sábado, 10 de febrero de 2024

El Caminante del Viento

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 5 al 10 de febrero de 2024)

 

En 2024, Marco Polo pone a hablar de viajes y viajeros, por los 700 años de su muerte. El capitán Franco Ospina de Armas motiva a seguir el tema: emprendió el mismo viaje individual y sin retorno el pasado 29 de enero.


El samario instó a la humanidad a comprometerse con el cuidado de la Tierra. Hemos escrito crónicas sobre sus aventuras y hallazgos.


En 2009 zarpó de Santa Marta con su tripulación en el velero Tortuga I en la expedición Caminante del Viento II en torno al mundo. Evaluaron el pH de las aguas y los problemas de los desechos plásticos y el calentamiento global. Planeado para 400 días, el periplo demoró mil. Un huracán los lanzó a un lugar entre Bora Bora y Rarotonga. Con la muerte en la proa, se ataron a la nave por seis días, pues lo que más teme un navegante es caer al mar en un huracán, porque es casi imposible volver al barco. A golpes de viento, olas y lluvia, supieron que debían cambiar su pretendida ruta por el Mediterráneo. Pasaron varios días a la deriva. Llegaron de cualquier manera a Auckland. A las dificultades habrían de sumar el dolor por la muerte del Capitán Francisco Ospina Navia. Franco suspendió el proyecto para venir a Colombia a despedir a su padre. Luego regresó a Oceanía a reemprender el viaje.


Sabía lo que era sufrir la furia del Océano. En 1992 hizo la ruta de Colón entre España y América. Un huracán llevó su velero a besar costas africanas antes de dejarle retomar el rumbo. Muchos leímos sobre sus correrías por ríos de Argentina y Colombia, en 1993.


¡Buen viento y buena mar, capitán Franco Ospina! 

viernes, 9 de febrero de 2024

Letras que cuentan el dolor

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano, el 8 de febrero de 2024)


https://www.elcolombiano.com/generacion/etcetera/letras-que-cuentan-el-dolor-FG23700948


La enfermedad hace presencia en la vida de los seres sin esperar invitación y, menos, bienvenida. Es tema de relatos intensos y memorables.

 


Como si las historias semejantes se atrajeran para no llegar solas a nuestros oídos, en los últimos meses he tenido noticia de personas cercanas que han sufrido enfermedades complejas. Unas han luchado contra ellas y las han vencido; otras han luchado contra ellas.


Me vienen a la mente personajes de novelas y cuentos que enferman y, con ellos, sufren otros seres que los rodean. Tal cual sucede con los seres vestidos que van por el mundo. Y, también como estos, unos luchan contra sus males; otros, no. Unos resisten como rocas, otros se quiebran como cristales. Total, el arte y, dentro de este, la literatura, es expresión de la vida.


Enfermedades físicas —el cáncer, la tuberculosis, las parálisis…—, caracterizan a seres reales o imaginarios de la literatura universal. Trastornos mentales o neurológicos —la esquizofrenia, la paranoia, la depresión— también enriquecen las historias.


A la vuelta de la esquina, en nuestro imaginario, tenemos a María, el personaje de la novela homónima de Jorge Isaacs. Lo suyo, epilepsia. Un trastorno de convulsiones, en su caso, hereditario. Y entonces sufrimos con esa tragedia, porque no solo se trata de que la muerte esté constantemente, como un ladrón, acechando tras las paredes a la amada de Efraín, el personaje central, sino que tal acecho representa la imposibilidad del amor. Como si fuéramos sus parientes o amigos, los lectores nos abatimos al notar que ese afecto no puede ser tranquilo, desprevenido, como el de los más de los enamorados, sino melancólico y en constante zozobra. Efraín, quien va a estudiar a París, no tiene vida en Europa esperando un mensaje fatal.


“Vente —me decía—, ven pronto, o me moriré sin decirte adiós. Al fin me consienten que te confiese la verdad: hace un año que me mata hora por hora esta enfermedad de que la dicha me curó por unos días. Si no hubieran interrumpido esa felicidad, yo habría vivido para ti.


”Si vienes… sí, vendrás, porque yo tendré fuerzas para resistir hasta que te vea; si vienes hallarás solamente una sombra de tu María; pero esa sombra necesita abrazarte antes de desaparecer. Si no te espero, si una fuerza más poderosa que mi voluntad me arrastra sin que tú me animes, sin que cierres mis ojos, a Emma le dejaré para que te lo guarde, todo lo que yo sé te será amable: las trenzas de mis cabellos, el guardapelo en donde están los tuyos y los de mi madre, la sortija que pusiste en mi mano en vísperas de irte, y todas tus cartas”.


Otra mujer enferma, aunque menos conocida, y también de las letras colombianas, aparece en una novela editada en el mismo año en que se publicó María: 1867. Dolores es la figura central de una obra homónima escrita por Soledad Acosta de Samper. Su enfermedad es la lepra. Sobre ella cae el estigma social de que son víctimas quienes la padecen, el cual lleva a la exclusión y la soledad. Dolores pasa gran parte de su vida con la certeza de ser huérfana de padre y madre, aunque su papá vive y en un tiempo se conforma con verla de lejos. Un primo, junto a quien la criaron, es quien le ayuda a sobrellevar las dificultades.


Y entre las obras extranjeras más conocidas están La montaña mágica, de Thomas Mann, y La dama de las camelias, de Alejandro Dumas (hijo). Mencionemos también La campana de cristal, de Sylvia Plath, y Sueño de fiebre, un cuento de Ray Bradbury, aunque la lista es inmensa. Las tres primeras van de la realidad a la ficción; la cuarta es una creación de terror.


Mann se basó en la enfermedad de su esposa, Katia, su reclusión en un sanatorio y, en especial, los detallados relatos que ella le escribía en cartas que le enviaba desde el recinto. Textos en los que describía a los médicos y las enfermeras, a los demás internos, a los visitantes…, las relaciones entre unos y otros, la atmósfera del lugar; todo. En una de sus visitas, entre mayo y junio de 1912  —todavía me refiero a Mann y su experiencia personal; no a la novela— un médico lo convidó a que pasara una temporada allí, con su esposa, pero él declinó la invitación. El autor alemán creó una historia en la que el personaje hospitalizado no es una mujer, sino un hombre, Joachim Ziemssen, enfermo de tuberculosis. Quien va a visitarlo no es su pareja, sino su primo, Hans Castorp. En una trama extraña de toses persistentes y respiraciones silbantes, este se queda allí por un tiempo, tras el cual el interno es dado de alta, en tanto que el visitante decide permanecer en el claustro.


La obra de Dumas es autobiográfica, al menos en parte. Para decirlo rápidamente, porque lo que ocupa nuestra atención es la enfermedad más que el amor o cualquier otra cosa, la protagonista, Margarita Gautier, es una cortesana parisiense de quien se enamora Armando Duval. El romance se enturbia con el surgimiento y crecimiento paulatino de la tuberculosis de Margarita. La aflicción de Armando por las circunstancias, la preocupación que ha expresado por años durante los cuales ha permanecido atento, fortalece el sentimiento entre ambos. Duval recuerda el momento cuando al fin ella lo acepta y prefiere:


“Quizá le parezca raro que me haya mostrado tan dispuesta a aceptarlo así, en seguida. ¿Sabe a qué se debe? Se debe —continuó, tomándome una mano y colocándola contra su corazón, cuyas palpitaciones violentas y repetidas yo sentía—, se debe a que, ante la perspectiva de vivir menos que los demás, me he propuesto vivir más deprisa”.


En La campana de cristal,  Esther Greenwood, una escritora joven, talentosa y con cierto reconocimiento, sufre una crisis emocional. Intenta poner punto final a la trama de su existencia. Se somete a tratamiento psiquiátrico en el que incluyen electrochoques.


Y en Sueño de fiebre, Ray Bradbury habla de Charles, un muchacho de doce o trece años. Acaba de pasar varios días con fiebre. De pronto, pierde el control de su cuerpo. El médico, incrédulo de los síntomas y sentimientos que le expresa el paciente, como suelen ser los adultos con los menores, le receta fármacos. Charles sigue perdiendo el control de su organismo, actúa y habla como no es habitual en él y hasta olvida su nombre…


La literatura que se detiene en la enfermedad y en los pacientes permite que estos se identifiquen con héroes y heroínas que atraviesan situaciones semejantes a las suyas. Hallan en el dolor de estos seres su propio dolor; en su angustia, su propia angustia. Por este camino, se consuelan al darse cuenta de que alguien los comprende. A quienes están al lado les ayuda a acercarse a esa realidad especial, no tanto para compadecerlos como para relacionarse con ellos de manera sensata, paciente y comprensiva. Y a esos otros que ni padecen quebrantos de salud ni tienen a alguien cercano en sufrimiento, a imaginar situaciones posibles que alguna vez deberán soportar.


sábado, 3 de febrero de 2024

Tareas del año

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 29 de enero al 3 de febrero de 2024)

 

Los aniversarios de muerte y nacimiento de autores, y demás fechas especiales de la literatura, nos ponen agradables tareas a los lectores. ¡2024 está colmado de tareas!


Se conmemoran 700 años de la muerte de Marco Polo, el viajero veneciano, y se celebran 150 del nacimiento de William Somerset Maugham, el de Servidumbre humana. Se cumplen 350 años de la muerte de un clásico: John Milton. El paraíso perdido, su poema sin rimas, está basado en la caída de Adán y Eva y sus consecuencias: el mal y el sufrimiento. Se ajustan 150 años del natalicio del inigualable G. K. Chesterton. Bien vale la pena leer sus relatos policiales, unos casos resueltos por el padre Brown, otros por Horne Fisher; ambos hallan las respuestas más allá de las apariencias.


Se cumplen cien años de las muertes de Franz Kafka, Joseph Conrad y Anatole France. El primero, el de La metamorfosis y El proceso, expone la pequeñez del individuo frente al sistema, en relaciones que se antojan absurdas. El segundo, capitán de barco, es invencible en los relatos de mar, aventura, espionaje… y France, que gozó por mucho tiempo del favor del público, cayó en el olvido.


Se completan cien años del nacimiento del gran Truman Capote, el que torna sencillo lo complejo. No hace diferencias entre realidad y ficción ni desdeña una en favor de la otra, porque ambas son fuentes de escritura. ¡Volemos a releer El arpa de hierba!


Estas tareas se suman, por ahora, a las que nos pondrán García Márquez por los diez años de su muerte y José Eustasio Rivera por los cien años de La vorágine. 

viernes, 2 de febrero de 2024

Cortázar, modelo para armar

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano el 2 de febrero de 2024)


https://www.elcolombiano.com/generacion/etcetera/cortazar-modelo-para-armar-NC23655228

 

Uno de los autores más leídos de América nos muestra que lo real y lo fantástico se confunden más de lo que se piensa.

 

Bruja es el primer cuento que publicó Julio Cortázar. Apareció en la revista Correo Literario de la capital argentina varios años antes de la mitad del siglo veinte. Con el tiempo, habría de incluirlo en el libro titulado La otra orilla.


Trata, cómo no, de una bruja. Paula notó, desde la infancia, que era diferente a las demás personas. Tal diferencia radicaba en que podía tener cuanto deseara. Detectó esta singularidad un lejano mediodía, cuando se sentó al comedor antes de que su madre frunciera el ceño y su padre pronunciara las cinco letras de su nombre. No quería tomar la sopa. Deseó con fuerza que una mosca cayera en el plato. De pronto, uno de estos insectos naufragó en su almuerzo para librarla de consumir aquel potaje. A partir de ahí, comenzó a desear diferentes cosas. Bombones, anillos, sombreros. La diferencia la aterraba. “Toda su vida ha tenido miedo. Nadie cree en las brujas, pero si descubren una la matan”. Se apartó de los demás de la casa y, al crecer, se mudó a otra hecha a su gusto por arquitectos creados por ella.


Estas son las primeras líneas de Bruja:


“Deja caer las agujas sobre el regazo. La mecedora se mueve imperceptiblemente. Paula tiene una de esas extrañas impresiones que la acometen de tiempo en tiempo; la necesidad imperiosa de aprehender todo lo que sus sentidos puedan alcanzar en el instante. Trata de ordenar sus inmediatas intuiciones, identificarlas y hacerlas conocimiento: movimiento de la mecedora, dolor en el pie izquierdo, picazón en la raíz del cabello, gusto a canela, canto del canario flauta, luz violeta en la ventana, sombras moradas a ambos lados de la pieza, olor a viejo, a lana, a paquetes de cartas. Apenas ha concluido el análisis cuando la invade una violenta infelicidad, una opresión física como un bolo histérico que le sube a las fauces y la impulsa a correr, a marcharse, a cambiar de vida; cosas a la que una profunda inspiración, cerrar dos segundo los ojos y llamarse a sí misma estúpida bastan para anular fácilmente.”


Una flor amarilla es el primer cuento que leí de Cortázar. Apareció en el Dominical de El Colombiano al final del mismo siglo, aunque, para más datos, lo publicó por primera vez la Revista de Occidente, de José Ortega y Gasset, pocos años después de la mitad de esa centuria. Después, el autor habría de incluirlo en el volumen Final del juego. Digo de paso que se convirtió en mi favorito entre los de este genio de la narrativa breve.


No trata exactamente de una flor amarilla. Un hombre descubrió que era diferente a los demás. Mientras los seres que iban por el mundo eran inmortales, él tenía la certeza de ser mortal. La línea de sujetos que, sin saberlo, uno tras otro, constituían la perpetuidad de los individuos, en él se acababa de romper con la muerte de un chico —su equivalente o, más bien, su sucesor— que había conocido hacía días. Y se angustió al saberlo.


Estas son las primeras líneas de Una flor amarilla:


“Parece una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne, tan borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque el patrón y los viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el vino se les salía por los ojos. A mí debió verme algún interés pintado en la cara, porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de la mesa en un rincón donde se podía beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado de la municipalidad y que su mujer se había vuelto con sus padres por una temporada, un modo como otro cualquiera de admitir que lo había abandonado. Era un tipo nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos tuberculosos. Realmente bebía para olvidar, y lo proclamaba a partir del quinto vaso de tinto. No le sentí ese olor que es la firma de París, pero que al parecer solo olemos los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas, y nada de caspa.



La realidad no es asunto ordinario y sencillo, sino misterioso e incomprensible. El agua en que, como peces, nos movemos, debería resultarnos, al cabo del tiempo, un asunto común y dominado. Pero jamás deja de resultar tan enigmática —y tan increíble— como la fantasía. Los individuos pasamos la vida entera tratando de encontrarnos, de entender quiénes somos, cuál es nuestra identidad. Esos son los temas de este escritor argentino, no solo uno de los más leídos sino también de los más amados por los congéneres, tal vez porque gozamos cuando ponen ante nuestros ojos el espejo que refleja los absurdos y las paradojas.



Y, dentro de la realidad, la vida cotidiana tampoco es cosa simple. A veces pensamos que lo cotidiano se torna obvio. Olvidamos que nada en este mundo fascinante en que deambulamos como fantasmas perdidos puede calificarse de tal. Por eso, Cortázar la cuestiona cuando nos da instrucciones para llorar, para subir una escalera, para dar cuerda al reloj, para matar hormigas en Roma, en Historia de cronopios y de famas. Creer que algo es obvio, sabido y recontrasabido, nos conduce a dejar de decir lo que es útil. La sensación de obviedad o, mejor, el abuso de esta noción, es el resultado de estar acostumbrados al mundo y a la vida —o tal vez hastiados del uno y de la otra—. Cortázar invita a mantener la observación, la actitud de permanente descubrimiento y de asombro, para seguir nombrando e intentando explicar el universo.



Este 2024 nos pone a pensar dos veces en Cortázar. Una, en la fecha cuando hace tiempos nació; la otra, en la fecha cuando hace tiempos murió. Y en ambos casos, son cifras más bien redondas, múltiplos de cinco y diez, como las que persiguen los periodistas. El 12 de enero se cumplen cuarenta años de su muerte, en París, a causa de una leucemia (o de un sida que, según afirman personas allegadas, le contagiaron mediante una transfusión de sangre contaminada durante su tratamiento médico). Y el 20 de agosto se celebran ciento diez años de su nacimiento en Bruselas.


Julio Cortázar fue toda la vida un niño que creció de más en su aspecto físico, pero en su capacidad fantasiosa no terminó de crecer. En literatura fue juguetón. Por eso su Rayuela, la obra más conocida, se refiere a ese juego que los niños dibujan con tiza en el suelo —en Colombia lo llamamos golosa— para saltar sobre números para tratar de llegar al “cielo”. Esta novela se puede leer en orden convencional o en otro que propone el autor, saltando por los capítulos en una disposición diferente. Su personaje central, Horacio Oliveira, es una suerte de desplazado en el significado más vital. Viaja de Argentina a Francia para buscar el sentido de su vida y huir de la "gran costumbre".


Jorge Luis Borges y Macedonio Fernández, así como una tradición europea de literatura fantástica y de surrealismo, son las fuentes esenciales donde bebió este autor que no percibe límite entre lo real y lo maravilloso, sino una zona nebulosa, indefinida. 

lunes, 29 de enero de 2024

García Márquez y Rivera

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 22 al 28 de enero de 2024)

 

Este año está colmado de aniversarios literarios. Creadores cumplen cifras redondas de nacimiento o muerte, y obras importantes motivan a celebrar su existencia. Entre las efemérides, hay dos fundamentales para los colombianos. Los diez años de la muerte de Gabriel García Márquez, el 17 de abril, y los cien años de la primera edición de La Vorágine, de José Eustasio Rivera, el 21 de mayo.


Estos narradores se identifican por la grandeza. El primero es el más internacional de nuestros escritores; el segundo, el autor de una novela insuperable.


Cuando murió el cataquero, ya “lo habían matado” varias veces en medios de comunicación. En 2024, para conmemorar su partida, aparecerá una novela hasta ahora inédita: En agosto nos vemos. El relato de una mujer que acude cada año al Caribe a cumplir una cita, la de saludar y arreglar la tumba de su madre. En una de esas visitas se entrega a un amor furtivo, cuya pasión revive también anualmente en el mes de los vientos.


Cuando consiguió la publicación de La vorágine en la Editorial Cromos, Rivera recién había regresado a Bogotá de un dilatado viaje por la Orinoquía, en el que hizo parte de la comisión encargada de definir los límites con Venezuela. La obra cuenta que, para defender su amor, Arturo Cova y Alicia huyen a los llanos. Además de romance, en ella hay denuncia social, violencia, descripciones etnográficas y naturales… Se pone en escena la realidad de un gran pedazo de Colombia, hasta ese momento más bien desconocido “gracias” al centralismo que no permite ver más que el ombligo del país.

viernes, 26 de enero de 2024

La exigencia del relato corto

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano el 25 de enero de 2024)

 

 


https://www.elcolombiano.com/generacion/etcetera/la-exigencia-del-relato-corto-DG23613660


 

Contundente como un recto a la mandíbula, el relato corto es exigente con el lector y el autor. Su potencia y flexibilidad logran mantener la vigencia de esta forma narrativa.

 

 

Que alguien tenga prestigio entre los demás, por poseer espíritu servicial, conocimientos, logros académicos o, como suele decirse, don de gente, parece un asunto natural. El prestigio también puede ser atributo de una institución. Pero que una forma narrativa tenga una reputación mayor que otra resulta absurdo, puesto que ninguna es superior a las demás.


Es extraño que, entre no pocos lectores y escritores, parezca tener más prestigio la novela que el cuento. Como si este fuera menos importante y exigente.


El cuento se define como una narración breve, real o imaginaria. Es una de las formas narrativas más antiguas de la literatura. Imposible precisar su origen; posible decir que comenzó de manera oral exclusivamente, pues ya existía cuando no había escritura.


Al principio tuvo motivaciones míticas y religiosas. Luego de ese período antiguo, surgieron las fases escritas. En la primera aparecen los escritos egipcios en las pirámides, el Libro de los muertos (1.550 a.C.) y textos de la Biblia como el de Caín y Abel, José y sus hermanos, Sansón, Ruth y otros del Antiguo Testamento; parábolas como la del Hijo Pródigo y la del Sembrador, en el Nuevo Testamento. La Ilíada y la Odisea (siglo VI a.C.); El Panchatantra (siglo II a.C.); El cínico y el asno, de Luciano (siglo II); El asno de oro, de Lucio Apuleyo (siglo II)…


Los historiadores sugieren que la segunda fase escrita del cuento se dio alrededor del siglo XIV, cuando aparecieron preocupaciones estéticas. Ejemplos de esta son El conde Lucanor, de Don Juan Manuel; el Decamerón, de Boccaccio, entre otros.


Después se llegó al cuento moderno, que despegó en el siglo XIX con apoyo de la prensa. Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant son exponentes de esa fase.


Tradicionalmente nos han enseñado que las historias tienen inicio, nudo y desenlace. Esta estructura básica del cuento sigue vigente. Sin embargo, desde el final del siglo XIX y en el siglo XX sucedieron revoluciones narrativas que reventaron estructuras y formas de decir las cosas. Creo que la más aplastante es la del desarrollo de la técnica del monólogo interior o torrente del pensamiento. El narrador parece retirarse y dejar que el lector asista directamente al fluir del inconsciente del personaje. Es un concepto del psicólogo estadounidense William James (hermano del escritor Henry James, el de Una vida en Londres), mencionado y explicado por primera vez en su libro Principios de psicología, de 1890. Noción que James Joyce usó y exprimió en la novela Ulises. También se usa en cuentos. Macario, de Juan Rulfo, está entre estos.


Otra revolución es que los géneros parecen fundirse. Truman Capote lo expresó así en el Prefacio de Música para camaleones: el escritor debería disponer de cuanto sabe de guiones cinematográficos, comedias, reportaje, poesía, relato breve, novela corta, novela, como el pintor dispone de los colores en la misma paleta “para mezclarlos y, en casos apropiados, para aplicarlos simultáneamente”.


Otro cambio es que el tiempo de la narración no tiene que ser lineal. Y otro más, que puede haber varias historias en un relato… En fin, las posibilidades abundan.


Los cuentos actuales son cada vez más experimentales. Pueden ser escritos en lenguaje coloquial o informal para dar sensación de cercanía con el lector, tener una estructura no tradicional y explorar formas de contar sin camisas de fuerza. Han roto el esquema lineal de inicio, desarrollo y final, posicionando sus ideas lo más atractivo posible, logrando convertir una historia en toda una experiencia de lectura que pueda iniciar por cualquier parte, incluso por el desenlace (…).


“Algunos aspectos del cuento” es una célebre conferencia de Julio Cortázar, dictada en la sede de Casa de las Américas de La Habana, en 1962. En ella compara la escritura con el boxeo. Señala que el cuento debe ganar por nocaut, mientras la novela, por puntos. Indica que el cuento se parece más a una fotografía, en tanto que una novela se asemeja más a una película. En esa charla dio la lista de sus “cuentos inolvidables”. Dice:


“¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir... Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? (…) Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria (...)”.


Por mi parte, también tengo mi colección de cuentos inolvidables o, mejor dicho, favoritos y podría dar algunos nombres: El escarabajo de oro de Edgar Allan Poe, Los asesinos de Ernest Hemingway, Una rosa para Emily de William Faulkner, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo de García Márquez; El libro de arena de Jorge Luis Borges, Una flor amarilla de Julio Cortázar, Las sepulcrales de Guy de Maupassant, Un recuerdo de Navidad de Truman Capote, El policía y el himno de O. Henry, Así fue salvado Wang-Fo de Marguerite Yourcenar, El hombre invisible de Gilbert Keith Chesterton, El hombre muerto de Horacio Quiroga, Un viejo cuento de escopeta, de José Félix Fuenmayor…


Así comienza el último de los mencionados:


“Petrona, la mujer de Martín, llegaba a la ciudad —el poblado con sus moradores, anticipándose a la realidad que un día debía ser, la llamaban ya ciudad—. Llegaba Petrona montada en burra. Un cajón a lado y lado del sillón, el espacio entre ellos rellenado con esterillas, mantas y almohadas. Encima, Petrona. Dos mozos la escoltaban, a pie, el uno adelantado como guía y el otro detrás, empuñando un garabato, y la burra lo sabía.


Ante una casa grande, de paredes de ladrillos y techo de tejas, el guía se detuvo y    su parada se corrió a la burra y al del garabato.


—Aquí es, niña Petrona.


En el sardinel aguardaban una mujer y un muchacho. El guía no los miró, ni        parecía haberlos visto; pero mientras bajaba cargada a Petrona, dijo:


—Ella es Juana, la cocinera, y él es Eugenio, su hijo, para los mandados. Ella tiene las llaves”.


Desdeñar o subvalorar el cuento o cualquier otra forma narrativa carece de inteligencia. El cuento puede ser tan contundente que el mensaje reviente el formato y nos deje la sensación de que dice mil cosas más de las que menciona. ¿Qué esto puede decirse también de la novela o de la poesía? Entonces estamos de acuerdo: ninguna forma narrativa es superior a otra. 

viernes, 19 de enero de 2024

Sonora Matancera

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 15 al 21 de enero de 2024)

 

Enero es momento de celebrar las letras que viajan en canciones. El 12 se cumple un siglo de la conformación de La Sonora Matancera, una de las orquestas más importantes del planeta. Y 96 años del primer disco de esta agrupación que, según Guinness, es la más antigua de los cinco continentes.


Creada por iniciativa de Valentín Cané con sentido nacionalista, en cuanto a que sus integrantes eran cubanos y privilegiaban el son, andando los tiempos abrió su estética a América Latina, sin perder el sabor de la tierra de Martí. Con intérpretes de México, República Dominicana, Argentina, Colombia y otros países, enseñó cómo cantan al amor, la alegría, la tristeza, las costumbres, las creencias y las fiestas, en esas naciones.


La cubana Celia Cruz pregona: “Traigo yerba santa, pa la garganta,/ traigo Keisimón, pa la hinchazón,/ traigo abrecaminos, pa tu destino”; el dominicano Alberto Beltrán habla de un personaje picaresco: “A mí me llaman el negrito del batey/ porque el trabajo para mí es un enemigo./ El trabajar yo se lo dejo todo al buey/ porque el trabajo lo hizo Dios como castigo”; el boricua Daniel Santos filosofa: En el juego de la vida/ nada te vale la suerte/ porque al fin de la partida/ gana el albur de la muerte”, y el colombiano Víctor Pinedo confiesa: “Mi vida está pendiente de una rosa/ porque hermosa y aunque tenga espinas/ me la voy a llevar a mi casita/ porque es bonita mi rosa momposina”.


Un repertorio formado por cantos llenos de poesía y sabiduría populares. Y, claro, por populares no dejan de ser poesía ni sabiduría.  

jueves, 18 de enero de 2024

150 de Maugham

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano el 18 de enero de 2024)


https://www.elcolombiano.com/generacion/etcetera/150-de-maugham-NB23556913


William Somerset Maugham nació hace siglo y medio. Sus palabras e ideas siguen vigentes y vigorosas en los días que corren. 


Cuando lean esta columna, lo sé, algunos me dirán: “¿Para qué pensar en William Somerset Maugham? Eres de las pocas personas que aún hablan de un autor leído con fervor en otro tiempo, pero ahora…”. Y les diré: Mejor. Cuando muchos han olvidado a un escritor o una obra, o no han tenido ocasión de echarles un ojo, bien vale la pena señalárselos.


Maugham nació en París el 25 de enero 1874 y allí permaneció hasta los diez años. Dos curiosidades se saben sobre su nacimiento. La primera, que el papá, Robert, un abogado al servicio de la embajada británica, consiguió que su esposa tuviera el parto en el edificio diplomático, es decir, técnicamente territorio inglés, con el propósito de evitar que, al crecer, William fuera obligado a prestar servicio militar, lo cual era ley para los ciudadanos franceses de aquel tiempo. Por eso, Maugham se conoce como escritor del Reino Unido. La otra, que su mamá, Edith Mary Snell, padecía de tuberculosis y, por prescripción de los médicos de la época, el embarazo podría curarle esta enfermedad. Sin embargo, a ella no le funcionó este remedio. Murió pocos años después.


Maugham pasó la adolescencia en Inglaterra, donde estudió el bachillerato; la juventud en Alemania, mientras cursaba la carrera de medicina, aunque jamás recetó una aspirina. Dos curiosidades se saben de este tiempo formativo. Una, que la severidad de cierto claustro de educación al que asistió, la rígida disciplina, lo llevaba a reprimir los sentimientos y los especialistas llegaron a opinar que era incapaz de amar. La otra, ignoro las causas, tal vez esas mismas represiones, la temprana pérdida de la madre, qué se yo, le derivaron una tartamudez que le acompañó siempre.


Después de Alemania echó a andar por el mundo, se aplicó a escribir sin pausa, a llenar cuadernos con apuntes de cuanto veía o se enteraba. Ah, y fue espía para el Reino Unido en la Primera Guerra Mundial.


¿Por qué recordarlo? ¿Por qué es interesante este autor? Por las tramas de sus historias. Están constituidas por situaciones que les ocurren a los ricos y a los pobres, a los poderosos y a los débiles, aunque las circunstancias específicas de los individuos hagan que las enfrenten de modo diferente. Por la fluidez de su narrativa, que discurre con soltura y sencillez. Y por el don de contar, mostrar y no juzgar; de tomar distancia de las acciones para analizarlas, con hondura sí, pero sin pretensiones de erudición. Tales aspectos logran que uno lea cada obra sin prisa y con gozo. Desee avanzar, saber más y más… pero no acabar para no salirse nunca de ese libro donde se vive tan bien.


Para ejemplificar lo que digo, abro al azar Soberbia y leo el primer párrafo del capítulo L:


“Estoy convencido de que hay hombres que nacen fuera de su ambiente. La casualidad los coloca en un determinado medio, pero siempre sienten la nostalgia de una patria que no conocen. Son extranjeros en el país de su nacimiento, y los senderos que conocieron de niños o las calles populosas donde jugaron, no son para ellos más que lugares de paso. A veces permanecen toda su vida como extranjeros entre sus conciudadanos, sin conseguir aclimatarse al único ambiente que han conocido. Quizá sea esta sensación de extrañamiento la que impulsa a los hombres a recorrer el mundo en busca de algo permanente donde asentar sus reales. Quizá sea un arraigado atavismo el que los incita a volver a lugares que sus antepasados abandonaron en los oscuros comienzos de la Historia. Los hombres descubren a veces un lugar al que, por causa desconocida, se sienten pertenecer. Aquella es la patria que buscaban y se quedan a vivir en regiones que no habían visto hasta entonces, entre hombres que jamás conocieron, como si les fueran familiares desde su nacimiento. En una palabra, allí encuentran por fin el apetecido descanso”.


¿Miento, acaso, en eso de la fluidez narrativa y de su profundidad sencilla y clara?


El amor, las relaciones humanas —muchas de ellas en condiciones de desigualdad—, el adulterio, la infidelidad, el afán de reivindicación son algunos de los temas de sus novelas, cuentos y dramas; Liza de Lambeth, Servidumbre humana, Una villa en Florencia, La otra comedia, Tras una noche de espanto, Hoy como ayer, El velo pintado, Ashenden o el agente secreto, El mago, La luna y seis peniques, Soberbia y El filo de la navaja, algunos de sus títulos.


En el último de los mencionados, Laurence Darrell, llamado Larry por sus amigos, es un joven que sirvió de aviador en la guerra grande de 1914 y, en ella, tuvo una experiencia cercana con la muerte. Norteamericano, movido por ese acontecimiento, desdeña lo que la mayoría de sus paisanos y congéneres ambiciona: riqueza, amor y poder. Rechaza a la novia bella y distinguida; el futuro prometedor en la dirigencia empresarial, y a los amigos de su generación, para buscar el sentido de su vida con el cual pueda llenar el gran vacío de su alma. Para tal efecto emprende un viaje más bien secreto por países de Europa y Asia, entre ellos la India, que incluye aventuras espirituales. Dice:


“Como Rolla, he venido demasiado tarde a un mundo demasiado viejo. Debí nacer en la Edad Media, cuando la fe se sentía sin pensar sobre ello”.


sábado, 13 de enero de 2024

Literatura y religión

(Columna publicada en la revista Generación de El Colombiano, 12 de enero de 2024) 


https://www.elcolombiano.com/generacion/etcetera/literatura-y-religion-IF23518347


 

Los temas de fe también hacen parte de la condición humana. Por eso, no pocos escritores dedican espacio en sus creaciones para reflexionar sobre ellos.

 

Cualquiera, hasta el último de los desavisados, sabe que Fiodor Dostoievski fue un escritor ruso que vivió en el siglo XIX y, andando los tiempos, entró al selecto grupo de los clásicos. A ningún despistado se le ocurriría decir que se trata de un cura o un teólogo.


Sin embargo, quienes han visitado su obra y se han detenido en ella, saben que este narrador tuvo entre sus temas recurrentes los relacionados con la fe y a estos dedicó espacios generosos en sus libros. Hacer mención de este aspecto supera en importancia al de decir que hizo parte de la iglesia ortodoxa, pues muchas personas son bautizadas en cualquier credo y no reflexionan en los asuntos espirituales.


En Los hermanos Karamazov, por ejemplo, novela de más de un millar de páginas, se aplicó en los temas doctrinales de manera directa. El monje ruso es el título del libro sexto de dicha obra. Incluye una novela corta sobre la vida del ermitaño Zósima. Más que una secuencia de acciones materiales, revela experiencias espirituales y reflexiones del religioso. Concibe la vida como un paraíso y la posibilidad de disfrutarlo si nos despojamos de la culpa mediante la confesión, no ante un sacerdote, sino ante las víctimas de nuestras acciones. Analiza el libro de Job, hombre que reniega de Dios al convertirse en juguete de Satanás y, después, vuelve a ensalzar al Creador cuando el sufrimiento cesa. Define el infierno como “sufrimiento de que ya no se pueda amar”. Esto enseña el ermitaño:


«El mundo ha proclamado la libertad, particularmente en los últimos tiempos, ¿y qué vemos en esa libertad? ¡Solo esclavitud y suicidio! Porque el mundo dice: “Tienes necesidades y debes satisfacerlas, puesto que tienes los mismos derechos que los más nobles y ricos. No temas satisfacerlas, multiplícalas”. Tal es la actual doctrina del mundo. Ahí es donde ven la libertad. ¿Y qué resulta de este derecho a multiplicar las necesidades? En los ricos, el aislamiento y el suicidio espiritual, y en los pobres, la envidia y el crimen, porque los derechos se los han dado, pero sin indicar los medios de satisfacer las necesidades» (1).


Por su parte, los hermanos, personajes centrales de la novela, dialogan sobre temas de fe, a su modo. Uno con furia, otro con ironía y el tercero con apasionada convicción.


La existencia de Dios, la caridad, el amor, el perdón, la muerte, la vida eterna, la lujuria, el egoísmo… están entre las materias que se explican y desarrollan en esta obra publicada en 1880.

 

Doctrineros

¿A qué viene este afán teológico de Dostoievski, que a veces parece un predicador sin púlpito? Esta novela y otras del autor respiran religión, teología cristiana en cada letra, en cada coma, en cada espacio entre palabras.


Pero después hablaremos de sus motivos. Hoy, no. No es sobre Dostoievski que quiero escribir, ni sobre Los hermanos Karamazov. Es sobre la vocación de predicadores que tienen algunos autores que, como él, se dedican a hacer filosofía religiosa y teología. Sin pudor. Digo “sin pudor”, no porque crea que debiera sentirlo, por el contrario, sino porque en nuestro medio y en nuestro tiempo, muchos escritores parecen avergonzarse de hablar de tales asuntos, como si estos no fueran importantes para la comunidad humana. O como si los creadores literarios debieran estar alejados de esas materias, desdeñarlas por no encontrarlas acordes con sus poses de intelectuales. Aludiendo a esta circunstancia, el escritor y profesor Memo Ánjel afirma que, además de vergüenza, la mayor parte de quienes se dedican a las letras mantienen un odio encendido hacia estas temáticas (2).


Otros ejemplos no menos célebres que Dostoievski son los de Tolstoi, Hawthorne, Poe, O’Connors, Chesterton, Faulkner, Martínez, González, Carrasquilla, entre muchos más. Incluso algunos ateos o agnósticos, como Umberto Eco y Jorge Luis Borges, exploran esas sendas ideológicas y las valoran como minas auríferas.


Lev Tolstoi habla de espiritualidad. Uno de los asuntos de Guerra y Paz es el de la generosidad. Pierre Bezújov quiere ser un hombre mejor. Intenta liberar a sus siervos y aliviarles la vida, sin que la ley lo obligue a ello, solo por amor a los demás. Y no solo lo hace, sino que lo explica. En El padre Sergio, este representante del anarcopacifismo alude al eterno debate entre el vicio y la virtud. Un religioso es tentado por una mujer movida tan solo por su necedad, y él, tras una lucha ardiente en su mente, decide infligirse dolor para no sucumbir. Y no olvidemos que este autor tiene un ensayo titulado Cuál es mi fe, en el que explica cómo llegó a Jesucristo cuando ya era un hombre maduro.


¿Acaso Flannery O’Connors no escribió dos novelas y 32 relatos llenos de intensidad sobre las formas de la fe entre las comunidades sureñas de Estados Unidos, en especial, entre los negros? Consigue exponer cómo la sabiduría popular distingue entre el bien y el mal. William Faulkner aprovechó ideas y figuras bíblicas, como la de Jasón y la de Moisés, para modelar personajes de sus obras. Gilbert Keith Chesterton y Giovanni Papini, convertidos al catolicismo, después de haber sido indiferente uno y contradictor el otro, construyeron historias en torno a los temas santos. El uno predicó a través del padre Brown, su detective, y el segundo hasta escribió una Historia de Cristo.


Jorge Luis Borges presentó la figura de Jesucristo en muchos cuentos y poemas. Descreía de su condición divina, pero valoraba su capacidad comunicativa mediante parábolas. Umberto Eco se ocupó de temas propios del cristianismo. En El nombre de la rosa, entre otras cosas, exploró el problema de la risa entre los primeros cristianos. En Baudolino, asuntos de la fe católica impuestos de una u otra forma en la Europa medieval.


El argentino Tomás Eloy Martínez planteó, en El vuelo de la reina, inquietudes sobre los pecados. Entre sus reflexiones, dice: la soberbia es el más prolífico de los pecados capitales. Un delta, un desovadero de pecados.


En nuestro medio, recordemos a Tomás Carrasquilla. Se ocupó de temas bíblicos en cuentos, crónicas y ensayos. Más que reflexionar sobre fe, recreó escenas de la Historia Sagrada. Fernando González, en novelas, ensayos y novela-ensayos, se dedicó sin prisa a los problemas teológicos. En El remordimiento exploró el sentimiento de vacío y mortificación por hacer o dejar de hacer algo en contravía con el imperativo espiritual; en El libro de los viajes o de las presencias explicó que “la eternidad no puede entenderse por la duración. La verdadera eternidad es la Presencia como esencia, o sea, Dios, vivo en cada hombre. De ahí que este sea síntesis de eternidad y tiempo” (3).


Así como la literatura histórica es hecha por autores que no son historiadores, pero sí estudiosos de la historia; la literatura científica o cientificista es realizada por escritores que no son científicos, pero sí estudiosos de la ciencia; la literatura psicológica es creada por personas que no son psicólogas, pero sí estudiosas de la psique humana, etcétera, la literatura que se dedica a explorar temas religiosos —tan válida como las otras— no está hecha por curas o teólogos, sino por escritores que les ha dado por ocuparse de ellos.


Aquí entre nos, en ciertos momentos he escrito novelas que incluyen estos temas. Una publicada, Juana le enterradora (4), cuenta la historia de la hija de un sepulturero. Más que al lado, vive en el cementerio. Viuda de cinco hombres, reflexiona sobre temas de su fe. Otra, inédita, habla de los pecados capitales: dos personajes viajan a El Vaticano a exponerle sus ideas al papa.


En suma, sería conveniente quitar el prejuicio, la prevención, el rechazo a estos temas, tan humanos como los demás.

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Notas:

1.   Dostoievski, Fiodor. 1969. Los hermanos Karamazov. Barcelona, Círculo de Lectores, página 447.

2.   Opinión expresada en una conversación privada. Memo Ánjel es autor de varios libros sobre temas religiosos. Entre estos, Abraham hace camino al andar, en coautoría con Hernán Cardona Ramírez.

3.   De esta manera lo expone Javier Henao Hidrón en su libro Fernando González Filósofo de la autenticidad, 2000, Editorial Marín Vieco, cuarta edición, página 239.

4.   Editorial Unaula, 2021.