(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN,
semana del 4 al 10 de mayo de 2026)
La literatura, no conforme con contar
historias, siembra símbolos que se parecen y no se parecen a la realidad. Hay
un subgénero fantástico que se basa en el “hubiera”, la forma del pasado
imperfecto del modo subjuntivo. Tal vocablo es puente para expresar hipótesis y
deseos. “Si no hubiera bebido anoche habría madrugado”, decimos. Pero es
imposible asegurar que, en efecto, lo hubiera hecho.
La ucronía, vertiente de la novela
histórica, explora lo que hubiera pasado si los hechos no se hubieran dado como
sucedieron. Hay quienes imaginan qué hubiera ocurrido si los dinosaurios no se
hubieran acabado. En Al oeste del Edén, Harry Harrison sugiere que los
reptiles habrían logrado una cima evolutiva, la mayor inteligencia del mundo. A otros, como
Robert Silverberg en Roma eterna, les da por pensar qué hubiera pasado
si no hubiera caído el Imperio Romano. Los hay que idean una realidad en la que
los países aliados no ganaron la Segunda Guerra Mundial, como Philip Dick en El
hombre en el castillo y Robert Harris en Patria.
En La trama celeste, de Adolfo Bioy Casares, un piloto de avión viaja a un mundo sin Gales, la ciudad de Cartago. Alude a mundos paralelos y posibilidades innumerable. Dice:
“En varios mundos casi
iguales, varios capitanes Morris salieron un día (aquí el 23 de junio) a probar
aeroplanos. Nuestro Morris se fugó al Uruguay o al Brasil. Otro, que salió de
otro Buenos Aires, hizo unos “pases” con su aeroplano y se encontró en el
Buenos Aires de otro mundo (donde no existía Gales y donde existía Cartago;
donde espera Idibal)”.
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