(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 18 al 24 de
mayo de 2026)
Uno se extraña cuando, en alguna parte del relato, salta la marca de un producto reconocido. Refrescos, licores, cigarros, prendas de vestir. Da a entender que hombres y mujeres de las páginas son cercanos a uno: si compran artículos que yo puedo adquirir, ¿no tendrán también los mismos problemas?
Las obras literarias han sido siempre una vitrina de
mercado. Con ello, los creadores buscan dar realismo a los textos, congelar el
tiempo histórico en el que suceden los hechos o dar señales de cómo son los
personajes: clase social, gustos y demás.
En Gordo de Carver beben Coca-Cola; en 1Q84
de Murakami toman wiski Suntory; en Pasteles y cerveza de Maugham se
citan en el comedor del Ritz; en Miseria de Stephen King el paciente ingiere
Valium y Sanax; el personaje de Solo para fumadores de Ribeyro, ¡una
chimenea humana!, fuma Derby… Y la cosa no es nueva: Phileas Fogg, el de La
vuelta al mundo en 80 días de Verne, toma un tren de Ferrocarriles del
Sudeste de Francia y Alta Italia; En César Birotteau de Balzac usan
perfume Popinot; en Ana Karenina de Tolstoi toman champaña Clicquot, y
en Los miserables de Victor Hugo usan jabón Marius.
Nuestro Cepeda Samudio muestra sentido de pertenencia con la cervecería donde trabajó. La menciona en varios relatos, como en Desde que compró la cerbatana:
“Juana vive en una casa alta y desde todas partes se ve el campo de fútbol del estadio (...) En el piso de abajo está “El Pez que Fuma”. Hacia atrás no se puede mirar, pues las veinte botellas gigantescas del inmenso aviso de cerveza Águila lo cubren todo”.
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