 2022 con motivo del centenario de su nacimiento, le escuché definir la poesía como “la esencia de todo” y “la esencia del ser”. La poesía como alma, como espíritu que da chispa vital a “todo” y al “ser”. Impulso de la Naturaleza e inquietud de las criaturas.

Cuando era necesario elegir
entre el pan y las flores
comprábamos las rosas.

Una taza de café negro y solo
nos bastaba.
Y nuestro amor
y un libro de poemas.


Cuando pensamos en los temas de Maruja Vieira aparecen asuntos cotidianos, no por esto sencillos. La familia, el amor, la infancia y la amistad. Personas reales pueblan su vida. Hechos de la niñez que jamás abandonaron su memoria ni su epidermis. Amigos con los que compartió libros y sueños. Ah, y como suele decirse de muchos poetas, la muerte fue otro de sus temas recurrentes. La consideraba un espacio poblado de seres que amaba. Lamentaba no poder entrar a visitarlos como se entra en una villa, recorrer sus calles y sus plazas en su compañía, hablar, sentarse juntos y contarse cuánto se extrañaban.


La muerte es un jardín con rosas amarillas.

Siempre amanece o es el atardecer

color violeta.

No hay sol de mediodía quemante, hiriente.

En esa orilla de la noche el aire está poblado

de luciérnagas y estrellas.

Allá no estaré sola nunca. Alguien espera.

 

En poesía, Maruja fue pionera también. No porque antes de ella no hubiera habido mujeres poetas. Por supuesto, las hubo, no tantas como varones, pero las hubo —Agripina Montes del Valle, Blanca Isaza de Jaramillo Meza, Laura Victoria, entre otras contadas creadoras—; lo fue en ofrecer sus poemarios en el mercado y las bibliotecas.

 

Dejar algo

Intelectual íntegra, siempre con la palabra lista en el cerebro, la boca y las manos, Maruja Vieira fue periodista cultural. Además de columnas de prensa, dirigió programas radiales y televisivos en Colombia y Venezuela. Integró las Academias de la Lengua de Colombia y de España, para las cuales realizó ensayos literarios. Ejerció como profesora universitaria de las asignaturas que ocupaban su existencia. Su huella es honda. El homenaje, suele decirse, es leerla. Y en este caso, la montaña va a Mahoma: sus poemarios se pueden tener de manera gratuita en la página de la autora.


Al escribir estas líneas en las que hablo apretadamente de un legado inmenso, recuerdo la respuesta que le dio a la periodista Adriana Villegas, de La Patria de Manizales, sobre la muerte:


Siempre está presente, pero solo está en quienes no dejan nada. Esas personas están realmente muertas. Lo importante es dejar algo para que alguien lo recoja. La palabra permite resucitar a la persona querida, amada, admirada y si la palabra la mantiene vigente entonces no muere: mientras exista la poesía la gente zarpa a un viaje, pero no muere jamás”.


Entonces Maruja Vieira, que deja tanto, tanto en qué pensar y con qué emocionarse, permanecerá. Su palabra hará el milagro de que, a pesar de haber zarpado, no muera jamás.