(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 22 al 28 de junio de 2026)
En
momentos cuando ideas colonialistas están a la orden del día, el ente rector orbital
del fútbol, la Fifa, intentó sintonizarse con estas iniciativas al impedir el
uso del español en ruedas de prensa de la Copa Mundial.
El
colonialismo es un sistema político y económico en el que un Estado ejerce
poder sobre otro. Lo controla, determina su destino y hasta somete su cultura. Y
el idioma, por supuesto, es el vehículo mediante el cual se transmiten, no solo
palabras, sino formas de percibir el mundo.
En
los primeros días de la cita futbolera, los organizadores impidieron que los
periodistas formularan preguntas en español. Comunicadores y futbolistas tuvieron
que rebelarse para que la Fifa echara reversa a esta norma violenta y absurda. Violenta,
porque le indica al mundo en qué idiomas se debe comunicar. A uno de los países
realizadores, México, donde la mayor parte de sus 130 millones de habitantes
son hispanohablantes, les señala que son de segunda categoría. Y absurda,
porque, en el planeta, gran parte de los seguidores de este deporte hablan
español.
Claro
que la Fifa explicó que no era un veto al español, sino un asunto de logística
y falta de traductores. Pero nadie puede ser tan ingenuo para suponer que, en
un planeta tan politizado, los organizadores no hubieran previsto que esta
actitud, como todos los actos y gestos que ocurren en el certamen, son símbolos:
transmiten y sugieren significados que el mundo entero percibe de manera
consciente o no.
Se supone que el deporte debe unir los pueblos en una Babel pacífica y festiva.
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