(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 14 al 20 de
septiembre de 2026)
Flush era el perro de la poeta inglesa Elizabeth Barrett Browning. Su compañero en el encierro que, por años, vivió en una habitación oscura, a causa de una enfermedad pulmonar. Virginia Woolf escribió la biografía de esta escritora en la novela Flush. La contó desde el punto de vista de ese amigo inseparable. No hubiera podido hallar a alguien que la conociera tanto ni la amara más que ese perro que la vio escribir:
“Si has de amarme que sea solamente
por amor de mi amor. No digas nunca
que es por mi aspecto, mi sonrisa, el modo
de hablar o por un rasgo de carácter”,
versos que ella repitió ante él con su voz enferma.
Primero estuvieron solos; más tarde, ella se
enamoró de Robert Browning, también poeta, y Flush tuvo que aceptarlo; luego,
Flush fue víctima de un secuestro, lo que sirvió para confirmar la lealtad de
Elizabeth, quien lo buscó por barrios de Londres hasta dar con él, y pagó
rescate por su liberación; se mudaron a vivir a Italia, y, después, regresaron
a Londres para pasar un tiempo apacible. “Flush la amaba. Había renunciado al aire y al sol por
ella. «Acaso no merece ser amado?»”.
Amigos multiespecie ocupan numerosas páginas de la
literatura. ¿Cómo olvidar a Platero y yo, la novela poética de Juan
Ramón Jiménez sobre su relación con un asno? En El Principito, de Antoine
de Saint Exupery, el protagonista tiene amistad con una rosa, primero, y con un
zorro, después. En Colmillo Blanco, de Jack London, un perro sufre la
crueldad de los humanos, hasta que halla a Weedon, un hombre bondadoso con el
que seguiría su camino.

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