(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 1 al 7 de junio de 2026)
Sé bien que Hans Christian
Andersen, en 2026, no cumple una cifra de años terminada en cero o en cinco,
como (nos) gusta a los periodistas. Pero sé también que esta no es la única
excusa para hablar de algo. Y no quiero esperar a 2030 para decir que se
equivoca quien supone que este danés, amigo de infancia de la mayoría de
nosotros, escribe para niños solo porque, en sus cuentos piensan, hablan y obran
animales, plantas, estrellas, gotas de agua. Escribe para un público general.
En sus
obras, la tristeza y la tragedia son tan usuales como la alegría y el gozo. O
más. ¿Qué, si no una tragedia, es la fantasía oscura de “La Sirenita”? Un ser
del fondo marino sale a tierra, se enamora de una criatura humana y, por más
que sacrifique su larga existencia a cambio de alcanzarla, fracasa en su anhelo,
solo porque la vida es así, y se queda sin amado y sin larga vida. O “La niña
de los fósforos”: una niña miserable en medio del frío y la nieve. Intenta
ganarse la vida y termina ganándose la muerte. Y un largo etcétera que deja
viudas, huérfanos y solitarios a su paso. Pero, eso sí, contado con la maestría
del genio que halla cuento en todo: en una mesa, un cuello postizo, una lápida,
un cuello de botella, un trozo de hielo... y permite que lo narre el viento, una
estrella, una campana o un escritor.
De los suyos, “La sombra” es mi relato favorito —entre otros favoritos—. Un hombre pierde su sombra en un viaje. Después se reencuentra con ella, pero la situación no es la misma: ya no es ella quien lo sigue dócilmente; es él quien va detrás.
