(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 25 al 31 de
mayo de 2026)
El tiempo va como un bólido. Ya hay que medir por siglos
los aniversarios de dos clásicos: La vida del buscón, de Francisco de
Quevedo, y Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Aquel, cuatro centurias;
este, tres. Y pensar que no solo tienen en común su añejamiento, que los mejora
como el vino: están narrados en primera persona —aquel por un pícaro; este, por
un aventurero—y son críticas a la sociedad y la civilización.
El de Quevedo es esencial en la picaresca. Con un vagabundo
y pillo como protagonista, devela la corrupción social e institucional, que
deriva en desatención a las mayorías. Pobreza, hambre, pesimismo. Sin esperanza
de redención, el antihéroe nota cómo se le cierran las puertas. Quiere migrar bien
lejos a recomenzar, a vivir en comunidad, pero “nunca mejora su estado quien
muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”, se dice.
Y el de Swift, una obra fantástica, es una acusación a la
humanidad, mezquina y cruel, tanto gobiernos como individuos. El irlandés habla
de Lemuel Gulliver, quien viaja por el mundo y halla pueblos y humanos diversos.
Gigantes, enanos, bípedos, cuadrúpedos. Observa culturas y modos de
organización social, y habla de las naciones europeas dejando una crítica
mordaz en la que se deduce que la civilización no tiene en su seno otra cosa
que barbarie.
“En medio de la comida, la gata favorita de mi ama saltó
sobre su falda. Oí tras de mí un ruido como de una docena de tejedores en el telar,
y al volver la cabeza vi que procedía del animal aquel, que parecía tres veces
más grande que un buey”.
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