(Columna publicada en Papel Salmón del diario La Patria, de Manizales)
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El
presidente estadounidense Donald Trump expresó la intención de adquirir la isla
más grande del mundo. Poseerla le daría ventajas económicas, militares y
políticas al país norteamericano. Así, el tesoro cultural de sus habitantes,
los inuit, está en riesgo de desaparecer.
El siguiente no es realismo mágico; es una muestra del animismo de los inuit de Groenlandia:
“Nosotros
creemos que los árboles del bosque son seres vivientes a los que no falta más
que la palabra. Por eso no nos gusta pasar la noche en medio de ellos. Los que
por azar se han visto obligados a hacerlo refieren que, en la oscuridad, las
ramas cuchichean y gimen en una lengua que ellos no han podido entender”.
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| Knud Rasmussen |
Esta
bella idea y mil más se leen en De
Groenlandia al Pacífico. Dos años de intimidad con tribus esquimales
desconocidas. La odisea helada del antropólogo y escritor groenlandés Knud
Rasmussen, nacido en 1879 y muerto en 1933, dueño de una existencia colmada de
aventuras.
El
citado libro contiene narraciones extraordinarias, cuya historia principal es el
cruce del Paso del Noroeste, conectando el estrecho de Davis y el estrecho de
Bering. Rasmussen es el primer expedicionario en lograr esta hazaña. Las peripecias
comienzan en la puerta del frío, Groenlandia, situada entre los océanos
Atlántico y Ártico, a bordo de embarcaciones que desafían un mar atestado de
hielos flotantes, algunos inmensos como islas, sobre todo en verano cuando por
ratos se hace impracticable. Siempre con rumbo al extremo norte del continente
americano. El viajero visita regiones cercanas al polo, las más alejadas del
ecuador terrestre habitadas por seres humanos. Allí, valiéndose de trineos
tirados por perros, bordea la costa con rumbo a occidente, para salir al océano
Pacífico. “Dadme invierno y dadme perros y podéis quedarte con el resto”,
manifiesta este etnógrafo y explorador polar, quien estudió como ninguna otra persona
las culturas inuit, es decir, esquimales.
Planes de Trump
El
presidente de Estados Unidos revive el viejo anhelo de los dirigentes gringos
de comprar Groenlandia. Hace unos meses, su hijo fue allí a mirar no más; el
último fin de semana de marzo de 2025, altos funcionarios del gobierno del país
norteamericano, entre ellos el vicepresidente J. D. Vance, visitaron la isla,
en especial una base militar gringa, en un claro signo de acoso rechazado por
el primer ministro de la isla J. Frederik Nielsen. Se ponen sobre la mesa
historias que parecen ficciones y dan cuenta de que esos no son terrenos
baldíos de los que cualquiera puede apropiarse con dinero. O como ellos, los
estadounidenses, acostumbran hacer: mediante el uso de la fuerza, acorralan a
los pueblos hasta que no tienen más alternativa que ceder a sus pretensiones.
Viejo
anhelo, digo, porque desde el siglo antepasado, cuando le compraron Alaska a
Rusia, lanzaron la propuesta de adquirir Groenlandia. Y posteriormente, después
de cada Guerra Mundial y durante la Guerra Fría han renovado su intención de
quedarse con la isla que hace parte del reino de Dinamarca. Por eso nada que
abandonan su base militar.
Por
supuesto, las motivaciones son económicas, políticas y militares. La ubicación
geográfica les resulta estratégica. Está a medio camino entre Nueva York y
Moscú. Relativamente cerca del Reino Unido y Europa. La riqueza mineral de su
suelo es grande. Tiene petróleo, gas y metales de tierras raras, útiles en las
industrias de aviación y militar. Consciente de que el Ártico se está
descongelando por efecto del calentamiento global, la dirigencia estadounidense
sabe que, en unos diez años, muchos tesoros que se mantienen protegidos por el
hielo, podrán ser explotados fácilmente.
Es
de anotar que las relaciones entre la isla y Dinamarca son tensas, Groenlandia
quiere independencia y el país europeo suele quejarse de que le resulta muy
costoso mantenerla. Así, los gringos pretenden pescar en río revuelto, como se
dice coloquialmente.
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| Nuuk, la capital groenlandesa. |
Groenlandia está habitada por unas 60 mil personas pertenecientes a comunidades indígenas, predominantemente inui o esquimales, que basan su economía en la caza y la pesca.
En los últimos años intentan diversificar con propuestas turísticas.
Relatos
Desde
el tercer milenio antes de nuestra era, los exploradores y navegantes visitan
Groenlandia. Esta ha hecho parte de Islandia, Noruega y Dinamarca, en distintos
momentos. Los griegos clásicos la mencionan con el nombre Thule, el lugar más remoto.
En las sagas groenlandesa y la de Erik el Rojo, se cuenta que este vikingo
noruego llegó allí en el siglo X, proscrito por asesinato múltiple. Decidió
llamarla Groenlandia, que quiere decir Tierra Verde, aunque solo es verde en
verano, cuando el territorio se descongela.
La
hemos visitado en decenas de historias de exploradores. En Las aventuras del capitán Hatteras, de Julio Verne, él y sus
navegantes arriman a la isla, última estación donde pueden aprovisionarse de
víveres y perros, para su conquista del polo; en El secreto de Maston o Sin
arriba y sin abajo, del mismo autor, se alude a una sociedad secreta
estadonidense que, en subasta pública y ante las potencias mundiales, compra el
Polo Norte para explotar sus minerales, en especial, la hulla.
Volviendo
a Rasmussen, el etnólogo —que también fue actor y guionista de películas—, leamos
un fragmento del origen del mundo, incluido en su libro Mitos y leyendas Inuit:
“Hace
mucho, mucho tiempo, cuando aún no existía la Tierra, cayó de lo alto; tierra,
montañas y piedras, de arriba, del cielo; así apareció la Tierra.
Cuando
apareció la Tierra, llegaron las personas. Cuentan que brotaron de ella. Unos
niños muy pequeños surgieron de la tierra; salieron entre unos arbustos de
sauce, cubiertos de follaje, y quedaron entre las ramas, pataleando con los
ojos cerrados; ni gatear sabían. Su alimento lo sacaban de la tierra.
Así
fue como hubo muchos seres humanos.
Cuando
fueron numerosos, quisieron perros. Un hombre salió con una correa de perro en
la mano y empezó a patear la tierra al grito de «¡Hoc! ¡Hoc, hoc!».
En
ese instante, empezaron a salir perros de montículos de tierra corriendo a todo
correr; y se sacudieron bien, porque estaban llenos de arena. Así fue como los
hombres consiguieron perros.
Pero
los hombres se multiplicaron; cada vez había más. No conocían la muerte hace
mucho, mucho tiempo, y vivían muchos años; tantos que al final no podían andar,
se quedaban ciegos y tenían que tumbarse.
Tampoco
conocían el sol, vivían en la oscuridad; el día jamás clareaba. Solamente había
luz dentro de las casas; quemaban el agua en lámparas. En aquellos tiempos el
agua ardía.
Pero
los hombres, que no sabían morir, empezaron a ser tantos que colmaron la
tierra; entonces el mar lo arrasó todo. Muchos se ahogaron y su número se
redujo. Podemos ver huellas de esta gran inundación en las cumbres más altas,
donde no es raro hallar moluscos”.
No es necesario ser adivino para saber que en poco tiempo, con el afán expansionista de Trump, oiremos hablar más de los habitantes de la isla más grande de la Tierra.



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