(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 19 al 25 de octubre de 2026)

Biblioteca Piloto, Medellín. Foto: Alcaldía de Medellín
Una
biblioteca es el lugar donde se
guardan los libros, bien sean plantillas de madera o cerámica, rollos de
papiro, manuscritos de tinta y papel, volúmenes impresos o libros digitales.
Creo que la biblioteca tiene un aire como de templo. Al reunir los más altos
logros del pensamiento, la imaginación y el conocimiento, se torna en sitio
sagrado donde se rinde culto a una divinidad: la Sabiduría, entendida en
términos de Santo Tomás de Aquino: “el conocimiento cierto de las causas más profundas
de todo”.
Por
eso también resulta abominable la destrucción de bibliotecas y centros de
conocimientos. En la aniquilación de Nínive, narrada en la Epopeya de
Gilgamesh, desaparecieron muchos documentos de arcilla; en el incendio de la
Biblioteca de Alejandría se desvaneció la mayor cantidad de papiros de la época
clásica; en las guerras del Medio Oriente se han perdido millones de libros; en
América, los conquistadores y los misioneros destrozaron códices, museos,
templos y bibliotecas, para imponer el pensamiento europeo. Arruinaron asombrosos
cálculos astronómicos, geográficos, biológicos, filosóficos, religiosos. Y
pensar que cada idea puede demorar años, a veces siglos, en madurar, antes de
llegar a un libro. Y si la refutan, no pierde valor: queda como evidencia de
que el pensamiento no se detiene.
La biblioteca es, pues, uno de los sitios que más cuidado y orgullo merecen de todos nosotros. Guarda y difunde gran parte de nuestra esencia. El 24 de octubre es el Día Internacional de este templo y no podemos pasar de largo sin entrar en él.
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