(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN semana del 2 al 8 de febrero de 2026)
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| Retrato de Mary Shelley, por Richard Rothwell. Pintura (1840). Propiedad de National Portrait Gallery, Londres. |
En
una edición de Frankenstein o el eterno
Prometeo, Mary Shelley contó que soñó la historia en la cabaña que Lord Byron
alquiló cerca de Ginebra, Suiza, en 1916, el año sin verano.
Byron
había invitado a varios amigos a pasar días en esa región. Mary Shelley y su esposo
—el poeta Percy Shelley—, y el escritor John Polidori estaban en ese grupo. Como
el invierno no cedía, se encerraron a hablar de logros científicos relacionados
con la posibilidad de dar vida a cuerpos inertes con electricidad y a leer
cuentos de fantasmas. Byron los retó a escribir relatos de terror. A Mary no se
le ocurría nada. Hasta que, en un sueño, vio al doctor Frankenstein hincado ante
el “hombre” que había armado con partes de muertos.
Si la historia es asombrosa, la estructura también lo es: un tríptico integrado por cartas del capitán Walton a su hermana sobre su encuentro con un moribundo doctor Frankenstein en el polo, el relato de este y el testimonio de la criatura.
“¡Oh! ¡Ningún mortal podía soportar el horror de aquel semblante! Una
momia revivida no podía ser tan espantosa como aquel monstruo. Lo había mirado
cuando aún no estaba concluido; era feo entonces; pero cuando esos músculos y
esas articulaciones adquirieron el don del movimiento, se convirtió en cosa que
ni siquiera Dante hubiera podido concebir”.
Además
de esta novela fundadora del terror gótico, Mary escribió obras como El último hombre, Lodore y Falkner. ¿Por qué me dio por hablar de ella
así, de pronto? El 1 de febrero se
cumplieron 175 de su muerte en Londres. Esta puede ser una razón.









