(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 6 al 12 de julio de 2026)
Lo
único constante es el cambio. Repetimos como propia esta frase de Heráclito de
Éfeso, porque es indiscutible. A cada paso nos vemos ante una situación en la
que se aplica. Hay otra idea no menos cierta y es de todos: el cambio asusta a
muchas personas como un monstruo bajo la cama, pues, lo nuevo, lo distinto, las
hace sentir amenazadas.
Y
no voy a hablar de política. Voy a imaginarme el revuelo de los lectores cuando,
en el siglo XV, comenzaron a imprimirse los libros, gracias al invento de Gutenberg,
y hallaban en las bibliotecas cada día más los volúmenes editados en serie y menos
los artesanales. Debe haber sido común el comentario de los tradicionalistas,
de que no había como los libros hechos a mano, la caligrafía estilizada del
copista, las ilustraciones únicas para cada ejemplar… Por supuesto, lo mismo
debe haber sucedido, siglos más atrás, al remplazar los rollos de papiro por
los volúmenes unidos mediante un lomo.
En
la actualidad, cuando el libro electrónico celebra su día el 4 de julio, y
después de 55 años del origen de esta nueva manera de leer, se les oye decir a
algunos que no hay como los libros físicos, con su olor a papel y a tinta.
Los
libros, como lleguen a uno: en publicaciones de papel, nuevas o viejas; en
formatos digitales. Ojalá en ediciones bien preparadas y excelentes
traducciones. Lo importante es leer. No sacar pretextos para no hacerlo, como
este, el del material. El libro electrónico fue una iniciativa de Michael
Harts, estudiante de la Universidad de Illinois. Y puede tenerse en el teléfono
móvil.
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