(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 17 al 22 de agosto de 2026)
Ante la fuerza de la Naturaleza, los humanos somos pavesas, juguetes del viento. Esta verdad sabida de sobra la recordamos en momentos aciagos como el del sismo del 10 de agosto. Por eso, hasta en conversaciones de café se oye decir que la vanagloria y la arrogancia, no solo no tienen sentido, sino que resultan ridículas.
Las
desgracias sumen a los seres en la soledad, la escasez y la tristeza. Pero
también enseñan. Por eso, libros alusivos a desastres resultan sugeribles a
esta hora. Mientras escribo, llegan a mi mente varios títulos: Después del
terremoto, de Murakami, historias unidas por el temblor de Kobe, de 1995; El
terremoto de San Salvador: narración de un superviviente, de Barba Jacob,
sobre el sismo centroamericano de 1917, y Nada, nadie. Las voces del
temblor, de Elena Poniatowsca, sobre el sacudón que casi acaba con México
D.C. en 1985.
El
primero muestra cómo un sismo quiebra el alma de las personas y estas deben
adelantar una reconstrucción interna. El segundo registra el caos, los destrozos
y la desesperación. Y el tercero, una crónica coral, o sea, en la que
intervienen varias voces, no solo narra el desastre, sino, especialmente, lo
que vino luego: la incapacidad del gobierno y las instituciones para atender a
la gente, y el surgimiento de la solidaridad y el heroísmo de los ciudadanos
que se organizaron para socorrerse. Ellos mismos escarbaron las ruinas para
hallar a los desaparecidos y lideraron la reconstrucción. De ahí surgió un
movimiento de la sociedad civil que consiguió transformaciones en el país
azteca.
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