(Columna publicada en la revista La Vitrola de Envigado Señorial # 39, agosto de 2026)
Las artes
tienen vasos comunicantes que permiten a unas alimentarse de otras. Numerosas
canciones se originan en relatos literarios.
En
El Satiricón, Petronio cuenta que iba
por el camino de las tumbas, acompañado por un soldado “más valiente que
Plutón”. Súbitamente, este se detuvo a conjurar los astros. Se desnudó, orinó
en torno a la ropa y se convirtió en lobo. Aulló y corrió al bosque. Nuestro narrador
quiso recoger las prendas, pero se habían transformado en piedra. Al volver a
casa, halló a su mujer lamentando que un lobo había acabado con las ovejas.
“Logró escapar —dijo ella—, pero un esclavo le atravesó el pescuezo con una
lanza”. Al día siguiente, el relator pasó por las tumbas y en lugar de ropa vio
una mancha de sangre; en la taberna, el soldado yacía herido. “Sangraba como un
buey; el médico estaba curándole el cuello”.
¿Quién
no conoce un hombre lobo? Humanos metamorfoseados en bestias por un hechizo o
una mordedura de uno de estos animales u otro hombre lobo bajo el plenilunio de
octubre. En la literatura aparece por todas partes. Es célebre El hombre lobo de París, de Guy Endore.
Un licántropo deambula por la ciudad durante la tercera república y la guerra
franco–prusiana. Pero no es a esta obra que quiero aludir, sino al libro de
cuentos El lobo-hombre de Boris Vian,
de 1947. Presenta a Dennis, lobo negro de ojos rojos, perteneciente al linaje
de los lobos civilizados. Acudía a la urbe a ver los coches y a los enamorados
desenredarse de las cintas que complican la lencería. Una vez lo mordió el Mago
de Siam, un hombre lobo. Desde entonces se convertía en humano. Tras la
angustia inicial, decidió sacarle provecho a la situación. Se deleitaría sin
atemorizar a nadie. La primera noche de aventuras compró bicicleta, se hospedó
en un hotel, visitó un restaurante, tuvo romance, se metió en una riña y huyó.
Leamos sobre la huida:
“Desde la
primera campanada, Dennis notó que la cosa no marchaba. Cada vez le costaba más
trabajo llegar a los pedales; sus piernas parecían irse acortando
paulatinamente. A la luz del claro de luna seguía sin embargo escalando,
montado sobre su rayo mecánico, por entre la gravilla del camino de tierra.
Pero en cierto momento se fijó en su sombra: hocico alargado, orejas erguidas.
Y al instante dio de morros en el suelo, pues un lobo en bicicleta carece de
estabilidad (…)”.
Este
relato da origen a la canción “Lobo-hombre en París”, de la banda española La
Unión, del decenio de 1980. Luis Bolín y Rafa Sánchez recrearon la historia.
“La luna llena sobre París
ha transformado en hombre a Dennis.
Rueda por los bares del bulevar.
Se ha alojado en un sucio hostal.
Jaja, mientras está cenando,
junto a él se ha sentado
una joven
con la que irá a contemplar
la luna llena sobre París (…)”.
Cof, cof,
¡maldito cof!
Basta habitar el mundo para saber que La dama de las camelias, de Alejandro
Dumas (hijo), cuenta un amor difícil —¿cuál no lo es?— entre Armando Duval y
Margarita Gauthier, en el París decimonónico. Margarita mantenía varios
amantes, un palco en la ópera y un ramo de camelias. Además de las
murmuraciones, la tuberculosis de ella complicó la relación. Duval recuerda el momento cuando al fin lo admitió:
“Quizá le parezca raro que me haya mostrado tan dispuesta a aceptarlo
así, en seguida. ¿Sabe a qué se debe? Se debe —continuó, tomándome una mano y colocándola
contra su corazón, cuyas palpitaciones violentas y repetidas yo sentía—, se
debe a que, ante la perspectiva de vivir menos que los demás, me he propuesto
vivir más deprisa”.
Un siglo después, de tal obra
surgió el tango “Margarita Gauthier”, con letra de Jorge Julio Nelson y música
de Joaquín Mora. Canta el desconsuelo de Duval tras la muerte de Margarita.
Roberto Goyeneche y Raúl Berón tienen una versión conocida.
“Hoy te evoco emocionada mi divina Margarita.
Hoy te añado en mis recuerdos con mi dulce
inspiración.
Soy tu Armando el que te clama mi sedosa muñequita.
El que llora, el que reza, embargado de emoción.
El idilio que se ha roto me ha robado paz y calma
y la muerte ha profanado la virtud de nuestro amor.
¿Para qué quiero la vida si mi alma destrozada
sufre una angustia suprema, vive este cruento
dolor?”
Corazón de
fantasía
Pasando del llanto a la risa, pensemos en el protagonista
de Las aventuras de Pinocho, de Carlo
Collodi. Una marioneta salida de las manos de un carpintero, cuyo deseo es que
cobre vida. El Hada Azul concede tal anhelo, a cambio de que la criatura sea
generosa, obediente y sincera. Condiciones complicadas para cualquiera.
"Apenas entrando en su casa, Goro
fue a buscar sin perder un instante los útiles de trabajo, poniéndose a tallar
y fabricar su muñeco.
¿Qué nombre le pondré? —preguntóse a sí
mismo—. Le llamaré Pinocho. Este nombre le traerá fortuna. He conocido una
familia de Pinochos. Pinocho el padre, Pinocha la madre y Pinocho los
chiquillos, y todos lo pasaban muy bien. El más rico de todos ellos pedía
limosna."
Con tan simpática idea, los argentinos Rafael
Farías Cabanillas y Julio Camilloni crearon la canción “Pinocho”. Son populares
las interpretaciones de Armando Moreno —pasodoble—, Luis Aguilé —balada— y
Fajardo y sus Estrellas —guaracha—:
“Hasta
el viejo hospital de los muñecos
llego
el pobre Pinocho mal herido.
Un
cruel espantapájaros bandido
lo
sorprendió durmiendo y lo ataco.
Llego
con su nariz hecha pedazos,
una
pierna en tres partes astillada,
una
lesión interna y delicada
que
el médico de guardia no advirtió”
(…
saltemos al desenlace:)
“Entonces
llego el hada protectora
y
viendo que Pinocho se moría
le
puso un corazón de fantasía
y
Pinocho sonriendo despertó”.
Macondo
Un
sinnúmero de álbumes y canciones tiene origen en obras de Gabriel García
Márquez. Recordemos solo algunas. “Canción para una muerte anunciada”, de
Lisandro Meza, apareció en 1981 como el libro Crónica de una muerte anunciada. Bayardo San Román descubrió que su
esposa, Ángela Vicario, no llegó virgen al matrimonio y la devolvió a la
familia. Los hermanos Vicario juraron vengarse de quien la deshonró: Santiago
Nasar. El canto revela la marca de los cuchillos usados en el crimen: “Col y
Tres Canales”, conocidos como “mataburros”, encargados en Magangué.
“Despedida” y “Hay amores” son temas de Shakira basados en El amor en los tiempos del cólera, novela alusiva al amor entre Florentino Ariza y Fermina Daza, que sobrevivió a una espera de años. La segunda canción, un bolero, reflexiona:
“Hay amores que se
vuelven resistentes a los años, como el vino que mejora con los años. Así crece
lo que siento yo por ti”.
“Macondo”
es una cumbia de Óscar Chávez, cuya versión más conocida es la de Rodolfo
Aicardi; “Agua de Luna”, un álbum de Rubén Blades con temas basados en Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo,
Ojos de perro azul y otros cuentos; Sudamérica
Suda, un compendio de canciones de
la banda Sexual Democracia…
Más tramas
No pongamos punto final sin mencionar canciones
como “Ramble on”, de Led Zappelin, basada en Las
dos torres, de Tolkien; Leviathan,
un álbum de Mastodon, en el drama de Moby-Dick,
de Melville; “Corazón delator”, de Soda Stereo, en el cuento de Poe; “Las
batallas”, de Café Takvba, en Las
batallas del desierto, de José Emilio Pacheco, y “Rosario Tijeras”, de
Juanes, para la película derivada de la novela de Jorge Franco.
Vámonos cantando la canción de esta
bandida:
“Y en sus ojos siempre el dolor existió.
Todo fue porque en su niñez
un malpa
la violó y ella se vengó.
Era Rosario Tijeras, la de pistola,
espejito y labial en su cartera. Siempre llena de
vicio, sexo, balas,
placer y dolor.
Las de las
mil y una vidas, bam, bam, bam!”







