(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 23 de febrero al 1 de marzo de 2026)
Cierta
vez leí una columna de Umberto Eco en la que un estudiante, por fastidiar, le
preguntó al maestro: ¿en la época de internet, para qué sirve usted? El
italiano —que murió el 19 de febrero de 2016— le respondió al provocador: los
profesores, aparte de informar, deben formar. Lo que no hace la red.
Hablo
de Eco precisamente desde la faceta de docente: fue el primer campo en el que
se conoció y es el rol que ejerció a toda hora: en conferencias; columnas;
ensayos como Obra abierta y Tratado de semiótica general; novelas como
El péndulo de Foucault o Número cero, y relatos infantiles como Los tres astronautas.
Su
obra se lee con gozo. Pero, confieso, prefiero El nombre de la rosa y Signo.
Aquella, una novela que cabalga en lo histórico, lo policíaco y lo filosófico. En
1327, crímenes ocurridos en un monasterio roban la atención de un monje detective.
La intriga bien urdida ronda en torno a un libro prohibido sobre la comedia. Se
reflexiona sobre la risa, elemento subversivo que desencadena los asesinatos. Y
Signo, con tono cálido y cercano,
enseña que los humanos producimos signos comunicativos constantemente para
movernos en sociedad como peces en el agua. Un agua infestada de mensajes
hechos de señales, íconos, palabras… El prólogo es un cuento en el que seguimos
a un personaje, Sigma, en su continua relación con los signos, la cual no
percibe: “(…) el médico examina las palmas de las manos de Sigma y ve que
tienen manchas rojas irregulares: «Mal signo —murmura—. ¿No beberá usted
demasiado?». Sigma lo reconoce: «¿Cómo lo sabe?»”.

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