(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 26 de enero al 1 de febrero de 2026)
Uno de los cuadros más potentes salidos del genio creativo de James Joyce es el del infierno. Aparece en El retrato del artista adolescente. La representación que de tal lugar transmitían los profesores religiosos. “Una eternidad de agonía ilimitada en intensidad, de tormento infinitamente variado, de tortura, que alimenta eternamente aquello que eternamente devora, de angustia, que perdurablemente oprime el espíritu mientras despedaza la carne, una eternidad, cada instante de la cual es ya de por sí una eternidad de dolor”. El protagonista, Stephen Dedalus, se impresiona con estas ideas, que van acompañadas de imágenes terroríficas.
Por supuesto, el gran aporte del dublinés, de cuya
muerte se cumplieron 85 años el 13 de enero, es el uso del flujo de conciencia,
técnica exprimida en la novela Ulises.
El narrador parece retirarse y dejar que el lector asista directamente al fluir
de los pensamientos, sentimientos y percepciones del héroe. Ulises, obra que a no pocas personas les
parece enredada, relata un día en la vida de tres personajes. Un solo día puede
ser una odisea.
Me atrevo a decir que la
dificultad que aducen esos lectores estriba en que ser testigo del torrente de
pensamientos de otro es estar ante un caos. Así como uno va por ahí pensando en lo suyo nunca de manera ordenada, van los
personajes. Uno va encontrando personas, situaciones, lugares… y estos van
entrando en juego con las cosas pensadas. Se va tejiendo una madeja enmarañada.
Gran aporte este, porque los escritores del mundo, posteriores a Joyce, suelen usarlo.








