(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 8 al 14 de junio de 2026)
Jorge Luis Borges es el rey de las paradojas. Su fascinación por estos elementos misteriosos no es una impostura, una actitud artificiosa para deslumbrar a incautos.
La
paradoja, esa idea de apariencia absurda, pero que resulta cierta o, por lo
menos, posible, se nota en sus cuentos como un juego. Por ejemplo, en “El
Aleph”, un objeto minúsculo contiene el Universo; en “La biblioteca de Babel”, en
una biblioteca infinita, donde están todos los libros posibles, es imposible
hallar un volumen que contenga la verdad; en “Funes el memorioso”, un sujeto
capaz de recordarlo todo es incapaz de pensar, y en “El otro”, un Borges viejo
se encuentra con un Borges joven y a ambos les resulta imposible demostrarse
mutuamente que él es el verdadero y no el otro. Sí, parece un juego. Pero es
difícil hallar algo más encantador y aterrador a la vez que la posibilidad de
ser y no ser al mismo tiempo. La angustiosa realidad de los laberintos, los
sueños, los espejos, las ideas de infinito y eternidad. Quizá no haya en la
vida asuntos de mayor seriedad y complejidad.
El
autor de Ficciones estuvo atravesado por el comején de la paradoja. Se
declaró a veces agnóstico, a veces ateo. Sin embargo, el 14 de junio de 1986,
hace 40 años, murió recitando el Padrenuestro en inglés antiguo y español,
según Jean-Pierre Bernés, su traductor francés.
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