viernes, 2 de octubre de 2026

Del libro al canto

(Columna publicada en la revista La Vitrola de Envigado Señorial # 39, agosto de 2026)

 


Las artes tienen vasos comunicantes que permiten a unas alimentarse de otras. Numerosas canciones se originan en relatos literarios.

 


En El Satiricón, Petronio cuenta que iba por el camino de las tumbas, acompañado por un soldado “más valiente que Plutón”. Súbitamente, este se detuvo a conjurar los astros. Se desnudó, orinó en torno a la ropa y se convirtió en lobo. Aulló y corrió al bosque. Nuestro narrador quiso recoger las prendas, pero se habían transformado en piedra. Al volver a casa, halló a su mujer lamentando que un lobo había acabado con las ovejas. “Logró escapar —dijo ella—, pero un esclavo le atravesó el pescuezo con una lanza”. Al día siguiente, el relator pasó por las tumbas y en lugar de ropa vio una mancha de sangre; en la taberna, el soldado yacía herido. “Sangraba como un buey; el médico estaba curándole el cuello”.




¿Quién no conoce un hombre lobo? Humanos metamorfoseados en bestias por un hechizo o una mordedura de uno de estos animales u otro hombre lobo bajo el plenilunio de octubre. En la literatura aparece por todas partes. Es célebre El hombre lobo de París, de Guy Endore. Un licántropo deambula por la ciudad durante la tercera república y la guerra franco–prusiana. Pero no es a esta obra que quiero aludir, sino al libro de cuentos El lobo-hombre de Boris Vian, de 1947. Presenta a Dennis, lobo negro de ojos rojos, perteneciente al linaje de los lobos civilizados. Acudía a la urbe a ver los coches y a los enamorados desenredarse de las cintas que complican la lencería. Una vez lo mordió el Mago de Siam, un hombre lobo. Desde entonces se convertía en humano. Tras la angustia inicial, decidió sacarle provecho a la situación. Se deleitaría sin atemorizar a nadie. La primera noche de aventuras compró bicicleta, se hospedó en un hotel, visitó un restaurante, tuvo romance, se metió en una riña y huyó. Leamos sobre la huida:

 

“Desde la primera campanada, Dennis notó que la cosa no marchaba. Cada vez le costaba más trabajo llegar a los pedales; sus piernas parecían irse acortando paulatinamente. A la luz del claro de luna seguía sin embargo escalando, montado sobre su rayo mecánico, por entre la gravilla del camino de tierra. Pero en cierto momento se fijó en su sombra: hocico alargado, orejas erguidas. Y al instante dio de morros en el suelo, pues un lobo en bicicleta carece de estabilidad (…)”.

 

Este relato da origen a la canción “Lobo-hombre en París”, de la banda española La Unión, del decenio de 1980. Luis Bolín y Rafa Sánchez recrearon la historia.

 

“La luna llena sobre París

ha transformado en hombre a Dennis.

Rueda por los bares del bulevar.

Se ha alojado en un sucio hostal.

Jaja, mientras está cenando,

junto a él se ha sentado

una joven

con la que irá a contemplar

la luna llena sobre París (…)”.



Cof, cof, ¡maldito cof!

Basta habitar el mundo para saber que La dama de las camelias, de Alejandro Dumas (hijo), cuenta un amor difícil —¿cuál no lo es?— entre Armando Duval y Margarita Gauthier, en el París decimonónico. Margarita mantenía varios amantes, un palco en la ópera y un ramo de camelias. Además de las murmuraciones, la tuberculosis de ella complicó la relación. Duval recuerda el momento cuando al fin lo admitió:

 

“Quizá le parezca raro que me haya mostrado tan dispuesta a aceptarlo así, en seguida. ¿Sabe a qué se debe? Se debe —continuó, tomándome una mano y colocándola contra su corazón, cuyas palpitaciones violentas y repetidas yo sentía—, se debe a que, ante la perspectiva de vivir menos que los demás, me he propuesto vivir más deprisa”.


Un siglo después, de tal obra surgió el tango “Margarita Gauthier”, con letra de Jorge Julio Nelson y música de Joaquín Mora. Canta el desconsuelo de Duval tras la muerte de Margarita. Roberto Goyeneche y Raúl Berón tienen una versión conocida.

 

“Hoy te evoco emocionada mi divina Margarita.

Hoy te añado en mis recuerdos con mi dulce inspiración.

Soy tu Armando el que te clama mi sedosa muñequita.

El que llora, el que reza, embargado de emoción.

El idilio que se ha roto me ha robado paz y calma

y la muerte ha profanado la virtud de nuestro amor.

¿Para qué quiero la vida si mi alma destrozada

sufre una angustia suprema, vive este cruento dolor?”

 


Corazón de fantasía

Pasando del llanto a la risa, pensemos en el protagonista de Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi. Una marioneta salida de las manos de un carpintero, cuyo deseo es que cobre vida. El Hada Azul concede tal anhelo, a cambio de que la criatura sea generosa, obediente y sincera. Condiciones complicadas para cualquiera.


"Apenas entrando en su casa, Goro fue a buscar sin perder un instante los útiles de trabajo, poniéndose a tallar y fabricar su muñeco.


¿Qué nombre le pondré? —preguntóse a sí mismo—. Le llamaré Pinocho. Este nombre le traerá fortuna. He conocido una familia de Pinochos. Pinocho el padre, Pinocha la madre y Pinocho los chiquillos, y todos lo pasaban muy bien. El más rico de todos ellos pedía limosna."


Con tan simpática idea, los argentinos Rafael Farías Cabanillas y Julio Camilloni crearon la canción “Pinocho”. Son populares las interpretaciones de Armando Moreno —pasodoble—, Luis Aguilé —balada— y Fajardo y sus Estrellas —guaracha—:

 

“Hasta el viejo hospital de los muñecos

llego el pobre Pinocho mal herido.

Un cruel espantapájaros bandido

lo sorprendió durmiendo y lo ataco.

Llego con su nariz hecha pedazos,

una pierna en tres partes astillada,

una lesión interna y delicada

que el médico de guardia no advirtió”

 

(… saltemos al desenlace:)

 

“Entonces llego el hada protectora

y viendo que Pinocho se moría

le puso un corazón de fantasía

y Pinocho sonriendo despertó”.

 

Macondo

Un sinnúmero de álbumes y canciones tiene origen en obras de Gabriel García Márquez. Recordemos solo algunas. “Canción para una muerte anunciada”, de Lisandro Meza, apareció en 1981 como el libro Crónica de una muerte anunciada. Bayardo San Román descubrió que su esposa, Ángela Vicario, no llegó virgen al matrimonio y la devolvió a la familia. Los hermanos Vicario juraron vengarse de quien la deshonró: Santiago Nasar. El canto revela la marca de los cuchillos usados en el crimen: “Col y Tres Canales”, conocidos como “mataburros”, encargados en Magangué.





“Despedida” y “Hay amores” son temas de Shakira basados en El amor en los tiempos del cólera, novela alusiva al amor entre Florentino Ariza y Fermina Daza, que sobrevivió a una espera de años. La segunda canción, un bolero, reflexiona:


“Hay amores que se vuelven resistentes a los años, como el vino que mejora con los años. Así crece lo que siento yo por ti”.


“Macondo” es una cumbia de Óscar Chávez, cuya versión más conocida es la de Rodolfo Aicardi; “Agua de Luna”, un álbum de Rubén Blades con temas basados en Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, Ojos de perro azul y otros cuentos; Sudamérica Suda,  un compendio de canciones de la banda Sexual Democracia…

 

Más tramas

No pongamos punto final sin mencionar canciones como “Ramble on”, de Led Zappelin, basada en Las dos torres, de Tolkien; Leviathan, un álbum de Mastodon, en el drama de Moby-Dick, de Melville; “Corazón delator”, de Soda Stereo, en el cuento de Poe; “Las batallas”, de Café Takvba, en Las batallas del desierto, de José Emilio Pacheco, y “Rosario Tijeras”, de Juanes, para la película derivada de la novela de Jorge Franco.

 

Vámonos cantando la canción de esta bandida:

 

“Y en sus ojos siempre el dolor existió.

Todo fue porque en su niñez

un malpa la violó y ella se vengó.

Era Rosario Tijeras, la de pistola,

espejito y labial en su cartera. Siempre llena de vicio, sexo, balas,

placer y dolor.

 Las de las mil y una vidas, bam, bam, bam!”

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