(Columna
publicada en la revista Generación de El Colombiano el 20 de marzo de 2024)
https://www.elcolombiano.com/generacion/etcetera/historias-de-cruz-y-ficcion-OD24057922
Creemos conocer los relatos del
sufrimiento y la muerte de Jesucristo solo por oír la repetición de fragmentos
de año en año. Un gusto diferente se obtiene al leerlos completos y directamente,
así como ensayos y novelas escritos en torno a esos hechos.

Como
en Semana Santa tenemos unos cuantos días para vivir sin prisa, el plan divino
está en la lectura. En especial, la de textos que van en consonancia con los
temas de los rituales que muchos católicos representan durante esos ocho días. No
solo están llamados al disfrute de cuentos, novelas, ensayos y poesía sobre tales
asuntos quienes profesan esta religión; también los de otras, los escépticos y los ateos. Porque el arte, y en
este la literatura, da cuenta de cómo resuelve sus inquietudes espirituales un
grupo humano desde su imaginación y reflexión. Las obras de calidad no hacen
distinciones. Por eso leemos con deleite libros místicos de la India, Egipto, la
civilización Maya, el pueblo Kogi, sin pensar si creemos o profesamos alguna de
estas filosofías.
El
libro más apropiado para la Semana Santa es, por supuesto, la Biblia, todo un volumen de aventuras
físicas y espirituales. En el libro de los libros está todo. Guerras,
traiciones, huidas, alianzas entre pueblos, persecuciones a individuos por
pensar diferente, actitudes pacifistas... Y también antecedentes de los géneros
literarios: el cuento, la novela y la poesía en general; los relatos de
aventuras, de viajes, detectivescos y negros; la poesía amorosa, mística y
épica; las crónicas, las meditaciones, la ciencia ficción…
Sin
embargo, la intensa vida del personaje central de los días santos, Jesucristo,
está narrada parcialmente en la segunda parte de la Biblia, el Nuevo Testamento,
conjunto de historias que transcurren en el siglo I. Por considerarlo obvio o
repetido, y pensar que lo sabemos de memoria, ¿cuántos de nosotros nos perdemos
de leer directamente el evangelio de San Juan y nos atenemos a lo que repiten
sacerdotes que limitan los pasajes que se deben exponer? El autor que firma como San Juan es, además, un
personaje secundario de primer orden. Es uno de los discípulos de Jesucristo y,
a diferencia de los otros que ostentan esta categoría, lo acompaña incluso en
las últimas horas de vida. Narra con detalle la desgracia de su maestro: el acoso
ejercido por representantes del imperio Romano; la prisión; el juicio liderado
por Poncio Pilatos, prefecto de la provincia de Judea; la crucifixión; el
sufrimiento; la agonía sucedida en una tarde ardiente, y el fallecimiento en
medio de otros condenados a muerte en cruz, pues la crucifixión era una sentencia
común en aquel tiempo.
Bajo el
subtítulo “Muerte de Jesús”, San Juan relata:
«Después de
esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la
Escritura, dice:
“Tengo sed”.
Había
allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja
empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre,
dijo: “Todo está cumplido”. E inclinando la cabeza entregó su espíritu». (1)
Por
supuesto, cuenta además el prodigio más grande protagonizado por Jesús,
superior a los milagros, como corresponde a un personaje de apariencia humana, pero
de naturaleza divina: la resurrección. Esta ocurrió tres días después de haber
sido sepultado en un sepulcro propiedad de un tal José de Arimatea, quien, por
cierto, llegaría a ser figura fundamental en la literatura medieval ocupada en
el asunto de la recuperación del Santo Grial, como Perceval y la leyenda del Grial, una novela de caballerías de Chrétien
de Troyes, del siglo XII.
Lo oculto y lo revelado
Como
en el Nuevo Testamento no aparecen datos de la vida de Jesucristo entre la
adolescencia y los treinta años, para eso están los Evangelios Apócrifos, escritos en los primeros siglos de la
cristiandad por diversos autores, y Vida
de Jesús, una biografía compuesta por el historiador francés Ernest Renan
en el siglo XIX.
Los
Evangelios apócrifos, firmados con
nombres de personajes cercanos a Jesucristo, como María Magdalena, Pedro,
Felipe, Nicodemo, Santiago, Tomás, José el carpintero, entre otros, no fueron
incluidos en la Biblia oficial de los
católicos romanos, anglicanos y ortodoxos, ni por las de las iglesias
protestantes, porque los teólogos los han considerado imprecisos. En ellos,
Jesús realiza milagros más extraordinarios que los mencionados en los
Evangelios aceptados. Relatan aspectos poco tratados en el libro sagrado, como
la infancia y juventud del Mesías, a cargo de Santo Tomás. El capítulo V del
Evangelio de San Pedro, subtitulado “Últimos momentos de Jesús”, dice:
«1.
Y era mediodía, y las tinieblas se apoderaron de toda Judea, y ellos estaban
turbados, y se preguntaban con inquietud si el sol se habría ocultado ya,
considerando que él vivía aún, y que está escrito para ellos que el sol no debe
ocultarse sobre un hombre puesto en suplicio mortal.
2.
Y uno de ellos dijo: Dadle a beber hiel con vinagre. Y, habiendo hecho la
mezcla, se la dieron a beber.
3.
Y consumaron todas las cosas, y acumularon sobre sus cabezas sus pecados.
4.
Muchos circulaban con lámparas encendidas, pensando que era ya de noche, y se
ponían a la mesa.
5.
Y el Señor clamó, diciendo: Mi potencia, mi potencia, me has abandonado. Y
pronunciadas estas palabras perdió la vida.
6.
Y, en aquella misma hora, el velo del templo de Jerusalén se rompió en dos”. (2)
Por
su parte, Ernest Renan intenta someter la religión cristiana a lo que supone un
análisis imparcial, científico y objetivo. En su ensayo, que se lee con la
avidez con la que se sigue una novela, cuenta la historia de Jesucristo como
figura histórica, despojándolo del mito. Entendió que entre los contemporáneos
de Jesús, “para determinar si una misión era sobrenatural solo existían dos
formas de prueba: los milagros y el cumplimiento de las profecías. Jesús y,
sobre todo, sus discípulos emplearon estos dos procedimientos de demostración
con una absoluta buena fe. Desde hacía mucho tiempo, Jesús estaba convencido de
que los profetas habían escrito pensando solo en Él”. (3)
El
francés humaniza a Cristo. Cuenta que, días antes de su crucifixión y muerte,
“una gran tristeza parece haberse apoderado (…) del espíritu de Jesús,
habitualmente tan jovial y tan sereno… Todos los relatos coinciden en
atribuirle, antes de su detención, un momento de confusión, una especie de
agonía anticipada. Según unos, gritó de improviso: “Mi alma está desconcertada.
¡Padre mío: líbrame de esta hora! Se creía que entonces había escuchado una voz
del cielo; otros decían que vino a consolarle un ángel. Según una versión muy
extendida, el hecho tuvo lugar en el huerto de Getsemaní. Jesús, según se
decía, se alejó de sus discípulos, dormidos, a un tiro de piedra, no
conservando con Él más que a Cephas y a los hijos de Zebedeo*. Entonces comenzó
a orar, el rostro contra la tierra. Su alma experimentó una tristeza de muerte,
una angustia terrible le oprimía; pero su resignación a la voluntad divina
venció”. (4)
Saca
en limpio la idea de que Jesús nunca trató de hacerse pasar por una encarnación
del propio Dios, pero “es el individuo que ha hecho dar a su especie el mayor
paso hacia lo divino”, dice en el capítulo XXVIII, dedicado al “carácter
esencial de la obra de Jesús”. (5)
Y
como voces emergentes del abismo del pasado que llegaran hasta nuestros días,
no cesan de encontrarse en yacimientos arqueológicos documentos y textos
parecidos a los evangelios, en torno a la figura de Jesús. Entre estos, El evangelio de Judas, publicado en
2006, se basa en papiros hallados a finales del siglo XX. En él, Judas
Iscariote no es traidor, sino que permitió la realización del plan divino. Y
Jesucristo estuvo siempre enterado de esto.
Fragmentado
y con visos de gnosticismo, El evangelio de Judas menciona la existencia de
planos espirituales en los cuales habitan seres sobrenaturales que rigen el
cosmos.
En
una conversación, Jesús le dice:
“Tú
serás el decimotercero y serás acusado por el resto de las generaciones, y
llegarás a dominar sobre ellos. En los últimos días reprobarán tus ascensiones
a la santa generación”. (6)
Ficciones
contemporáneas
Difícil hallar un
personaje en torno al cual se halla pensado, fantaseado, investigado y escrito
tanto como sucede con Jesucristo. Los anteriores son algunos ejemplos de relatos
pegados a la tradición. Sin embargo, sabemos que a partir de ellos, la
imaginación de autores de todos los tiempos ha volado para engrandecer la
figura del Hijo del Hombre. Desde la Edad
Media hasta el siglo XVIII se presentaban los autos sacramentales en las
catedrales. Pedro Calderón de la Barca y Félix Lope de
Vega son dos representantes de este género. Después, varias novelas
han tomado al personaje y lo han puesto en situaciones diversas. La escritora
inglesa Taylor Caldwell ficciona
sobre la vida de algunos apóstoles. Entre sus títulos están: El gran león
de Dios, que habla de san Pablo; Yo, Judas, de Judas
Iscariote, y Médico de cuerpos y almas, de san Lucas.
El griego Nikos Kazantzakis escribió Cristo
de nuevo crucificado, a mediados del siglo pasado, que se convirtió en un clásico.
Los sucesos de esta novela discurren en un pueblo griego llamado Licovrisi,
donde año tras año se conmemora la tragedia de Jesús, con personajes de carne y
hueso. Implica un mensaje de protesta y defensa de la libertad. La obra no
traiciona a los protagonistas ni tergiversa los hechos, y documenta las
costumbres de la época. Otra novela del mismo autor es La última tentación
de Cristo. Este es un carpintero de Nazaret repudiado por seguir fabricando
cruces para los romanos. Oye voces que le dicen que es el elegido. En un momento
decisivo, oye la voz de un ángel que le recomienda huir. Lo hace con María
Magdalena.
Por eso, con fe, con sed
de conocimiento, con espíritu curioso, como sea, es buen momento para que los
lectores se dejen arrastrar por los mares desconocidos y tormentosos de los
temas santos.
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Notas:
1.
Varios autores (1975). Biblia de
Jerusalén. Bilbao, Desclée de Brouwer, página 1538.
2.
Varios autores (1996). Evangelios
apócrifos. Buenos Aires, Ediciones C.S. página 321.
3.
Renan, Ernest (2003). Vida de Jesús. Madrid, Editorial Edaf, página 200.
4.
Ibid. Página
261. (*Cephas es Simón Pedro y los hijos de Zebedeo son Juan y Santiago).
5.
Ibid.
Página 301.
6.
Iscariote,
Judas (2006). El evangelio de Judas.
Madrid, Editorial Edaf, página 140.