Columna Río de Letras diario ADN,
semana del 15 al 21 de junio
Hay quienes afirman que ahora los niños
y jóvenes son emocionalmente frágiles. Si se les dice algo que los incomode, se
quiebran como cristales. Que los mayores los sobreprotegen y les evitan cualquier
contacto con la adversidad para ahorrarles dolores y frustraciones. En ese
afán de protegerlos, los grandes impiden que lean cuentos que incluyan muerte o
tragedia… Así, los nuevos no se preparan para entender que la vida tiene tales
situaciones, y no se trata de que sea justa o injusta.
Los que ponen rótulo a todo, llaman
generación de cristal a la de quienes han nacido en este siglo. (Aunque, claro,
hay individuos que se salen del molde.)
Me viene a la mente Tomás Rodaja, el
personaje central de El licenciado vidriera, de Miguel de Cervantes
Saavedra. Ingenioso y sensible, Rodaja despierta el amor de una mujer, pero él
no le corresponde. Despechada, ella acude a una morisca para que lo hechice. Entonces
él padeció la locura de creerse de cristal. Hablaba con los demás, opinaba de
cuanto le preguntaban, pero rehuía el contacto con los otros para no resultar
roto.
Como él, las personas
de cristal se rompen con la piedrecilla de una contradicción, el guijarro de
una negativa, la esquirla de una dificultad...
“Imaginóse el desdichado que era todo hecho de vidrio,
y con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces
pidiendo y suplicando con palabras y razones concertadas que no se le
acercasen, porque le quebrarían; que real y verdaderamente él no era como los
otros hombres: que todo era de vidrio de pies a cabeza”.
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