jueves, 11 de junio de 2026

Borges y el otro

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 8 al 14 de junio de 2026)

 


Jorge Luis Borges es el rey de las paradojas. Su fascinación por estos elementos misteriosos no es una impostura, una actitud artificiosa para deslumbrar a incautos.


La paradoja, esa idea de apariencia absurda, pero que resulta cierta o, por lo menos, posible, se nota en sus cuentos como un juego. Por ejemplo, en “El Aleph”, un objeto minúsculo contiene el Universo; en “La biblioteca de Babel”, en una biblioteca infinita, donde están todos los libros posibles, es imposible hallar un volumen que contenga la verdad; en “Funes el memorioso”, un sujeto capaz de recordarlo todo es incapaz de pensar, y en “El otro”, un Borges viejo se encuentra con un Borges joven y a ambos les resulta imposible demostrarse mutuamente que él es el verdadero y no el otro. Sí, parece un juego. Pero es difícil hallar algo más encantador y aterrador a la vez que la posibilidad de ser y no ser al mismo tiempo. La angustiosa realidad de los laberintos, los sueños, los espejos, las ideas de infinito y eternidad. Quizá no haya en la vida asuntos de mayor seriedad y complejidad.


El autor de Ficciones estuvo atravesado por el comején de la paradoja. Se declaró a veces agnóstico, a veces ateo. Sin embargo, el 14 de junio de 1986, hace 40 años, murió recitando el Padrenuestro en inglés antiguo y español, según Jean-Pierre Bernés, su traductor francés.


“¿Qué errante laberinto, qué blancura

ciega de resplandor será mi suerte,

cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte?”,


se preguntó en “Los enigmas”. Tal vez ya tenga sus respuestas.


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