(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 27 de julio al 2 de agosto de 2026)
El Sol siempre ha estado ahí arriba calentando la vida. Como a veces se le va la mano, los humanos han corrido a buscar alivios. Entre estos, la cerveza surgió hace ocho mil años en Egipto y Mesopotamia. Por su eficacia al mitigar la sed sigue vigente y tiene su día: el primer viernes de agosto.
La
cerveza está en la literatura desde antiguo. No tanto como el vino que la tiene
anegada, pero también ha empapado miles de obras. Teofrasto, el griego de los
siglos IV y III a.C., la definió en su libro Sobre las causas de las plantas
como "vino de cebada", común en Egipto, donde la tomaban como agua.
Jane
Austen, en Emma, y Charles Dickens, en La tienda de Antigüedades dicen
que sus personajes la beben. James Joyce la veneró en el Ulises: “Terence
O’Ryan le oyó y al punto le trajo un cristalino cáliz rebosante de la espumosa
cerveza de color ébano que los nobles mellizos Bungiveagh y Bungardilaun
destilan eternamente en sus divinas barricas, astutos cual los hijos de la
imperecedera Leda”. Robert
Louis Stevenson tiene un poema a la “Cerveza
Heather Ale”, hecha con flores de brezo, a las que desplazarían las de lúpulo. Narra
el genocidio de los enanos pictos, dueños de la receta, a manos de un rey.
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Como esta columna no es jarra sin fondo, va el último sorbo. En el poema “Cerveza”, Charles Bukowski la hace refugio en su pena de amor. Así termina: “Cerveza ríos y mares de cerveza cerveza, cerveza, cerveza. La radio pasa canciones de amor mientras el teléfono permanece en silencio y las paredes se ciernen y cerveza es todo lo que hay”. |
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