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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Los amigos

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 14 al 20 de septiembre de 2026)

 


Flush era el perro de la poeta inglesa Elizabeth Barrett Browning. Su compañero en el encierro que, por años, vivió en una habitación oscura, a causa de una enfermedad pulmonar. Virginia Woolf escribió la biografía de esta escritora en la novela Flush. La contó desde el punto de vista de ese amigo inseparable. No hubiera podido hallar a alguien que la conociera tanto ni la amara más que ese perro que la vio escribir:


“Si has de amarme que sea solamente

por amor de mi amor. No digas nunca

que es por mi aspecto, mi sonrisa, el modo

de hablar o por un rasgo de carácter”,


versos que ella repitió ante él con su voz enferma.


Primero estuvieron solos; más tarde, ella se enamoró de Robert Browning, también poeta, y Flush tuvo que aceptarlo; luego, Flush fue víctima de un secuestro, lo que sirvió para confirmar la lealtad de Elizabeth, quien lo buscó por barrios de Londres hasta dar con él, y pagó rescate por su liberación; se mudaron a vivir a Italia, y, después, regresaron a Londres para pasar un tiempo apacible. “Flush la amaba. Había renunciado al aire y al sol por ella. «Acaso no merece ser amado?»”.


Amigos multiespecie ocupan numerosas páginas de la literatura. ¿Cómo olvidar a Platero y yo, la novela poética de Juan Ramón Jiménez sobre su relación con un asno? En El Principito, de Antoine de Saint Exupery, el protagonista tiene amistad con una rosa, primero, y con un zorro, después. En Colmillo Blanco, de Jack London, un perro sufre la crueldad de los humanos, hasta que halla a Weedon, un hombre bondadoso con el que seguiría su camino.


jueves, 26 de marzo de 2026

Virginia y Orlando

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 23 al 29 de marzo de 2026)


 


Hubo en Inglaterra un ser humano que
vivió sin envejecer unos 400 años, entre los siglos XVI y XX. Sirvió en la corte como paje, se desempeñó como embajador en Constantinopla, se enroló con gitanos y se casó con un marinero. Fue poeta apasionado, mujeriego incorregible, viajero incansable y dueño de una libertad que no disminuyó jamás. Cuestionó las normas de comportamiento de su género. Además de la longevidad, otro asunto lo hizo especial: tras un largo sueño, despertó transformado en mujer. Su nombre: Orlando. Su biógrafa: Virginia Woolf.


Esta novela fantástica es la obra más ambiciosa, bien lograda y experimental de esta autora británica de cuya muerte se conmemoran 85 años el 28 de marzo. Sé que resulta arriesgado afirmar que esta sea la más ambiciosa, considerando que todas sus creaciones —La señora Dalloway, Las olas, Al faro, Noche y día; en fin, todas— se caracterizan por romper esquemas de formas y pensamientos. Exploró técnicas narrativas como el flujo de conciencia, usó imágenes de poesía y dio prioridad a las reflexiones y observaciones sobre las acciones. Conocida por su mente abierta o, más bien, carente de puertas, y por sus ideas feministas, Virgilia Woolf fue, sin duda, una revolucionaria de las letras.


Leamos algunas líneas:


“Orlando se había transformado en una mujer —inútil negarlo. Pero, en todo lo demás, Orlando era el mismo. El cambio de sexo modificaba su porvenir, no su identidad. Su cara, como lo pueden demostrar sus retratos, era la misma. Su memoria podía remontar sin obstáculos el curso de su vida pasada”.

viernes, 16 de mayo de 2025

Revolucionarias

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 12 al 18 de mayo de 2025)

 

 

Hablemos de revolución. Dos mujeres subvirtieron el orden de las cosas desde la literatura y las ideas.


Una es Virginia Woolf, la inglesa que enriqueció el modernismo con obras que experimentan con los recursos narrativos y los temas, especialmente de índole feminista. El 14 de mayo se cumplen 100 años de la edición de La señora Dalloway. Leamos un fragmento:


“Se sentía muy joven y al mismo tiempo indeciblemente vieja. Se deslizaba en las cosas como un cuchillo, pero a la vez se quedaba afuera, observando. Tenía la perpetua sensación, mientras miraba los taxis, de estar afuera, lejos, muy lejos, mar adentro, y sola; siempre tenía la sensación de que era muy pero muy peligroso vivir, aunque solo fuera un día”.


La otra es Ana Rossetti, la española que el 15 de mayo cumple 75 años de pisar la Tierra. La suya, una subversión desde la sensualidad y el esteticismo. Conocida como poeta (Indicios vehementes), también es narradora y dramaturga (Prendas íntimas, El secreto enamorado). Propone una visión emancipadora de las mujeres. Basta leer un trozo de “Érase una vez”, incluido en Mujeres al alba, para comprobarlo:


“Soy la princesa que habita en los érase una vez. No tengo nombre ni voz. No otorgo, ni revoco, ni consiento ni me rebelo. Mi corazón, mi voluntad y mi destino solo existen para ser conquistados (…) Pero, y a mí, ¿quién me prueba? ¿Quién mide mi resistencia y mi perseverancia? (…)


Esto dijo la princesa y sin pensárselo dos veces se escapó de su cuento y se metió en el libro de al lado. Era uno que trataba de las cosas de la vida”.