(Columna publicada en la revista Generación del periódico El Colombiano el 23 de septiembre de 2024)
https://www.elcolombiano.com/generacion/criticos/luis-tejada-y-su-enfermedad-cronica-FF25465514
Este antioqueño es uno de los periodistas literarios más importantes de
Colombia. También es uno de los menos recordados.
Como la memoria es la facultad de
olvidar, muchos parecen creer que el mundo fue inventado ayer por la tarde. Por
ejemplo, numerosas personas mencionan, por audaces, plumas de periodistas
literarios que han escrito en los periódicos colombianos de la segunda mitad
del siglo veinte a esta parte. Evocan crónicas y columnas de esas plumas sobre
temas políticos, culturales, sociales o de costumbres. Elogian la lucidez de
sus pensamientos y el humor inteligente que a veces aflora en esas piezas
narrativas. Sin embargo, pocas personas se refieren a los periodistas
literarios de tiempos más viejos. Pareciera que el periodismo de calidad lo
hubieran inventado los más recientes.
Entre los menos recordados está
Luis Tejada, un cronista y columnista que derrochó su ingenio en periódicos
liberales de los primeros años del siglo veinte. El 17 de septiembre se cumplen
cien años de su muerte y, como se sabe, esto de los aniversarios puede servir
de ayuda mnemotécnica para recordar su nombre y su obra.
Tejada nació en
Barbosa, al norte del Valle de Aburrá, el 7 de febrero de 1898, en el seno de
una familia de académicos. Su padre, Benjamín Tejada, fue fundador de
periódicos y colegios en diversos municipios antioqueños; su prima, Lucy
Tejada, fue pionera entre las mujeres dedicadas a las artes plásticas; su
madre, Isabel Cano, estaba emparentada con intelectuales, entre quienes se
destacan María Cano, La Flor del Trabajo, y Fidel Cano, fundador de El
Espectador.
Después de unos años en los que nuestro autor
invitado parecía inclinado a la educación —el lado Tejada—, algunas
incompatibilidades entre su espíritu libre y moderno con los principios de la
institución en la que se formaba terminaron por llevarlo más bien a la otra
orilla de las inquietudes culturales de la familia: el periodismo —el lado Cano—.
La primera columna la publicó en el diario fundado por su pariente, el 7 de
septiembre de 1917. Fue el inicio de una carrera en el periodismo literario, en
el que sus columnas y crónicas hicieron las delicias de numerosos lectores,
que lo bautizaron “Príncipe de los cronistas colombianos”.
Tres años después de su debut, publicó, en El Espectador una columna titulada “El himno”, el 23 de septiembre de 1920.
“La Cámara ha nombrado una comisión de su seno para
que estudie la manera de suprimir en el Himno Nacional el verso “Cesó la
horrible noche”, que los españoles pueden considerar depresivo, según afirmó
uno de los honorables representantes.
Aunque con los honorables representantes parece
inútil acariciar alguna esperanza feliz, yo espero, sin embargo, que ese
proyecto no pase en la Cámara. ¿Con qué derecho se quiere mutilar ferozmente lo
más viril y hermoso que hay en ese himno? Yo no admiro todas las estrofas del
canto, y algunas me parecen decididamente malas. Pero creo que ni una sola de
las malas o de las buenas sería perdonable suprimir. El pueblo ya ha acumulado
sobre esos versos innúmeras supersticiones, ya los ama así como están y así los
sabe de memoria, ya cada una de esas palabras posee un influjo secreto, una
sugestión misteriosa que ilumina y entusiasma a la multitud. Es algo clásico, sagrado
e inviolable, y poner mano en él constituiría una especie de sacrilegio”.
Los lectores de El Espectador, El Universal, El
Tiempo, La Nación, El Sol, Buen Humor y Cromos, por donde pasó volando su
pluma, se dieron cuenta de que su fortaleza era la observación detenida de los
pequeños detalles de la vida y muchos de ellos buscaban el periódico solo por
hallar el texto de Tejada. Él, por su parte, entendió rápido que en los
pequeños detalles hallaba indicios de transformaciones significativas. En alguna
columna se autodenominó “el pequeño filósofo de lo cotidiano”.
Luis Tejada creció con el siglo veinte. Amante
apasionado de la vida urbana, sentía un placer indescriptible al sentir que los
escasos autos de la ciudad pasaran cerca del faldón de su saco de paño y le
dejaran su aliento de gasolina en la cara. Vivió la llegada de la modernidad. En
la literatura, el simbolismo; en lo social, la industrialización, las máquinas,
lo artificial y el individualismo.
Los vientos de la época soplaban fuerte las ideas
de izquierda. Los libros de Lenin y otros de la Revolución Rusa entraron en su
biblioteca y en su cabeza, e hicieron del suyo un liberalismo cercano al
comunismo, como el de sus amigos Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán.
“En relación con el trabajo de la mujer y del
hombre, va abriéndose paso en todas partes el principio equitativo de que «a
igualdad de prestación corresponde igualdad de trabajo», porque es obvio, que
en los casos en que la mujer pueda sustituir al hombre, rindiendo el mismo
trabajo, deba recibir también el mismo salario”. Expresó en una de sus últimas
columnas.
A las observaciones minuciosas y
agudas les sumó reflexiones profundas e imaginación desbordada. Y así, el humor
inteligente, ese que no se desgasta con las relecturas y repeticiones, aparecía
solo por mencionar las situaciones cotidianas. Los suyos eran temas políticos,
sociales y culturales, colmados de ingenio y hondura, de ideas que se respaldan
unas a otras y puntos de vista originales. Entre los escritos alusivos a
asuntos cotidianos, aludía a estos con la familiaridad que le tenemos a un
pariente en especial con quien nos reímos y peleamos sin consecuencias.
Tejada habló de cosas
aparentemente anodinas, siempre inquietantes: las relaciones que tenemos con la
vida, las personas, los animales, los objetos; la salida de los trabajadores de
las fábricas y las tiendas; del viaje en tren; de estar en la calle; de libros;
de la higiene; de los gatos; de la fiebre futbolera; de llevar barba; de los
sombreros, de las faldas...
“El
cronista ha visto esta mañana unos pequeños zapatos (no preguntéis dónde ni
cómo), ha visto unos pequeños zapatos de piel blanca colocados sobre un mueble,
en esa actitud vigilante y cordial que adoptan los zapatos decentes cuando una
mano los ha dejado por allí con especial atención; al verlos juntos y
silenciosos, podría pensarse en esos seres unidos por una larga y probada
amistad que se quedan a veces muchas horas callados, aparentemente
indiferentes, pero enlazados en el fondo por un hilo de comprensión mutua y
fuerte.
El
cronista sintió con rara intensidad la visión de aquellos menudos, delicados y
deliciosos zapaticos de mujer. ¿Que —pensó— no es mucho más bello el zapato que
el pie mismo? El pie, no el pie ideal que cantan los poetas, sino el pie real y
verdadero, con callos o sin callos, con dedos encogidos o estirados, con uñas
atrofiadas o completas, el pie pequeño o grande, gordo o delgado, por perfecto
que sea siempre es feo, porque siempre está ineludiblemente deformado,
apachurrado más o menos, frío o torpe. En cambio, ¡cuán alado, fino y pulcro es
un zapatico bien hecho! ¡Cómo vuela, inquieto, sobre la acera o se balancea con
mimo bajo la falda, cuando la dama cruza la pierna! ¿Creéis que con los pies
desnudos podría caminar una mujer como camina, bailar como baila, sentarse como
se sienta? No, el zapato le da vida al pie, lo agiliza, le coloca alas
delicadas y veloces, le comunica algo del encanto felino del raso o de la
pulida aristocracia de la piel curtida. El zapato viene, en resumen, a
perfeccionar el pie. Además de que por sí solo, un zapatito es lo
suficientemente voluptuoso y sensible para infundir un amor o para merecer un
beso”. (El Espectador, Medellín 3 de diciembre de 1920.)
Luis Tejada murió de tuberculosis en Girardot, sitio al que fue a radicarse con su esposa, la pereirana Julia Gaviria, tras obedecer una recomendación médica que resultó inútil. En su vida breve, dejó más de quinientos escritos de periodismo literario. Están recopilados en El libro de crónicas, publicado pocos meses antes de morir, con carátula ilustrada por Ricardo Rendón, y en las compilaciones póstumas Gotas de tinta (1977), Mesa de redacción (1989) y Nueva antología de Luis Tejada (2008). Más por la calidad de su escritura que por su cantidad, el barboseño merece un sitio en los altares de la literatura y una neurona encendida en la memoria de los colombianos.
John que buena columna no conocía nada de él. Increíble que estuviera abogando por la igualdad salarial y social de las mujeres. Esa apología a los zapatos femeninos, divina. Usted un excelente cronista como siempre
ResponderBorrarLinda y muy datiada nota sobre un pilar del periodismo literario. Felicitaciones querido John.
ResponderBorrarHola buenas tardes soy historiadora y me parece importante resaltar a estos escritores
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