(Columna Río de
Letras publicada en el diario ADN del 26 de octubre al 1 de noviembre de 2026)
El tiempo pasa raudo: este 28 de octubre se cumplen 300 años de la primera edición de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Obra fundamental de la literatura, si se puede hablar así, en términos tan categóricos. Es una sátira de la sociedad, no solo inglesa y de su época, sino de todos los tiempos y lugares. Una acusación a la humanidad, mezquina y cruel, tanto gobiernos como individuos, que sigue vigente.
Es una
obra fantástica. Y lo que algunos no saben es que, por medio de la fantasía, de
los seres maravillosos, sobrenaturales, animales y plantas hablantes, se
consigue mostrar, como en un espejo, la esencia humana. Su personaje central, Lemuel
Gulliver, viaja por el mundo y halla
pueblos e individuos diversos. Gigantes, enanos, bípedos, cuadrúpedos. Observa culturas
y modos de organización social. Habla de las naciones europeas dejando una
crítica mordaz de la que se deduce que la civilización no tiene en su seno otra
cosa que barbarie.
Hay un capítulo de utopía. El de la visita al país de los Houynhnms. Los habitantes son caballos racionales, con una sociedad perfecta, cuyos conflictos se resuelven pacíficamente. Dice: «Tienen una disposición natural para todas las virtudes y carecen de una concepción de lo que es el mal en los seres racionales. Su principal máxima es cultivar la inteligencia y dejarse gobernar enteramente por ella. Pero ellos no emplean la razón, como nosotros, para debatir a favor o en contra de algo, sino que los gobierna una convicción inmediata que no se encuentra corrompida por la pasión o el interés”.

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