viernes, 23 de agosto de 2024

Capote, el genio

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN en la semana del 19 al 25 de agosto de 2024)

 



El 25 de agosto de 1984, Truman Capote estuvo ocupado en
morir. Según el parte médico, la causa de muerte fue enfermedad hepática, más flebitis, más intoxicación con drogas. Sin embargo, el genio de Nueva Orleans venía muriendo desde 1975. Sujeto sociable, enseñado a codearse con estrellas de cine, artes y letras, cayó en desgracia con muchas de ellas por revelar intimidades en la novela inconclusa Plegarias atendidas. Relegado a la soledad y el olvido, se sumió en una depresión tal que el deceso, nueve años después, fue solo el final de su proceso destructivo.


Digo genio, porque realizó una revolución literaria. Armado con el “látigo que Dios le dio”, como dice en el prefacio de Música para camaleones, no se hacía concesiones en cuestiones de forma ni de contenido. Sus escritos son depurados, con palabras, símbolos y signos cuidadosamente escogidos. Combinó en cada obra cuanto sabía de guion, cuento, novela, poesía, crónica y reportaje. Dicho de otro modo, rompió la camisa de fuerza de los géneros literarios. Entendió y explicó como pocos los pequeños dramas cotidianos que nos atormentan o regocijan.


Otro aporte es la consolidación de la novela y los relatos de no ficción. Un ejemplo es A sangre fría, la historia de un asesinato múltiple cuyo móvil fue el robo de un dinero que resultó insignificante, la cual documentó al acompañar por años a los detectives del FBI y conversar con los criminales. Los perros ladran; Desayuno en Tiffany’s; Ataúdes tallados a mano; Crucero de verano, y El Duque en sus dominios están entre sus creaciones. 

miércoles, 21 de agosto de 2024

La hamaca grande y la educación

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano el 18 de agosto de 2024)


https://www.elcolombiano.com/generacion/criticos/la-hamaca-grande-y-la-educacion-AG25236776 

 

Los suicidios de dos estudiantes del área de la salud por estrés universitario sugieren que los métodos brutales de enseñanza siguen vigentes.

 


"La letra con sangre entra", cuadro de Francisco de Goya.
Propiedad del Gobierno de Aragón, España.


Hasta 2012, creía que la expresión “La letra con sangre entra” era un refrán, un dicho popular que repetían los viejos como repiten tantos otros. Salí de la ignorancia cuando tuve la fortuna de conversar con el compositor Adolfo Pacheco Anillo para escribir su historia y publicarla en El Colombiano. Se titula: “Adolfo Pacheco, cantor del mestizaje”. Hace parte del libro Vida y milagros (crónicas, reportajes y perfiles) —Editorial UPB, 2014—.


En ella cuenta su vida, desde sus ancestros ocañeros, contrabandistas de tabaco; pasando por el establecimiento de su familia en San Jacinto, la música como eje de las relaciones, por influencia de su madre; hasta su consolidación como músico, en contravía de los deseos de su padre, quien veía en el arte de los sonidos una forma de perdición. “La hamaca grande”, “El viejo Miguel”, “El mochuelo”, “Mercedes”, “Tu cabellera” son algunas de las composiciones más conocidas de Pacheco.


En la conversación, contó que había una intensa rivalidad folclórica entre los sabaneros y los habitantes del Cesar y la Guajira, fomentada por personajes reconocidos como Rafael Escalona Martínez y Consuelo Araújo Noguera, la Cacica. El motivo era que estos creían que su expresión musical era superior a la de los sabaneros. En los festivales y concursos organizados por los de la Guajira y el Cesar, no premiaban ni reconocían a los artistas de las sabanas de Bolívar, Córdoba y Sucre. Adolfo Pacheco Anillo resolvió tal rivalidad con el paseo “La hamaca grande”, en cuya letra hay una propuesta de conciliación. En lugar de ensañarse en la pelea —absurda por demás, porque una cultura no es superior ni inferior a otra, y las expresiones artísticas y folclóricas de un pueblo tampoco son mejores ni peores que las de otro— propone a los sabaneros llevar de regalo a los del Valle de Upar una hamaca grande, símbolo de su región, en la que cupieran todos los habitantes de los departamentos del Caribe.


En aquella charla, el maestro Pacheco se refirió a su formación, en especial la más temprana. Fue entonces cuando mencionó la tal expresión. Dijo que en el Instituto Rodríguez, de San Jacinto, su pueblo, la educación era lancasteriana. Me sacó de la ignorancia al contarme que Joseph Lancaster fue un cuáquero inglés, reformista educativo que sostenía un modelo, llamado lancasteriano por su apellido, cuya filosofía era “la letra con sangre entra”. Añadió de paso que tal propuesta, basada en el maltrato físico y psicológico, dejó una cantidad incalculable de personas frustradas, de las cuales, muchas desertaron de la escuela. Que a él lo separaron pronto de aquella forma de aprender y que, de no haber sido así, tal vez hubiera crecido con una forma de pensar diferente, ligada al resentimiento y el desquite, y tal vez no hubiera compuesto “La hamaca grande”. No dijo más.


Sentado a horcajadas, precisamente en una hamaca sanjacintera,  instalada en una de las habitaciones de la vivienda, acompañado de guitarra, cantó:

 

Compadre Ramón, compadre Ramón
Le hago la visita pa que me acepte la invitación
Quiero, con afecto, llevar al Valle cofres de plata
Una bella serenata con música de acordeón
Una bella serenata con música de acordeón
Con notas y con folclor de la tierra de la hamaca

Ay, acompáñenme, acompáñenme
A un collar de cumbia sanjacintera, llevo en mi canto
Con Adolfo Pacheco y un viejo son de Toño Fernández
Y llevo una hamaca grande, más grande que el cerro 'e Maco
Y llevo una hamaca grande, más grande que el cerro 'e Maco
Pa que el pueblo vallenato, meciéndose en ella cante.

 

Después, ya en la sala de redacción, al acopiar la documentación complementaria para el reportaje, consulté al respecto. Joseph Lancaster (1778-1838) planteaba una lógica según la cual el estudiante aprendía si era lacerado. “La letra con sangre entra y la labor con dolor” era su lema. Fuertes críticas por maltrato infantil hicieron que Lancaster saliera de Londres. Llegó a América Latina. Bolívar lo invitó a Colombia para implementar su método. Abrió colegios en Bogotá, Lima, Quito y Caracas.


Su modelo educativo y otros derivados de este primaron en nuestro medio hasta los años sesenta y setenta del siglo XX. Golpes, castigos, palabras humillantes, burlas hacían parte de ellos. El temor y la inseguridad se apoderaban de los alumnos a la hora de las evaluaciones, en especial cuando se exhibían en público sus conocimientos. El miedo a equivocarse, el terror a la humillación y la vergüenza ante los demás compañeros fomentaban la infelicidad y la deserción.


El periodista Santy Martínez, en su espacio deportivo radial, contó la semana pasada que, en su infancia, fue testigo de prácticas degradantes en el ámbito escolar. Una de ellas consistía arrinconar y dejar solo al alumno que no supiera la lección durante un rato, y, durante la duración del castigo, hacerlo portar un letrero en el que se leía: “Burro”.


Por su parte, Gustavo Álvarez Gardeazábal me recordó que en nuestro país y, en general, los de Iberoamérica, la Iglesia católica tuvo el monopolio de la educación durante mucho tiempo y adoptó el método del inglés en sus instituciones.


Los críticos de este modelo, los de la Escuela Nueva y otras pedagogías humanistas contemporáneas (como Henry Portela, de la Universidad de Caldas), sostienen que subestima la capacidad de los sujetos y los condiciona para la acción. Las propuestas de enseñanza deben reconocer a los alumnos para que crezcan y se descubran a sí mismos. Total, pedagogía, la ciencia que estudia los modelos y teorías educativas, tiene su etimología en los vocablos griegos paidos («niño») y gogía («conducir» o «llevar»). El concepto hacía referencia al esclavo que llevaba al niño a la escuela; ese era el pedagogo. Luego se entendió al método mediante el cual se guía a un individuo o grupo al conocimiento.


Uno de los precursores de los métodos humanistas es el filósofo y escritor Fernando González. En Los Negroides enseñó: “La pedagogía consiste en la práctica de los modos para ayudar a otros a encontrarse; el pedagogo es partero. No lo es el que enseña, función vulgar, sino el que conduce a los otros por sus respectivos caminos hacia sus originales fuentes. Nadie puede enseñar; el hombre llega a la sabiduría por el sendero de su propio dolor, o sea, consumiéndose”.


Cuando González habla de dolor (“el sendero de su propio dolor”), no se refiere al daño físico causado por un humano a otro para incrustarle los conocimientos a golpes. Alude a la sensación de incomodidad que suele sentirse al experimentar la vida. Un dolor espiritual, podría decirse, que sucede cada vez que una experiencia modela un poco más la plastilina del alma.


Hace tiempos no oye hablar de los métodos represivos en la educación. Nadie habla ya de los reglazos que les daban los profesores a los alumnos en las manos por no saber las tablas de multiplicar ni los verbos irregulares. En cambio, por todas partes se habla de modelos educativos basados en modelos humanistas que valoran a los alumnos.


Sin embargo, todo indica que la brutalidad no ha desaparecido. Las noticias de los suicidios de Catalina Gutiérrez y Catalina Ayazayu, ambas alumnas de programas del área de la salud, así lo confirman. La primera, de una universidad bogotana; la otra de una institución chilena. Gutiérrez tomó la fatal decisión en julio anterior; Ayazayu, en marzo pasado. Las dos, motivadas al parecer por no aguantar más los maltratos de (in)ciertos profesores. Tras la muerte de cada una, decenas de compañeros suyos se atrevieron a dejar testimonios en las redes sociales. Confirman que en algunas universidades, al menos en el área de la salud, existen profesores que practican métodos poco saludables. Los maltratos, las humillaciones, los largos horarios, las discriminaciones y el machismo están a la orden del día.



martes, 20 de agosto de 2024

Kant habla hoy

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano el 18 de agosto de 2024) 


https://www.elcolombiano.com/generacion/criticos/kant-habla-hoy-GG25236101


En la celebración de los trescientos años del nacimiento de Inmanuel Kant es momento de repasar sus ideas de igualdad y respeto.

 

Inmanuel Kant

Uno cree que Kant está más lejos de nosotros que su nacimiento, ocurrido hace trescientos años. Sin embargo, está tan cerca como queramos, pues sus postulados dan bases para una vida social en la que nadie se las venga a dar de tramposo y quiera llevarse a los demás por delante en su camino. Fundamentan relaciones afectivas, familiares, sociales o con el Estado en las que a nadie lo usen como alfil para conseguir propósitos personales.


En este artículo no pretendo enredar a nadie con tesis complejas. Tampoco discutir métodos filosóficos. Por el contrario, deseo mostrar que nadie debe autoexcluirse de ciertas lecturas por no ser filósofo o solo por dejarse arrastrar de un juicio a priori: el de suponer que son complejas, inaccesibles o no tienen que ver con la vida cotidiana.


Inmanuel Kant nació en Königberg, Prusia, el 22 de abril de 1724 y murió allá mismo, el 12 de febrero de 1804. Entre sus obras más conocidas están la Crítica de la razón pura, Genealogía de la moral, Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio. Uno de los filósofos más estudiados, se movió en una época en la que la razón gozaba ya de prestigio, e hizo parte del movimiento cultural e intelectual denominado ilustración, que él ayudó a definir en su ensayo Respuesta a la pregunta ¿qué es la ilustración? Creía que esta constituía el abandono de la infancia mental de los individuos, infancia que se evidenciaba en la incapacidad de pensar por sí mismos, sin la guía de otras personas. No por falta de inteligencia, decía, sino por falta de decisión o valor. La ilustración, dicho en un dos por tres, tenía gran fe en el progreso, con la razón como soberana. Entendía que el conocimiento se obtenía por los sentidos. Este movimiento impulsó las ideas de igualdad, tolerancia, libertad, fraternidad, gobierno constitucional, separación de la Iglesia y el Estado. Para no ir muy lejos, propició la Revolución Francesa y, después, las independencias de muchas colonias del mundo, entre ellas la nuestra.


En, fin. Como se observa, son ideas que en estos tiempos se constituyen en base de una sociedad que pretende ser respetuosa de las diferencias individuales, como las de pensamiento, ideología, credo, orientación sexual y demás.


 

Ética del deber

Kant propone —como su pensamiento vive, hablemos en presente— que en el proceso de acercamiento de los individuos al mundo, es decir, de conocerlo, estos emiten juicios sintéticos a priori y juicios fácticos o empíricos. Los primeros son subjetivos y se consiguen por medio de la sensibilidad. Sugiere pasar a otro nivel: el de experimentar, por medio de los sentidos, para obtener una información menos discutible.


En cuanto a la moral, establece pautas de comportamiento para relacionarnos entre los humanos y con la Naturaleza. Expone un principio categórico de universalidad: para que una acción pueda aplicarse, debe funcionar con todas las personas por igual. Si favorece a unas y a otras no, es inaplicable. Cada uno debe actuar pensando que su comportamiento pueda convertirse en una ley moral. Es decir, estar convencido de no hacer algo en detrimento de otros, sino en favor de ellos y de la especie. Que no podemos hacer de los otros un medio para conseguir resultados. En otras palabras, no usar a nadie como un instrumento para conseguir objetivos personales. Recomienda que en nuestras acciones siempre haya buena voluntad y tengamos sentido de la responsabilidad. Porque cada acción que ejercemos y cada decisión que tomamos, simples o complejas, tienen consecuencias. Señala que un deber perfecto es no mentir, aunque uno crea que una “mentirita piadosa” o una verdad tergiversada cause menos daños que una verdad.


En su libro Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres se lee:


“Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad. El entendimiento, el gracejo, el Juicio, o como quieran llamarse los talentos del espíritu; el valor, la decisión, la perseverancia en los propósitos, como cualidades del temperamento, son, sin duda, en muchos respectos, buenos y deseables; pero también pueden llegar a ser extraordinariamente malos y dañinos si la voluntad que ha de hacer uso de estos dones de la naturaleza, y cuya peculiar constitución se llama por eso carácter, no es buena. Lo mismo sucede con los dones de la fortuna. El poder, la riqueza, la honra, la salud misma y la completa satisfacción y el contento del propio estado, bajo el nombre de felicidad, dan valor, y tras él, a veces arrogancia, si no existe una buena voluntad que rectifique y acomode a un fin universal el influjo de esa felicidad y  con él el principio todo de la acción; sin contar con que un espectador razonable e imparcial, al contemplar las ininterrumpidas bienandanzas de un ser que no ostenta el menor rasgo de una voluntad pura y buena, no podrá nunca tener satisfacción, y así parece constituir la buena voluntad la indispensable condición que nos hace dignos de ser felices”.

 


Relativas pero útiles

Las ideas kantianas sirvieron, en su momento, para defenderse del despotismo y el autoritarismo que hacían indignas las relaciones entre el Estado y las personas, y también entre estas, ya que algunas establecían vínculos desequilibrados. Los pensamientos del filósofo constituyeron una invitación a que los individuos se atrevieran a pensar y a decidir por sí mismos. Con autonomía, pero con responsabilidad.


Si bien, al leer estas propuestas kantianas, parece que hablara para una sociedad de ángeles, de ellas se pueden tomar pautas para convivir dignamente. Para actuar en el mundo sin pisotear a los otros por ser diferentes y sin que los otros consideren que pueden ultrajarnos. En la historia del desarrollo de las ideas, sin duda, es un avance grandioso el pensar por uno mismo y tener autonomía. Sin olvidar la propuesta kantiana —que después retomarían algunas corrientes filosóficas, rechazarían otras y tratarían de fusionar las demás— de que esa autonomía de pensamiento y esa libertad de elección deben ir acompañadas de responsabilidad. Porque los actos de los individuos tienen efectos. Y del mismo modo en que un sujeto se beneficia de los derechos de pensar, expresar sus ideas y elegir, debe hacerse cargo de las consecuencias. En ese sentido, es superar la infancia como dice Kant, dejar de ser el niño que hace y deshace, mientras sus padres van detrás limpiando la suciedad que deja, reparando los daños y compensando a los demás por los perjuicios del crío —o retándolos para no resarcirlos—.

 

Por supuesto, en trescientos años, otras ideas han entrado en juego. Una de estas es que la razón no es el principal motor del conocimiento ni tan infalible; otra, que la sensibilidad no es tan poca cosa como Kant y los de la ilustración creían: es tan válida como aquella; una tercera es la puesta en duda de la existencia de la libertad y, en ella, del libre albedrío. A propósito de esta última, veamos el cuestionamiento que hace, no un filósofo, sino un escritor, Somerset Maugham a las ideas kantianas. En su novela Servidumbre humana, el francés presenta entre sus tesis que no siempre es posible aplicar el principio universal de Kant. Porque a veces los comportamientos humanos no obedecen a la voluntad. Mejor dicho, no son libres. Hay numerosos factores psicológicos, familiares, sociales que impiden serlo. A veces uno llega a convencerse de que la tan cacareada libertad no pasa de la posibilidad de elegir entre té o café para beber a mitad de la tarde, o esa otra, también difícil, de escoger entre salsa de chocolate, leche condensada o nada como aderezo del helado.


En la obra mencionada, Philip Carey, el personaje central, es un sujeto que siempre ha carecido de cariño o ha contado con afectos prestados. Huérfano desde muy niño y discriminado por una anomalía en una de sus extremidades, es dueño de un notorio complejo de inferioridad y sus vínculos con los demás no son equilibrados. En algún momento, se humilla ante la mujer que ama, digamos, con un amor enfermizo. Ella se burla, lo ofende y explota espiritual y materialmente. Menos que un alfil, es un peón que satisface sus caprichos y veleidades. Entiende que esa relación atenta contra su dignidad. “Todo su ser era arrastrado por una corriente irresistible. Esta no tenía nada que ver con la razón, la cual se limitaba a indicarle los medios de realizar los deseos de su alma”. Philip se promete reiteradamente romper con ella, pero no puede. Sobre el particular habla con Macalister, un amigo, quien le recuerda el imperativo categórico.


“—Obre de modo que cada acción que lleve a cabo pueda convertirse en regla universal para todos los hombres.


—Me parece una estupidez.


—Obra usted muy a la ligera tratando de ese modo un principio establecido por Manuel Kant.


—¿Por qué? Reverenciar lo que dicen otros es una cualidad destructiva. Hay demasiado respeto en el mundo. Kant pensaba ciertas cosas, no porque fuera verdad, sino porque era Kant.


—Entonces, ¿qué objeción hace usted al imperativo categórico? —Hablaba como si estuviera en juego el destino del Imperio—. Eso supone que puede elegirse el propio destino con un poco de voluntad. Y que la razón es la guía más segura.


—¿Por qué el dictamen de la razón ha de ser mejor que el de la pasión? Son distintos; eso es todo.


—Entonces usted es el esclavo satisfecho de su pasión.


—Soy esclavo porque no puedo menos de serlo —repuso riendo Philip—, pero sin que ello me alegre.”

 

En efecto, las tesis kantianas son relativas y discutibles, como las de cualquier filósofo. ¿Cuál no tiene fisuras? ¿Cuál es absolutamente blindada o perfecta? Sin embargo, aportan pautas útiles para relaciones equitativas y en las que esté presente el respeto por las diferencias, de modo que bien vale la pena considerarlas.


sábado, 17 de agosto de 2024

Fiebre olímpica

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano el 19 de agosto de 2014)


https://www.elcolombiano.com/generacion/criticos/fiebre-olimpica-HG25236526



Contraria a la imagen estereotipada de los escritores borrachos, está la de otros que se deciden por una vida saludable que incluye la práctica deportiva.

 

Agatha Christie se la llevaba bien con el viento. En ese milagro de mantenerse de pie sobre las olas del mar que es el surf, en vez de pelear con él, descubrió que era mejor hacerse su amiga, su socia, para aprovechar los desplazamientos suaves, rápidos y seguros. Había entendido que jamás se llega a dominar los elementos, pero que, con práctica y perseverancia, ellos podrían proporcionarle uno de los mayores placeres físicos que puedan conocerse.


En artículos publicados en The Guardians sostuvo que fue una de las primeras personas del Reino Unido en practicar este deporte y que aunque quien lo hace se golpea en muchas oportunidades, también se divierte copiosamente. Sin embargo, no fue mucho lo que habló de la práctica de deslizarse sobre las olas.


“El surf parece perfectamente fácil. Pero no lo es. (…) El surf es así. O estás maldiciendo enérgicamente o estás idiotamente complacido contigo mismo”, dijo, sin añadir más, en El hombre del traje marrón. Esta novela, que no tiene que ver con deporte, cuenta que un hombre aparece asesinado en el metro de Londres. Anne Beddingfeld, hija de un antropólogo, gasta la herencia que su padre le deja al morir, en financiar una aventura, la de investigar este crimen.


¿De qué estamos hablando? ¿De Agatha Christie? No propiamente. ¿Del surf? Tampoco en plenitud. La fiebre olímpica, propagada por los Juegos de París que están encima, nos pone a hablar de escritores que han sido también deportistas. Por este camino, notamos que, como los demás humanos, los creadores son tan diversos en gustos y expresiones. No todos los artistas tienen que ser hijos de Dionisio o Epicuro. También los hay abstemios, que se alimentan de legumbres hervidas y no se acuestan tarde.


Pero, antes de seguir hablando del tema, citemos a la británica en uno de los cuentos que no resuelve el almidonado Hercules Poirot, para irnos de Christie con algún sabor de boca. Abramos un libro en cualquier parte, como hacen muchos cuando quieren leer la Biblia un rato. En El enigmático Mr. Quin, cuyos casos se resuelven de una manera conveniente y aparentemente fácil, hay un relato titulado “El hombre de mar”. En este se lee:


“—¿Y dice usted que encontró a alguien aquí ayer?


El otro asintió con un movimiento de cabeza.


—Sí —añadió—. Probablemente de algún hotel vecino. Llevaba un disfraz.


—¿Un disfraz?


—Sí. Algo así como un traje de Arlequín”.


Los amantes del deporte que saben de este gusto de la narradora no terminan de perdonarle que no haya ahondado en el tema del surf en sus escritos o, incluso, que no hubiera basado alguno de los casos criminales en torno a tal deporte; consideran que hubiera ayudado a popularizarlo.


Espíritu deportivo también anidaba en Samuel Beckett. En las actividades musculares encontró el remedio para superar su condición de niño delgado y enfermizo, de temperamento frágil y marcadamente llorón. El irlandés desarrolló brazos fuertes en la práctica del rugby, el tenis y el cricket. En este llegó a representar al Trinity College de Dublín.


Tal vez el deporte le enseñó acerca de la fugacidad del triunfo o sobre la necesidad de vencer el temor al fracaso. Con seguridad, le brindó resistencia física para las largas jornadas de lectura y escritura. Sin embargo, esa tristeza que reinó en su infancia jamás abandonó su ánimo. Si bien dejó de lloriquear, entendió que en la vida todo es lo mismo que nada, que Dios no existe y que es vana toda espera de trascendencia. Eso queda claro en sus cuentos, novelas y obras dramáticas. Bueno, no digo claro en el sentido de nítido o diáfano, porque el suyo es un estilo complejo, a veces enmarañado, sino en el sentido en que, en medio de su narración frenada y zigzagueante —frenada y zigzagueante como la carrera del jugador de rugby que transporta la pelota y choca con adversarios y cae y se levanta y sigue y vuelve a frenar, hasta que, finalmente, consigue su propósito de avanzar y, en el mejor de los casos, anotar— él logra darnos el mensaje del significado absurdo de la vida.


“No estaré solo, en los primeros tiempos. Seguro que lo estoy. Solo. Esto se dice pronto. Hay que decir pronto. ¿Y qué sabe uno nunca, en semejante oscuridad? Voy a tener compañía. Para empezar. Algunos títeres. Los suprimiré después. Si es que puedo. ¿Y los objetos? ¿Cuál debe ser la actitud para con los objetos? Ante todo, ¿hay que tenerla? Vaya pregunta. Pero no me oculto que son de prever. Lo mejor es no detenerse en este tema, de antemano. Sí, por una u otra razón, se presenta un objeto tenerlo en cuenta. Se dice que donde hay personas hay cosas. ¿Quiere esto decir que al admitir a aquellas se han de admitir estas? Habrá que verlo. Lo que se ha de evitar no sé por qué, es el espíritu de sistema. Personas con cosas, personas sin cosas, cosas sin personas, lo mismo da, estoy muy seguro de poder barrer todo eso en muy poco tiempo. No veo cómo. Lo más sencillo sería no empezar. Pero estoy obligado a empezar. Lo que significa que estoy obligado a continuar. Acaso acabaré por estar muy rodeado, en un cajón de sastre. Idas y venidas incesantes, atmósfera de bazar. Estoy tranquilo, id”.


Dice, poco aeróbico, en el segundo párrafo de El innombrable.

 

Se sabe que Hemingway, además de gustar de la caza y la pesca, disfrutaba el ejercicio del boxeo, el atletismo, el waterpolo y el fútbol norteamericano. Por cierto, otro narrador que practicaba bien este deporte fue Jack Kerouac, el de la generación Beat. Católico y hasta místico —tuvo visiones de Jesucristo—, inspirador del movimiento jipi, era dueño de gran habilidad deportiva y asombrosa velocidad. Estas características le sirvieron para conseguir becas de estudio en varias universidades. En la de Columbia adelantó su carrera y jugó. El mar es mi hermano, En el camino y Los vagabundos son algunas de sus novelas, que él, sin embargo, consideraba, junto al resto de su producción, una “vasija de mierda”. Nada bueno veía en ellas. Observemos un fragmento de En el camino, a ver si concordamos con esta apreciación:


“El viento del lago Michigan, bop en el Loop, largos paseos por Halsted Sur y Clark Norte, y un largo paseo pasada la medianoche por la jungla urbana, donde un coche de la policía me siguió como si fuera un tipo sospechoso. En esta época, 1947, el bop estaba volviendo loca a toda América. Los tipos del Loop soplaban, fuerte pero con aire cansado, porque el bop estaba entre el período de la «Ornitología» de Charlie Parker y otro período que había empezado con Miles Davis. Y mientras estaba sentado allí oyendo ese sonido de la noche, que era lo que el bop había llegado a representar para todos nosotros, pensaba en todos mis amigos de uno a otro extremo del país y en cómo todos ellos estaban en el mismo círculo enorme haciendo algo tan frenético y corriendo por ahí. Y por primera vez en mi vida, la tarde siguiente, entré en el Oeste. Era un día cálido y hermoso para hacer autostop. Para evitar las desesperantes complicaciones del tráfico de Chicago tomé un autobús hasta Joliet, Illinois, crucé por delante de la prisión de Joliet, y me aparqué en las afueras de la ciudad después de caminar por las destartaladas calles, y señalé con el pulgar la dirección que quería seguir. Todo el camino desde Nueva York a Joliet lo había hecho en autobús, y había gastado más de la mitad de mi dinero.

El primer vehículo que me cogió era un camión cargado de dinamita con una bandera roja (…)”.

 

Es moneda corriente mencionar que Albert Camus, el de El extranjero, era un apasionado del balompié. En su ensayo “Lo que le debo al fútbol” dice:


“Sí, lo jugué varios años en la Universidad de Argel. Me parece que fue ayer. Pero cuando, en 1940, volví a calzarme los zapatos, me di cuenta de que no había sido ayer. Antes de terminar el primer tiempo, tenía la lengua como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ouzou. Fue, entonces, hace bastante tiempo, en 1928 para adelante, supongo. Hice mi debut con el club deportivo Montpensier. Sólo Dios sabe por qué, dado que yo vivía en Belcourt y el equipo de Belcourt-Mustapha era el Gallia.  Pero tenía un amigo, un tipo velludo, que nadaba en el puerto conmigo y jugaba waterpolo para Montpensier. Así es como a veces la vida de una persona queda determinada. Montpensier jugaba a menudo en los jardines de Manoeuvre, aparentemente por ninguna razón especial. El césped tenía en su haber más porrazos que la canilla de un centroforward visitante del estadio de Alenda, Orán. Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”.


Otro escritor relacionado con el deporte es el japonés Haruki Murakami. Corre. Si contáramos sus zancadas y los kilómetros de las maratones en que ha participado, y los pusiéramos en línea recta, bastarían para darle unas cuantas vueltas al planeta. Se conoce su libro De qué hablo cuando hablo de correr, un diario y ensayo sobre esta pasión que no ha sido siempre parte de su existencia, sino que le devino de un momento a otro cuando “le dio” por escribir. De ser un tipo bohemio y bebedor, se tornó abstemio, juicioso, de costumbres saludables como la de acostarse antes de las diez de la noche y… atleta. El paquete completo. Porque quiso practicar eso de “mente sana en cuerpo sano”, que nos enseñaron los abuelos griegos. En una entrevista concedida al periodista español Xavi Ayén, incluida en La vuelta al mundo en 80 autores. Conversaciones con los mejores escritores de nuestro tiempo (librosdelavanguardia, 2016), Murakami habla del tema:


“Escribo sobre correr, porque es una actividad muy parecida a la de escribir una novela, son dos actividades de larga distancia. Para escribir hay que entrenarse, prepararse, no sirve cualquiera, eso del escritor borracho es un mito, hay que tener una fortaleza física y psicológica”.


Líneas adelante, el periodista le pregunta:


“¿Qué más le aporta correr?”.


El autor de Tokio Blues contesta:


“Optimismo. Seguridad. Cuando uno acaba una maratón, tiene la certeza de que, al ponerse a escribir, va a llegar al final de la línea y, después, de la página. Palabra a palabra, metro a metro. Corriendo, he aprendido cuánto puedo exigirme a mí mismo, mucho más de lo que pensaba al principio. He aprendido cuándo puedo permitirme una pausa y cuándo esa pausa está empezando a ser demasiado larga”.


Un espíritu deportivo, sin duda.


No podemos cerrar esta columna sin mencionar a Francesco Petrarca. Figura indiscutible de la Edad Media e inspirador del Renacimiento. Influyó sobre Shakespeare y escritores posteriores. Es el padre del alpinismo. En 1336 se le ocurrió ascender al Monte Ventoso, en los Alpes franceses, solo por placer, mover los músculos y ver el paisaje desde arriba. Antes de él, a nadie se le antojaba subir a las altas cumbres sin un propósito utilitarista —exploraciones científicas o militares, búsqueda de rutas para el transporte, el comercio o la peregrinación—. Lo dejó consignado en su ensayo Subida al Monte Ventoso, una carta enviada al religioso Dionisio Da Burgo:


“Impulsado únicamente por el deseo de contemplar un lugar célebre por su altitud, hoy he escalado el monte más alto de esta región, que no sin motivo llaman Ventoso. Hace muchos años estaba en mi ánimo emprender esta ascensión, de hecho por ese destino que gobierna la vida de los hombres, he vivido —como ya sabes— en este lugar desde mi infancia y ese monte, visible desde cualquier sitio, ha estado siempre ante mis ojos”.

 


viernes, 16 de agosto de 2024

Canetti y sus muertos

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN en la semana del 12 al 18 de agosto de 2024)

 

 

Un auto de fe era un acto dispuesto por la Inquisición para que los condenados por el tribunal se retractaran de ideas heréticas y se arrepintieran de pecados por los que les castigaría. Auto de fe es la única novela de Elías Canetti. En ella, el sinólogo Peter Kien vive por los libros. Posee una biblioteca de 25 mil volúmenes. Teme los contactos sociales y físicos. En una pesadilla premonitoria, ve arder la casa con su tesoro.


Salvo unas obras teatrales (La boda, La comedia de las vanidades…), un reportaje de viaje (Las voces de Marrakech), las suyas son ensayos. Su vida, una auténtica novela, la cuenta en Autobiografía. De padres judíos sefardíes, sufrió persecución nazi. Fue desplazado de las lenguas: en su niñez, su idioma era el ladino; después, alemán, inglés y búlgaro. Participó en la movida intelectual. Observó atormentado las guerras mundiales. Apretó contra su pecho la causa de salvar a la humanidad, la humanidad indefensa, víctima de quienes ostentan el poder y, por mantenerlo, someten y matan a otros. ¿Cuándo se dejará de asesinar? Es, para él, la pregunta esencial. En El libro contra la muerte, nueve cuadernos que dejó en Apuntes, dice:


“Ya no sabría enumerar a todos mis muertos. Si lo intentara, olvidaría a la mitad. ¡Son tantos y están en tantos sitios! Tengo muertos dispersos por toda la Tierra. Y así la Tierra entera es mi patria. Casi no queda un país que aún tenga que hacer mío; los muertos ya lo han hecho por mí.”


El 14 de agosto se cumplen 30 años de su muerte, en Suiza. Nació el 25 de julio de 1905, en Bulgaria.


viernes, 9 de agosto de 2024

Felipe Ossa, librero

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 5 al 11 de agosto de 2024)

 

 

Felipe Ossa.
Foto del blog Buga por Siempre

Más que vender libros, un librero contagia pasión por ellos. He conocido a varios; no muchos. Hablaré de uno de carne y hueso, linfa y sangre, y otro de ficción.


Felipe Ossa, de la librería Nacional, murió el 21 de julio pasado. Bogotano, criado en Buga, aprendió a leer en los cómics. En 60 años de oficio, destinó horas diarias a leer de arte, filosofía, literatura… Porque no se puede ser librero sin ser lector.


Me le acerqué a través de Bernardo Hoyos, periodista cultural, una mañana de abril de 2011. Grabarían un espacio radial sobre novedades editoriales, en una sede bogotana de la librería. Sentados en una salita, ante una mesa llena de libros, tras oír la voz del productor, “Grabando”, soltaron su erudición. Cogían un volumen, luego otro. Más que reseñas, emitían comentarios dicientes.


“Ah, Massimo Manfredi —dijo Felipe—. Este arqueólogo y novelista prácticamente vive en la antigüedad. En Aléxandros cuenta que nadie se resistía al influjo del héroe de Macedonia, quien fue antes alumno de Aristóteles. Reinó desde los veinte años y jamás lo vencieron en guerra (…). Una mujer, Roxana, lo alentó a conquistar la India (…)”. Más autores y obras disímiles (Fernando Pessoa, Drama en gente; Giacomo Casanova, Mis aventuras con monjas, “en las que seguramente tiene que haber ficción, Bernardo, no crea”), y para todos hubo opiniones frescas.


El otro es el señor Koreander, figura de Michel Ende. Movió el interés de Bastian por La historia interminable, que él estaba leyendo. Bastian se haría protagonista de esta novela. Esto hace un librero. 

sábado, 3 de agosto de 2024

Conrad capitanea la nave aventurera

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano. Entrega el 1 de agosto de 2024)

 

 

En agosto, mes del viento, se cumplen cien años de la muerte de un autor que fue su socio: Joseph Conrad. De marinero raso fue ascendiendo hasta llegar a capitán. Sus historias son insuperables.

 



No sé otras personas, pero, tal vez por ser de tierra, encuentro doblemente atractivos los relatos de aventuras en el mar. Se antojan doblemente peligrosos, pues, en ese hábitat, cualquiera de los de mi especie es un extraño indefenso y asustado. Debajo de la humanidad de quien osa desafiar el reino de Poseidón no hay más que un leve maderamen o una cáscara metálica o sintética, el casco del barco, suspendido sobre la líquida inmensidad donde los pies jamás hallarían apoyo. Así, al peligro eventual es preciso añadirle este otro, siempre presente, de la escasa estabilidad. Dos amenazas contra una naturaleza tan frágil.


Uno de quienes se han ocupado en narrarlas es Joseph Conrad, dueño una maestría superior a las de la mayor parte de los escritores. Cautiva gracias a su autenticidad. Transmite sensaciones de verdad, por reunir condiciones singulares: la de haber sido él mismo un marinero, destino en el que llegó a ser capitán de barco, de modo que hablaba de su materia, y la de haber vivido casi igual tiempo en el agua que en la tierra. Podría decirse que se le movía más el suelo del continente y, por tanto, sentía mareos a los minutos de estar caminando en tierra firme. No es común hallar tales rasgos en un narrador.


Joseph Conrad nació en Berdyczów, una ciudad que, en el momento en el que vio la luz primera, el 3 de diciembre de 1857, hacía parte del Imperio ruso. Hoy hace parte de Ucrania. Murió en Bishopsbourne, Inglaterra, el 3 de agosto de 1924. Hace cien años. Y hablamos de él porque es autor clásico de la literatura contemporánea. Su papá, Apollo Korzeniowski, fue poeta, dramaturgo y traductor (Comedia, Por un buen centavo). De manera clandestina, era activista del movimiento nacionalista polaco. Lo descubrieron las autoridades en estas acciones prohibidas, lo desterraron a Siberia durante siete u ocho años, sitio helado cercano al polo Norte, donde la mamá de Joseph, Ewa Korzeniewska, contrajo una tuberculosis severa, que le causó la muerte en aquel exilio. Cuatro años después, el muchacho quedó huérfano de padre, con quien había ido a vivir a Cracovia, Polonia, después del exilio. Fue recibido en casa de un tío en la Galitzia austriaca. Allí terminó la secundaria y decidió irse a ver otras partes del mundo. Estuvo en Italia y Francia. Fue entonces cuando se hizo marinero.


El párrafo anterior, en el que se cuenta de forma apretada la trashumancia de Conrad sin tan siquiera cumplir los veinte —situación que siguió por toda la vida— revela otra característica del autor: no sintió fuerte arraigo por algún suelo en especial, al menos de manera notoria. Más patria pueden ser las cáscaras de nuez, como llamaba a las embarcaciones. A los veintiún años, para evitar el reclutamiento militar ruso —quien habría de culparlo si, como vimos, una disposición de ese imperio acabó con su familia— viajó a Inglaterra y se nacionalizó, perfeccionó la lengua inglesa leyendo a Shakespeare y escribió en ella toda su obra.


Al hablar de Conrad, se piensa sin demora en un puñado de títulos de sus relatos más conocidos: El corazón de las tinieblas, Nostromo, La flecha de oro, Victoria, El espejo del mar, Lord Jim, El negro del Narcizo, La línea de sombra, Tifón… Aunque el número de sus obras supera la treintena, incluidas tres novelas en colaboración con Ford Madox Ford (el de El buen soldado).


Y no es la aventura por la aventura —aunque, ¿quién se atreve a decir que la aventura por sí misma no constituye una inmensa gracia y un motivo suficiente para invitar a la lectura?—. Con ella, Conrad tensiona las cuerdas del alma humana y pone en primer plano los sentimientos y las conductas. El miedo, la soledad, el amor, el arrojo, la cobardía, el altruismo, la deslealtad. Entre sus temas trata, casi con obsesión, la vulnerabilidad del ser humano y la inestabilidad de la existencia. Dos aprendizajes fundamentales obtenidos de ese gran profesor: el océano. Relatos en los que no faltan la zozobra ni la reflexión. Otro asunto recurrente es el de la transición entre la juventud y la adultez de las personas, es decir, el paso de esa época en la que se es felizmente irresponsable a aquella otra en la que las decisiones se toman con reposo.

 


La edad

En 1917 publicó La línea de sombra. Una aventura, en la cual marineros viajan al Oriente y a lo más hondo del corazón humano. Al miedo. A la psicosis. El título, por cierto, hace alusión a ese paso de la juventud a la adultez, que, además de ser un asunto cronológico, lo es —y tal vez en mayor medida— psicológico, pues se refiere a la manera cómo se asumen el mundo y las relaciones con el resto de las personas. Las peripecias surgen y crecen como lo hace un trasatlántico en el horizonte ante nuestros ojos: al principio, asoma insignificante como un dedal; en minutos se convierte en una ciudad flotante que llena el paisaje. Fascinante, porque, por una parte, revela la alegre ansiedad de un marinero al ser ascendido a capitán de navío: el Oriente. ¡Justo en un momento cuando, en un arrebato de juventud, quería abandonar el mundo marino! Así es la vida. Con emoción controlada, el narrador recibe la noticia de la promoción y asume el nuevo rumbo de su existencia. Con el paso de los días y las páginas va comprendiendo que se trata de un honor dudoso, como cualquier cargo de gobierno, porque tras la embriaguez del poder llega la resaca de las responsabilidades, las decisiones que ponen en riesgo la suerte y hasta la integridad de otros. Un evento paranormal se encarga de crear la zozobra en mares orientales. Se trata de una fuerza extraña de la Naturaleza o, como creen los tripulantes, la del fantasma del antiguo capitán, un hombre loco que murió en su camarote, donde pasaba encerrado tocando el violín. Y como si esto no fuera suficiente para retar a un capitán novato, se produce el brote de una enfermedad tropical que diezma el personal de a bordo. Después de no se sabe cuántas jornadas, apoyado solo por un auxiliar, enfermo, pero de espíritu estoico, narra su desolación:


“Inmediatamente, sentí desazón, como si me hubiesen retirado un apoyo. Avancé a mi vez y, saliendo del círculo de luz, entré en aquellas tinieblas, que se erguían ante mí como un muro. Con un solo paso, penetré en ellas. Tales debieron ser las tinieblas anteriores a la creación. Habiéndose cerrado tras de mí, me sabía invisible para el timonel. Tampoco yo veía nada. Él estaba solo, yo solo, cada uno solo en su puesto. Igualmente, habíase borrado toda forma: arboladura, velas, aparejo, batayola, todo se había desvanecido en la horrible densidad de aquella noche absoluta.


La luz de un relámpago habría sido un alivio, un alivio físico. Lo hubiera llamado con todas mis fuerzas a no ser por la aprensión terrible del trueno. Era tan fuerte esta opresión del silencio, que se me antojaba que el primer trueno bastaría para reducirme a polvo”.

 


Albedrío

Conrad parece creer en que hay asuntos de la existencia en los que uno… sí, interviene, cómo no, incluso aplica en ellos su voluntad y denuedo con plena conciencia… pero no del todo. Como si factores externos —la fuerza de la Naturaleza, la inercia, el devenir, ¿el destino? Qué se yo—, tuvieran más incidencia en los acontecimientos que cuanto uno pueda hacer al respecto. Estamos a merced de lo inevitable.


En el cuento La bestia, un marinero cuenta en el fondo del bar los Tres Cuervos, a quienes quieran oír, una historia atroz. Un barco que cobró vida y, bueno, ¿cómo decirlo?, se tornó asesino.


“»¡El alboroto que armaron mientras se construía! Aquello tenía que ser reforzado y eso otro debía tener más grosor; y ¿no debían cambiar aquello por algo más resistente? Los constructores se contagiaron de aquella fiebre, y el barco fue creciendo y creciendo hasta convertirse en el más pesado y menos marinero de los de su tonelaje sin que, por alguna razón, nadie se diese cuenta de lo que estaba pasando. Debía tener dos mil toneladas de registro o un poco más, pero en ningún caso menos. Sin embargo, cuando lo cubicaron solamente dio mil novecientas noventa y nueve toneladas y pico. Según dicen, cuando se lo comunicaron al viejo Apse, se llevó tal disgusto que cayó enfermo y murió. El anciano tenía noventa y seis años, de modo que su muerte no sorprendió a nadie; Lucian Aspe, sin embargo, estaba convencido de que su padre podía haber vivido hasta los cien años. De modo que pondremos al viejo al principio de la lista. Luego le tocó el turno a un pobre carpintero, al que aquella bestia aplastó al botarla. Dijeron que aquello era una botadura, pero según he oído contar fueron tales las carreras, los aullidos y los lamentos que produjeron al deslizarse el barco por la basada que más parecía como si hubieran soltado un diablo en el río. Primero rompió todas las amarras como si fueran de bramante, y luego arremetió con endemoniada furia contra los remolcadores que lo esperaban. Antes de que nadie pudiese darse cuenta de lo que se proponía, ya había hundido a uno y enviado a otro al dique con tres meses de reparaciones. Uno de los cables de remolque rompió, y entonces, nadie sabe por qué, se dejó conducir con un solo cable como si fuese un inocente corderito.


»Así es como era. Uno nunca sabía cuál iba a ser su próxima trastada. Hay barcos difíciles de gobernar, pero por regla general puede confiarse en que se comporten racionalmente. Aquella corbeta, sin embargo, era distinta: se hiciese lo que se hiciese, resultaba imposible saber cómo iba a terminar la maniobra. Era una bestia malvada. O puede ser que estuviera loca”.

 

En su experiencia de marinero, que duró por unos veinte años, de 1875 a 1894, Conrad vivió tantas aventuras, escuchó tantas otras sentado en cubierta o en el fondo de alguna cantina de puerto donde permanecía por días, mientras esperaba la carga, que pudo escribir historias de naufragios, de hombres vagando en islas, piratas y espías. Unos con fondo irracional o con toques sobrenaturales, pero siempre tratados con un tono grave, concentrado en transmitir, como se debe, las emociones. Una lupa dirigida al fondo del alma humana.


En Tifón, por ejemplo, nadie se explica cómo pudieron nombrar capitán del vapor Nan-Shan a un sujeto tan desdeñoso e indiferente, tan vacío de voluntad como a MacWhirr. Conrad lo dibuja como un sujeto “que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter: no presentaba ninguna marcada característica de firmeza ni de estupidez”. Carente de pasiones y emociones. En la expedición de la que se ocupa el relato, lleva una carga para él sin importancia: doscientos culis chinos —los culíes eran peones orientales, especialmente ocupados como cargadores en América insular y continental, después de abolida la esclavitud, a quienes, después de unos ocho años de trabajo, compensaban con una miserable paga y el transporte de regreso a casa—, cada uno con su baúl de ropa y monedas.


Ni la amenaza de un tifón, que se mostraba en el aire y en los instrumentos, y después se materializó en los zarandeos del barco, logró conmoverlo ni cambiar de rumbo. El viento huracanado arrastraba a los tripulantes y a los chinos de un lado a otro, así como a los objetos, y la tempestad prometía inundar el navío. Pero ni siquiera así dio órdenes de tomar precauciones.


“El Nan-Shan era pasto de la tormenta con una furia destructiva y sin sentido; en un pillaje furibundo que no dejaba nada entero. Dos de los botes ya habían desaparecido. Nadie los había visto u oído caer, como si se hubieran fundido en el impacto y el reflujo de la ola. Jukes no se dio cuenta de lo que había pasado a tres metros de su espalda hasta más tarde, cuando gracias al destello blanco de otra ola inmensa cerniéndose sobre el centro del navío, tuvo la visión de dos pares de serviolas saltando, negras y vacías, de la sólida oscuridad.


Movió la cabeza hacia delante, buscando el oído de su capitán. Sus labios tocaron la oreja, grande, carnosa, muy mojada. Gritó con tono de inquietud:


—¡Estamos perdiendo los botes, señor!


Y de nuevo escuchó aquella voz, forzada y débil, pero con un penetrante efecto calmante en la enorme discordancia de ruidos, como proveniente de algún remoto remanso de paz, más allá de la negra inmensidad del temporal; de nuevo escuchó la voz de un hombre, el frágil e indomable sonido que puede servir de vehículo a una infinidad de ideas, decisiones y propósitos, que pronunciara palabras confiadas el último día, cuando se hundan los cielos y se haga justicia; de nuevo la escuchó, y le estaba gritando, como si estuviera lejos, muy lejos:


—Está bien.


Creyó que no había conseguido hacerse entender.


—¡Los botes! ¡He dicho los botes, los botes, señor! ¡Hemos perdido dos!


La misma vos, a un palmo de distancia, pero remota, gritó sensatamente:


—¡Qué le vamos a hacer!”

 


Marinero en tierra

Es difícil hallar narrativa más entramada, con atmósferas de mar, de río —porque también por río navegan algunos barcos suyos— así como de tierra, con personajes de campos y ciudades.


Entre las aventuras de río, una que está entre las más celebradas de este escritor es El corazón de las tinieblas. Transcurre, la mayor parte, en el continente africano. El barco se mete por río a las entrañas de la selva. Denuncia las atrocidades del colonialismo. El Congo es sometido Bélgica. El recurrente narrador de las historias de nuestro autor, Charlie Marlow, aparece para contar cómo, en nombre de la civilización, las atrocidades están a la orden del día. La masacre de nativos y la destrucción de la Naturaleza —y, en esta, la matanza de elefantes para la extracción del marfil— se tornan normales a los ojos del invasor. La selva profunda y oscura, a ratos silenciosa, a ratos colmada de aullidos y respiraciones que vienen quién sabe de dónde, constituye un escenario mágico, sobrecogedor. Hay un asunto notable, en términos literarios, desde las primeras páginas aparece un personaje, un tal Kurtz, uno de los invasores, acaparador de marfil. Pero no es que surja directamente y actúe ante el lector. No. Los demás aluden a él. Unos como el más abyecto de los seres que por el mundo van; otros, como un sujeto grande, inteligente y dueño de una habilidad de transformar a quien se relaciona con él. De la misma forma en que han tratado siempre a los traficantes del mundo, con desprecio o con admiración. Y de igual forma que el viaje narrativo lleva al corazón oscuro de la selva, así también conduce y se acerca al corazón nefasto del humano ambicioso y miserable.


Entre las historias “secas”, es decir, sucedidas fuera del agua, están El agente secreto y El duelo. En aquella alude al trabajo de Mr. Verloc como espía. En años anteriores a la Primera Guerra Mundial, Verloc hace parte de una célula anarquista. Para congraciarse con sus jefes debe llevar a cabo un acto terrorista que demuestre su compromiso: destruir con una bomba el observatorio de Greenwich.


El duelo es una novela corta movida por la ironía. Podría calificarse de kafkiana, en el sentido de absurdo e inexplicable. Porque, como se sabe, lo kafkiano no es solo lo que escribió Kafka; la Real Academia define con este término aquellas experiencias innecesariamente complicadas o frustrantes. Dos oficiales del ejército de Napoleón, Feraud y D’Hubert, “se vieron obligados” a batirse en duelo por un asunto de honor. ¡Hubo una ofensa imperdonable! El primero, altivo y beligerante; el segundo, frío aunque flexible. Durante horas, ante sus padrinos y el público francés, dieron una lección de cómo blandir el sable. Se produjeron mutuamente algunas heridas, la ropa quedó hecha jirones… pero no hubo ganador. Así, volvieron a enfrentarse varios meses más tarde, a caballo. Igual resultado. Tiempo después lo repitieron, ya con pistolas. Así durante quince años sin poder resolver el asunto. El motivo ya, más que misterioso, parecía olvidado, pero el honor había que salvarlo. Al comienzo eran tenientes del ejército. Al terminar, generales. Es, sin duda, una ironía. Un cuestionamiento sobre lo que es importante o no en la vida. Los valores. La soledad del ser humano ante el fracaso.


Se pueden escribir páginas sin fin sobre este socio del viento, sin conseguir abarcarlo. Y a propósito de este apelativo, como marinero vivió la transición entre las embarcaciones de vela y las de vapor. Él se decantaba por las primeras.