domingo, 29 de septiembre de 2024

Capote, rey de lo cotidiano

(Columna publicada en la revista Generación del periódico El Colombiano el 27 de septiembre de 2024)


https://www.elcolombiano.com/generacion/criticos/capote-rey-de-lo-cotidiano-MK25495988



En los cien años del natalicio de Truman Capote, dediquemos unos minutos a hablar de su obra en la que la no ficción ocupa un sitio fundamental.

 

 

Sucede a todos los artistas, con escasas excepciones: escriben mucho y seguido y, por tanto, es normal hallar en ellos ciertos altibajos. Piezas mejor logradas que otras. Aunque, claro, la lista de excepciones es, en gran medida, subjetiva; depende del gusto y el conocimiento estético de quien lee. Incluyo en ella a Truman Capote, el narrador que este 30 de septiembre cumpliría cien años de edad, de no haber muerto como lo hizo en 1984. No exagero al decir que cualquier escrito suyo, hasta los apuntes de compras del mercado, constituyen un placer perdurable.


Capote nació en Nueva Orleans, Estados Unidos, y recibió el nombre de Truman Streckfus Person. Cuando su madre se unió, en un segundo matrimonio, a un comerciante canario, el muchacho tomó el apellido de este y así se le fue conociendo, primero en el entorno campesino donde pasó los primeros años; después, en las urbes, en el ámbito literario y en el jet set, del que hizo parte con deleite.


¿Quién, que se llame lector, no ha leído alguna de sus obras, novelas, cuentos, crónicas o guiones cinematográficos? Música para camaleones, El arpa de hierba, A sangre fría, Desayuno en Tiffany’s… están entre los títulos más celebrados del escritor de la tierra del jazz. Los afortunados lectores suelen comentar sus historias pobladas de personajes auténticos y ambientes plácidos, y su narración impecable y seductora.


Lo primero que leí de Capote fue “Un recuerdo navideño”, relato de 1956, en el Suplemento Dominical de El Colombiano. Y desde esa remota tarde, el mago comenzó a ser parte de mi familia literaria. Basta leer algún fragmento de este cuento para que cualquiera quede envenenado con su prosa de por vida. Veamos las primeras líneas:


“Imaginad una mañana de finales de noviembre. Una mañana de comienzos de invierno, hace más de veinte años. Pensad en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su principal característica es una enorme estufa negra; pero también contiene una gran mesa redonda y una chimenea con un par de mecedoras delante. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos.


Una mujer de trasquilado pelo blanco se encuentra de pie junto a la ventana de la cocina. Lleva zapatillas de tenis y un amorfo jersey gris sobre un vestido veraniego de calicó. Es pequeña y vivaz, como una gallina de Bantam; pero, debido a una prolongada enfermedad juvenil, tiene los hombros horriblemente encorvados. Su rostro es notable, algo parecido al de Lincoln, igual de escarpado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida.


—¡Vaya por Dios! —exclama, y su aliento empaña el cristal—. ¡Ha llegado la temporada de las tartas de frutas!


La persona a la que habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y tantos. Somos primos, muy lejanos, y hemos vivido juntos, bueno, desde que tengo memoria. También viven otras personas en la casa, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y nos hacen llorar frecuentemente, en general, apenas tenemos en cuenta su existencia. Cada uno de nosotros es el mejor amigo del otro. Ella me llama Buddy, en recuerdo de un chico que antiguamente había sido su mejor amigo. El otro Buddy murió en los años ochenta del siglo pasado, de pequeño. Ella sigue siendo pequeña”.


Y, bien, la historia entretenida de dos amigos dispares, pero identificados por su espíritu alegre, comienza a desarrollarse. Confieso que este se convirtió en uno de mis cuentos preferidos.


Después, el impacto lo recibí, ya no con una pieza literaria propiamente dicha, sino con el “Prefacio” de Música para camaleones, un libro que contiene cuentos, una novela de no ficción y entrevistas. Publicado por vez primera en 1980, en estas palabras previas Capote explica —lo diré en pocas palabras para quienes no lo conocen o lo olvidaron— cómo ha sido su proceso creativo desde que empezó a escribir siendo un mocoso de ocho años, cuando encontró en esta actividad una manera de no estar solo y “sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo”. Escribía de cualquier tema y en cualquier género: aventuras, crímenes, cuentos. Y hallaba en eso algo absolutamente divertido, hasta que entendió la diferencia entre escribir bien y mal. En ese momento halló que el asunto, si bien no dejaba de ser gozoso, tenía un grado de dificultad y exigencia que no podía soslayar. Años después, luego de muchos escritos, algunos publicados en revistas, varios libros y guiones cinematográficos, entendió la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero. Sufrió, porque, al revisar su producción halló que no se había exigido tanto como podía. Tal reflexión desembocó en este planteamiento: “¿Cómo puede un escritor combinar con éxito en una sola estructura —digamos el relato breve— todo lo que sabe acerca de todas las demás formas literarias?”. Se responde: “Un escritor debería tener todos sus colores y capacidades disponibles en la misma paleta para mezclarlos y, en casos apropiados, para aplicarlos simultáneamente”. Así, pues, arrojó al cesto de la basura la bizantina discusión de los géneros literarios, para no sentirse enjaulado en ninguno de ellos, sino usar las expresiones necesarias y los recursos efectivos, en cualquier escrito, con tal de conseguir la fuerza narrativa.


En fin. Este asunto que parece más bien técnico y una tribulación del escritor que el lector no tiene por qué sentir, sirve a este para comprender la evolución creativa de un autor que jamás abandonó la experimentación. A diferencia de otros que hallan la fórmula que les funciona una y otra vez y no se atreven a abandonarla jamás. El resultado de esas reflexiones y experimentaciones es, dice el autor en ese “Prefacio”, el libro que presenta. En el relato que da título al volumen se lee:


“Es alta y esbelta, quizá de setenta años, pelo plateado y soigné, ni negra ni blanca, del color oro pálido del ron. Es una aristócrata de la Martinica que vive en Fort de France, aunque también tiene un piso en París. Estamos sentados en la terraza de su casa, graciosa y elegante, que parece hecha de encajes de madera: me recuerda a ciertas casas antiguas de Nueva Orleans. Bebemos té de menta con hielo, levemente sazonado con ajenjo.


Tres camaleones verdes echan a correr a través de la terraza; uno se detiene a los pies de madame chasqueando su ahorquillada lengua, y ella comenta:

—Camaleones. ¡Qué excepcionales criaturas! La manera en que cambian de color. Rojo. Amarillo. Lima. Rosa. Espliego. ¿Y sabía usted que les gusta la música?”

 

Capote es un etnógrafo y usa la realidad y, más aun, la cotidianidad, como materia prima. Una realidad con la que no suscribe un compromiso de no tergiversar, de no ficcionar en ciertos casos. La suya es una etnografía aplicada no a grandes grupos humanos, como hacen los antropólogos, sino a individuos y pequeñas comunidades de conocidos o vecinos, como hacen los escritores.


Por eso no debe extrañar a nadie que de su pluma saliera Color local, un libro de crónicas de viaje, apuntes, notas, bocetos sobre personas, lugares, paisajes, calles y fachadas de casas de diversos sitios del mundo. Destaca precisamente lo autóctono y auténtico, lo que hace único a cada paraje. Sus gentes, la forma de hablar, de negociar, la música, el color de las casas, las comidas que preparan y comparten. Observaciones profundas y descripciones claras envueltas en una narrativa precisa.


Tal vez a algunos les parecerá extraño —y no tan importante— la siguiente apreciación: una de las características de Capote es su ajustado uso de la puntuación. Sí, ese asunto que unas personas desdeñan por considerarlo secundario, en él es una obsesión. Ya lo era en Color local, su tercera obra. Su manejo escrupuloso de la puntuación permite que la narración limpia y natural fluya tranquila o agitada, según el caso, y siempre vigorosa, como un arroyo en época de lluvias. Se trata de un elemento importante en su estilo; marca el ritmo del relato y, claro, de la lectura. Ritmo que habla de la musicalidad interna de un narrador —¿el jazz?— que, como pocos, consigue transmitirla. Y, repito, no es una tontería. Los escritores suelen usar bien los signos y, si no, existen correctores que acuden a limpiar sus desastres, pero en Capote es algo propio, natural, otra cosa.


En la obra citada, bajo el título “Una casa en Brooklyn Heights”, se lee:


“(…) Vivo en Brooklyn. Por elección.


Es posible que aquellos que ignoren sus atractivos se pregunten por qué. Pues, considerándola en su conjunto, se trata de una comunidad poco acogedora. Una auténtica sábana de mal gusto, agravado incluso por los noms des quiartiers: Flatbush, Flusing Aveneu, Bushwick, Brownsville, Red Hook. Sin embargo, en medio de este gris mugriento donde el verde no existe, aparecen oasis, espléndidas contradicciones, vigorosos ecos de días más prósperos. De todos estos aparentes espejismos, el ejemplo más típico es el vecindario donde vivo, una zona conocida como Brooklyn Heights. Heights porque se halla en una elevación que permite contemplar a vista de pájaro los puentes de Manhattan y sus aguas surcadas de barcos, que desembocan en la bahía y circundan a Miss Liberty, en pose permanente.


No conozco mucho la historia de Brooklyn Heights. Sin embargo, creo (pero, por favor, no se fíen de mí) que la casa más antigua, que todavía existe y está habitada, pertenece a nuestros vecinos de la parte de atrás, el señor y la señora Philip Broughton. Se trata de una casa de estilo colonial, de madera gris plateada, sombreada de frondosos árboles. Fue construida en 1790, y en ella vivió un capitán de barco. Los grabados de la época muestran la zona de Brooklyn Heights como un puerto acogedor con abundancia de veleros; y, de hecho, gran parte de las mejores casas de la zona, en particular las de estilo federal, se construyeron con la idea de albergar a familias de capitanes de barcos mercantes. Estas casas son serenamente austeras, tan elegantes y tan de otra época como las tarjetas de visita formales, y nos hablan de un tiempo caracterizado por los criados competentes y un sólido bienestar doméstico; de caballos enjaezados con campanillas (abundan las antiguas empresas de carruajes, de ladrillo de color rosa; naturalmente, ahora están todas convertidas en agradables viviendas, aunque de un estilo como de casa de muñecas); evocan espectros de padres barbados y navegantes y esposas con toca que los esperaban en casa: abnegados padres de una extensa prole de futuros banqueros y elegantes esposas. Así debieron de ser las cosas durante un siglo: una época de calles arboladas, avenidas de lánguidos sauces, perfumados jardines de agosto llenos de abejorros, los barcos que hacen sonar la sirena en el río, velas al viento, y un prado verde que desciende hasta el puerto, un prado donde pace el ganado y vuelan las mariposas, donde los niños se tumban y dejan pasar entre la brisa las tardes de verano, donde los trineos golpean las nieves de diciembre”.


Y continúa contando, sí, a partir de la duda, pero dando la impresión de poseer un conocimiento superior al que confiesa, sobre las transformaciones arquitectónicas de este distrito neoyorkino. Líneas abajo, pinta relaciones con vecinos. Se reúne con uno u otro a charlar de noche y beber martinis.

 

¿Cómo no mencionar la revolución creativa más importante del genio de Nueva Orleans? La novela de no ficción. Una propuesta que funde definitivamente el periodismo y la literatura. A finales del decenio de 1950, leyó una noticia sobre la masacre de una familia de apellido Clutter, en su propia casa situada en Holcomb, Kansas. El móvil: robo de dinero. Pero, al revisar, las autoridades encuentran que los asesinos solo se llevaron unos cuantos dólares. Pensó que este acontecimiento podía llevarse a la literatura. Por más de cinco años estuvo en contacto con investigadores del FBI, estudió informes policiales, entrevistó a testigos y, más tarde, a los criminales, Perry Smith y Richard Hickock, en la prisión. Algunos de sus contemporáneos —Norman Mailer, entre ellos— no entendían la actitud de Truman Capote. Creían que perdía el tiempo. Sorprendió a todos con la publicación, en 1966, de A sangre fría, la novela de no ficción en la que narró este caso. Más tarde, el mismo método lo usó en Ataúdes tallados a mano, novela sobre homicidios sucesivos en los que el asesino enviaba previamente a cada víctima un ataúd en miniatura, cuyo interior guardaba la fotografía del destinatario de aquel paquete macabro. Quedó claro que la realidad como materia prima de los relatos podía conseguir el mismo impacto que la ficción.

 

Con ciertos escritores sucede que, a través de sus obras, uno va tejiendo un vínculo parecido al de la amistad o el parentesco. Si está muerto o muere de pronto es una tragedia, porque tarde o temprano agotamos cuanto haya escrito y publicado. Cuando esto sucede, echamos en falta su ausencia como la del más noble de los perros o el más cercano de los familiares que hayamos despedido un día.


Algo así sucede con Truman Capote. Del mismo modo que ahora festejamos que hubiera nacido hace cien años para endulzarnos la existencia con sus palabras, hace un mes lloramos que hubiera muerto y, por tanto, interrumpido irresponsablemente el flujo de sus creaciones para nuestra desgracia.


No sé si Capote también sufría de este síndrome del “lector huérfano”, por decirle así, o era su personaje de “Una luz en la ventana”. Este relato, incluido en Música para camaleones, narra la velada nocturna con una mujer solitaria y amante de los gatos, ocurrida en la casa de ella, en medio del campo. “Hablamos de Jane Austen («Ah, Jane. Mi tragedia es que he leído sus libros tan a menudo que me los sé de memoria»)”. Si no era él, sino ella, es claro que conocía la existencia de tal padecimiento.


En tal situación, aparte del consuelo eficaz de la relectura, solo queda la esperanza, débil y a punto de extinguirse como una llamita al viento, de que aparezca algo inédito de tal escritor. Algún texto aunque se trate de uno menos cuidado, que él se hubiera olvidado de destruir.


En el caso de Capote, ha habido varios hallazgos afortunados. Crucero de verano fue encontrado por su abogado y amigo Alan Schwartz, en 2004. Es una novela escrita a los 19 años, en la que cuenta que las vacaciones son importantes para quien se queda y no se va de viaje. Grady McNeil, una joven de 17 años, persuade a sus padres de que ella bien puede quedarse en casa mientras ellos van de excursión. Secretamente, tiene un motivo: está enamorada de un sujeto mayor, rudo, veterano de guerra y, claro, quiere estar con él. En 2006 gozamos con Un placer fugaz. Cartas, sencillas e inocuas las más de ellas, en las que Capote apenas dice algo, reclama a alguien porque hace tiempos no le escribe o comenta naderías con genialidad. En 2013, el editor suizo Peter Haog descubrió, en la Biblioteca Pública de Nueva York, catorce cuentos escritos durante la adolescencia. Se publicaron dos años más tarde como Historias tempranas de Truman Capote.


Vale la pena esperar que el Azar vuelva a meter su mano. Un estudioso o pariente ávido de dinero pueden “descubrir” el tesoro de algún texto al hurgar cajones y, después, cruzarse con un editor interesado en publicarlo… Si tales acontecimientos ocurrieran otra vez, llegaría un alivio. Arrojarían un bocadillo a los lobos hambrientos.

 


viernes, 27 de septiembre de 2024

Amistad

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN en semana del 23 al 29 de septiembre de 2024)

 

 

La amistad de Simón y Frutos contada en “Simón el mago” de Tomás Carrasquilla es similar a la de Buddy y la mujer “pequeña y vivaz, como una gallina”, referida en “Un recuerdo navideño” de Truman Capote.


Ambas, integradas por un niño y una anciana: el menor de los integrantes de una familia y la mujer encargada de las labores domésticas. Espíritus risueños que sufren los rigores de los demás de la casa.


En el cuento de nuestro paisano se lee: “Al darme cuenta de que yo era una persona como todo hijo de vecino, y que podía ser querido y querer, encontré a mi lado a Frutos, que, más que todos y con especialidad, parecióme no tener más destino que amar lo que yo amase y hacer lo que se me antojara”.


En el del gringo genial se cuenta: “Tengo siete años; ella, sesenta y tantos. Somos primos, muy lejanos, y hemos vivido juntos, bueno, desde que recuerdo. En la casa también viven otras personas, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros y nos hacen llorar frecuentemente, en general, apenas tenemos en cuenta su existencia. Los dos somos el mejor amigo del otro. Ella me llama Buddy, en recuerdo de un chico que había sido su mejor amigo, hace ya mucho tiempo. El otro Buddy murió de pequeño, en los años ochenta del siglo pasado. Ella sigue siendo pequeña”.


La amistad se presenta en la literatura de mil y una maneras, y en mil y un relatos. Se da entre animales, animales y personas, bandidos, caballeros y escuderos, y mujeres sometidas… En el mes de la amistad, pensemos en estos dos pares de amigos, disímiles por fuera, semejantes por dentro. 

martes, 24 de septiembre de 2024

Luis Tejada y su enfermedad crónica

(Columna publicada en la revista Generación del periódico El Colombiano el 23 de septiembre de 2024)


https://www.elcolombiano.com/generacion/criticos/luis-tejada-y-su-enfermedad-cronica-FF25465514


 

Este antioqueño es uno de los periodistas literarios más importantes de Colombia. También es uno de los menos recordados.

 

 


Como la memoria es la facultad de olvidar, muchos parecen creer que el mundo fue inventado ayer por la tarde. Por ejemplo, numerosas personas mencionan, por audaces, plumas de periodistas literarios que han escrito en los periódicos colombianos de la segunda mitad del siglo veinte a esta parte. Evocan crónicas y columnas de esas plumas sobre temas políticos, culturales, sociales o de costumbres. Elogian la lucidez de sus pensamientos y el humor inteligente que a veces aflora en esas piezas narrativas. Sin embargo, pocas personas se refieren a los periodistas literarios de tiempos más viejos. Pareciera que el periodismo de calidad lo hubieran inventado los más recientes.


Entre los menos recordados está Luis Tejada, un cronista y columnista que derrochó su ingenio en periódicos liberales de los primeros años del siglo veinte. El 17 de septiembre se cumplen cien años de su muerte y, como se sabe, esto de los aniversarios puede servir de ayuda mnemotécnica para recordar su nombre y su obra.


Tejada nació en Barbosa, al norte del Valle de Aburrá, el 7 de febrero de 1898, en el seno de una familia de académicos. Su padre, Benjamín Tejada, fue fundador de periódicos y colegios en diversos municipios antioqueños; su prima, Lucy Tejada, fue pionera entre las mujeres dedicadas a las artes plásticas; su madre, Isabel Cano, estaba emparentada con intelectuales, entre quienes se destacan María Cano, La Flor del Trabajo, y Fidel Cano, fundador de El Espectador.


Después de unos años en los que nuestro autor invitado parecía inclinado a la educación —el lado Tejada—, algunas incompatibilidades entre su espíritu libre y moderno con los principios de la institución en la que se formaba terminaron por llevarlo más bien a la otra orilla de las inquietudes culturales de la familia: el periodismo —el lado Cano—. La primera columna la publicó en el diario fundado por su pariente, el 7 de septiembre de 1917. Fue el inicio de una carrera en el periodismo literario, en el que sus columnas y crónicas hicieron las delicias de numerosos lectores, que lo bautizaron “Príncipe de los cronistas colombianos”.

 

Tres años después de su debut, publicó, en El Espectador una columna titulada “El himno”, el 23 de septiembre de 1920.

 

“La Cámara ha nombrado una comisión de su seno para que estudie la manera de suprimir en el Himno Nacional el verso “Cesó la horrible noche”, que los españoles pueden considerar depresivo, según afirmó uno de los honorables representantes.


Aunque con los honorables representantes parece inútil acariciar alguna esperanza feliz, yo espero, sin embargo, que ese proyecto no pase en la Cámara. ¿Con qué derecho se quiere mutilar ferozmente lo más viril y hermoso que hay en ese himno? Yo no admiro todas las estrofas del canto, y algunas me parecen decididamente malas. Pero creo que ni una sola de las malas o de las buenas sería perdonable suprimir. El pueblo ya ha acumulado sobre esos versos innúmeras supersticiones, ya los ama así como están y así los sabe de memoria, ya cada una de esas palabras posee un influjo secreto, una sugestión misteriosa que ilumina y entusiasma a la multitud. Es algo clásico, sagrado e inviolable, y poner mano en él constituiría una especie de sacrilegio”.

 

Los lectores de El Espectador, El Universal, El Tiempo, La Nación, El Sol, Buen Humor y Cromos, por donde pasó volando su pluma, se dieron cuenta de que su fortaleza era la observación detenida de los pequeños detalles de la vida y muchos de ellos buscaban el periódico solo por hallar el texto de Tejada. Él, por su parte, entendió rápido que en los pequeños detalles hallaba indicios de transformaciones significativas. En alguna columna se autodenominó “el pequeño filósofo de lo cotidiano”.

 

Luis Tejada creció con el siglo veinte. Amante apasionado de la vida urbana, sentía un placer indescriptible al sentir que los escasos autos de la ciudad pasaran cerca del faldón de su saco de paño y le dejaran su aliento de gasolina en la cara. Vivió la llegada de la modernidad. En la literatura, el simbolismo; en lo social, la industrialización, las máquinas, lo artificial y el individualismo.


Los vientos de la época soplaban fuerte las ideas de izquierda. Los libros de Lenin y otros de la Revolución Rusa entraron en su biblioteca y en su cabeza, e hicieron del suyo un liberalismo cercano al comunismo, como el de sus amigos Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán.

 

“En relación con el trabajo de la mujer y del hombre, va abriéndose paso en todas partes el principio equitativo de que «a igualdad de prestación corresponde igualdad de trabajo», porque es obvio, que en los casos en que la mujer pueda sustituir al hombre, rindiendo el mismo trabajo, deba recibir también el mismo salario”. Expresó en una de sus últimas columnas.

 

A las observaciones minuciosas y agudas les sumó reflexiones profundas e imaginación desbordada. Y así, el humor inteligente, ese que no se desgasta con las relecturas y repeticiones, aparecía solo por mencionar las situaciones cotidianas. Los suyos eran temas políticos, sociales y culturales, colmados de ingenio y hondura, de ideas que se respaldan unas a otras y puntos de vista originales. Entre los escritos alusivos a asuntos cotidianos, aludía a estos con la familiaridad que le tenemos a un pariente en especial con quien nos reímos y peleamos sin consecuencias.


Tejada habló de cosas aparentemente anodinas, siempre inquietantes: las relaciones que tenemos con la vida, las personas, los animales, los objetos; la salida de los trabajadores de las fábricas y las tiendas; del viaje en tren; de estar en la calle; de libros; de la higiene; de los gatos; de la fiebre futbolera; de llevar barba; de los sombreros, de las faldas...

 

“El cronista ha visto esta mañana unos pequeños zapatos (no preguntéis dónde ni cómo), ha visto unos pequeños zapatos de piel blanca colocados sobre un mueble, en esa actitud vigilante y cordial que adoptan los zapatos decentes cuando una mano los ha dejado por allí con especial atención; al verlos juntos y silenciosos, podría pensarse en esos seres unidos por una larga y probada amistad que se quedan a veces muchas horas callados, aparentemente indiferentes, pero enlazados en el fondo por un hilo de comprensión mutua y fuerte.


El cronista sintió con rara intensidad la visión de aquellos menudos, delicados y deliciosos zapaticos de mujer. ¿Que —pensó— no es mucho más bello el zapato que el pie mismo? El pie, no el pie ideal que cantan los poetas, sino el pie real y verdadero, con callos o sin callos, con dedos encogidos o estirados, con uñas atrofiadas o completas, el pie pequeño o grande, gordo o delgado, por perfecto que sea siempre es feo, porque siempre está ineludiblemente deformado, apachurrado más o menos, frío o torpe. En cambio, ¡cuán alado, fino y pulcro es un zapatico bien hecho! ¡Cómo vuela, inquieto, sobre la acera o se balancea con mimo bajo la falda, cuando la dama cruza la pierna! ¿Creéis que con los pies desnudos podría caminar una mujer como camina, bailar como baila, sentarse como se sienta? No, el zapato le da vida al pie, lo agiliza, le coloca alas delicadas y veloces, le comunica algo del encanto felino del raso o de la pulida aristocracia de la piel curtida. El zapato viene, en resumen, a perfeccionar el pie. Además de que por sí solo, un zapatito es lo suficientemente voluptuoso y sensible para infundir un amor o para merecer un beso”. (El Espectador, Medellín 3 de diciembre de 1920.)

 

Luis Tejada murió de tuberculosis en Girardot, sitio al que fue a radicarse con su esposa, la pereirana Julia Gaviria, tras obedecer una recomendación médica que resultó inútil. En su vida breve, dejó más de quinientos escritos de periodismo literario. Están recopilados en  El libro de crónicas, publicado pocos meses antes de morir, con carátula ilustrada por Ricardo Rendón, y en las compilaciones póstumas Gotas de tinta (1977), Mesa de redacción (1989) y Nueva antología de Luis Tejada (2008). Más por la calidad de su escritura que por su cantidad, el barboseño merece un sitio en los altares de la literatura y una neurona encendida en la memoria de los colombianos.


viernes, 20 de septiembre de 2024

Lo real

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 16 al 22 de septiembre de 2024)

 

No sé a ustedes, pero a mí me parece sentir que, en los días que corren, en literatura, asistimos a un prestigio notable de lo real y de lo que parece real. Escuchamos a algunas personas decir que les gusta una película “porque se basa en un caso real”, “porque eso ocurrió de verdad”. Y, en ocasiones, tales producciones las promueven anunciando que “son casos de la vida real”.


Y en literatura es fuerte la corriente de los narradores a quienes se les nota el esfuerzo por mostrar los asuntos como intentando alejarse de cualquier apariencia de que las cosas tienen algo de ilusorio, irreal, ficción o fantasía, como si estas categorías fueran indeseadas. Como si la propaganda de que los hechos tratados son reales, le imprimiera un valor agregado. Y cuando se nota esfuerzo, las cosas no funcionan bien.


Tal vez un elemento que contribuye a tal prestigio es el auge de la auto ficción o “literatura del yo”. Por supuesto, no es nueva, viene de antiguo, pero la maestría de Marcel Proust, Paul Auster, Annie Ernaux y Patrick Modiano, ha conseguido seducir a numerosos escritores y ha calado en una cantidad de lectores.


Quienes creen que lo que “huele” a real es más valioso olvidan que, por una parte, aunque las historias partan de hechos ocurridos, al procesarlos en la mente y transmitirlos mediante el lenguaje, tales hechos ya no son plenamente los mismos que ocurrieron, sino una interpretación de ellos. Por otra, en los relatos imaginarios se transmiten las situaciones humanas con igual eficiencia. En literatura, ningún camino es inferior a otro. 

sábado, 14 de septiembre de 2024

La Luna

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 9 al 15 de septiembre de 2024)

 


Lunático quien se atreva a protestar porque la Luna tiene dos
efemérides. El 20 de julio es el Día de la Luna, debido a que en esa fecha de 1968, humanos la visitaron por vez primera. El 21 de octubre, el de la Observación de la Luna, aunque oscila desde el 14 de septiembre, porque es el período en que mejor se aprecia.


Los amantes del amor, la literatura y la misma Luna la contemplan desde antiguo. A Luciano de Samósata, escritor greco-sirio del siglo II, se atribuye la primera obra de ciencia ficción: Relatos verídicos. Cuenta de un viaje a ese destino y de la forma de vida de los selenitas:


“Tras la vejez, el hombre no muere, sino que, como el humo, se disuelve y convierte en aire. Su alimento es para todos el mismo: encienden fuego y asan ranas sobre el rescoldo —pues las ranas son muy abundantes allí, y vuelan—; una vez asadas, se sientan en círculo, como en torno a una mesa, aspiran el humo que asciende y se dan el festín. Así es su comida”.


Para que no digan que los científicos no imaginan, recordemos a Johannes Kepler, el alemán que estudió el movimiento planetario en torno al Sol. Escribió El sueño o Astronomía de la Luna, novela en la que un niño y su madre, gracias a un conjuro, viajan en sueños al astro durante un eclipse. De la primera edición se cumplen 400 años.


Después vendría el auge de este tema. Viaje a la Luna, de Cyrano de Bergerac; De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, y La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, de Edgar Allan Poe, son ejemplos del encanto que produce la observación de ese cuerpo celeste. 

viernes, 13 de septiembre de 2024

La montaña del tiempo

(Columna publicada en la revista Generación del periódico El Colombiano el 12 de septiembre de 2024)


https://www.elcolombiano.com/generacion/criticos/la-montana-del-tiempo-BD25409679


La montaña mágica, novela de Thomas Mann de cuya primera edición se cumplen cien años, aborda el tema del tiempo, una sustancia irreal y misteriosa.

 

 

Páginas de la primera edición de La montaña mágica
«Erstausgaben Thomas Manns» (2011).
Published by: Antiquariat Dr. Haack D - 04105 Leipzig. 


En el “Propósito”, las palabras preliminares de La montaña mágica, Thomas Mann dice que la historia que contará se remonta a un tiempo muy lejano y, por tanto, ya está cubierta “de una preciosa herrumbre”. Explica que los sucesos que pertenecen al pasado y, más aun los que tuvieron lugar en un “pasado remoto”, son más sólidos o, mejor dicho, están más consolidados que aquellos que acaban de suceder, pues, en la mente de las personas está la posibilidad de darles interpretaciones varias y acostumbrarse a las dudas irresolutas.


Uno cree entender lo que pretende decir el autor nacido en Lübeck en 1875 y muerto en Zúrich en 1955. Cuando unos hechos están separados del presente por una cantidad considerable de años, siglos quizá, parecen más indiscutibles, incluso más intocables, que si ocurrieran ahora mismo o hubieran ocurrido hace poco. Casi podría decirse, tienen la consistencia de una roca. Al referirnos a asuntos de un pasado viejo, los de hoy nos atrevemos apenas a contarlos lo mejor posible, sin agregar arandelas y sin mucho derecho a discutir sobre los comportamientos y las reacciones de los personajes involucrados.


Sin embargo, los acontecimientos a que se refiere el alemán en esas palabras preliminares y se dispone a contar en forma de novela —una novela publicada por primera vez en 1924, hace cien años—, sucedieron en el decenio inmediatamente anterior, el de 1910. De modo que cualquiera podría objetarle que no se trata de un “tiempo muy lejano” y, menos, de un “pasado remoto”.


Se ha dicho que La montaña mágica es una novela del Tiempo. ¿Quién lo ha dicho? El autor. Y al leerla, uno encuentra que tal elemento resulta tal vez más importante que cualquier otro, incluso el personaje central, un tal Hans Castorp. El Tiempo es una abstracción compleja en torno a la cual los humanos hemos decidido organizar la existencia, tanto la individual como la colectiva. Cada uno la percibe de distinta forma, aunque a veces tengamos la ilusión de que se trata de una sustancia estable y de apariencia objetiva. Sin contar que factores emocionales hacen del Tiempo una sustancia más incomprensible todavía, más subjetiva si se quiere.


O para decirlo con las palabras de Mann, así comienza el capítulo VI:


“¿Qué es el tiempo? Un misterio sin realidad propia y omnipotente. Es una condición del mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento”.


En el caso que nos ocupa, lo emocional es notable: en ese período de los sucesos la humanidad sufrió la Gran Guerra, que no solo interrumpió la escritura de la novela, sino que cambió diametralmente la forma de pensar del escritor. Primero apoyó la causa nacionalista —y militarista— y lo expresó en ensayos como Cartas desde el frente, Reflexiones durante la guerra y Consideraciones de un apolítico; después pasó a defender con vehemencia las ideas democráticas de la llamada República de Weimar. ¡Qué no sucedería en el ámbito de los sentimientos y las emociones, si así cambiaron los pensamientos! Las guerras y algunos otros eventos trascendentales pueden mutar ideas y percepciones del mundo.


La montaña mágica cuenta la historia de Hans Castorp, un “joven modesto y simpático” —como lo califica Mann en el “Propósito”—, estudiante de ingeniería naval, que acude a un sanatorio para tuberculosos situado en los Alpes suizos para visitar a su primo Joachim Ziemssen, interno allí. Una estancia prevista para tres semanas —que él consideraba prolongada antes de llegar—, se convirtió en una residencia de siete años.


“—¡Ya estás pensando en volver a casa! —contestó Jaochim—. Espera un poco, acabas de llegar. Tres semanas no son nada para nosotros; pero para ti, que estás de visita, tres semanas son mucho tiempo. Comienza, pues, por aclimatarte; no es tan fácil, ya te darás cuenta. Además, el clima no es aquí la única cosa extraña. Verás cosas nuevas de todas clases, ¿sabes? Respecto a lo que dices sobre mí, eso no va tan deprisa. Lo de «regreso dentro de tres semanas» es una idea de allá abajo. Es verdad que estoy moreno, pero se debe a la reverberación del sol en la nieve, y eso no demuestra gran cosa, como Behrens siempre dice. En la última consulta general me anunció que aún tenía para unos meses más”.


Como si estas palabras del primo, pronunciadas la noche de la llegada de Hans al asilo, fueran las de un profeta, Hans ve “cosas nuevas de todas clases”. En esos años enferma, se relaciona con los internos, el personal médico y los cuidadores de los pacientes; se enamora, estudia asuntos diversos como patología, embriología, fisiología, psicología; se interesa por los desahuciados y los moribundos; integra grupos de discusión de temas de política (capitalismo y burguesía versus anarquismo y comunismo) y de filosofía (monismo contra dualismo); asiste a carnavales; practica esquí durante el invierno; visita los pueblos cercanos; se interesa en el espiritismo; reflexiona sobre la enfermedad y la muerte; ve morir al primo... Le dan de alta, pero se rehúsa a marcharse. Y, así, entre estas y las otras, pasan los siete años. Recibe la visita de su tío James Tienappel, cuya motivación era arrancarlo de aquel sitio, sin éxito. Al final, llega la Guerra y se enrola como soldado.


Entonces, de este modo, Mann se encarga de mostrarnos una particularidad en nuestra relación con el Tiempo: nadie sabe cuánto durarán las cosas. Nadie tiene el control, por más que creamos lo contrario. Somos seres en el Tiempo y nuestras vidas se despliegan en él como en un fluido apropiado. Los momentos, las temporadas, las etapas se contraen o dilatan de acuerdo con las emociones y los sentimientos. El personaje principal se relaciona con uno u otro interno, se enreda en asuntos del alucinante paisaje de nieves perpetuas y de montañas sembradas de coníferas, donde el tiempo también parece congelarse y emparentarse con la eternidad, y se sumerge en el rol de los enfermos que, tras superar el desespero, no tienen afán por regresar al mundo agitado de las ciudades, o, mejor dicho, a la libertad de la salud.


“—Pero el tiempo debe pasar para vosotros relativamente deprisa —dijo Hans Castorp.


—Deprisa y despacio, como quieras —contestó Joachim—. Quiero decir que no pasa de ningún modo. Aquí no hay tiempo, no hay vida —añadió moviendo la cabeza, y cogió el vaso”.


Otra acepción de Tiempo es la que se refiere a época. Y también de ella se ocupa la novela. Retrata y analiza un período histórico, el de la decadencia de la burguesía europea, precipitada por la Primera Guerra Mundial.


Mann aprovechaba la vida, la individual y la colectiva, como fuente temática y creativa. En Los Buddenbrook pinta el declive comercial de una familia y para tal efecto se basó en la suya; En Alteza real cuenta, aunque de manera distorsionada, su relación y boda con Katia Pringsheim, perteneciente a una familia de artistas, y hasta publicó algunas de las cartas que intercambiaron; en Muerte en Venecia, novela de reflexión estética sobre el amor, la pasión y la belleza, aflora el tema de la homosexualidad, contra la que luchaba y por la que sufría. En la novela centenaria no podía ser diferente: ahí están los resultados de una experiencia propia. Tuvo la idea de escribirla cuando fue a visitar a su esposa, recluida en el sanatorio de Davos, un espacio fascinante en el que los “cautivos”, los internos, se pierden de la civilización sin oponer resistencia. Durante la separación de Thomas y Katia, ella le enviaba cartas en las que le contaba con detalle la vida cotidiana del sanatorio; le describía a los enfermos, sus rutinas y la manera de relacionarse con ellos. Al parecer, Thomas usó varias de esas misivas sin cambiarles más que los nombres.


Por supuesto, La montaña mágica no agota el tema del Tiempo. Cómo podría. Pero nos invita a ser conscientes de que se trata de una ilusión como cualquier otra, misteriosa e inasible. Y no nos engañemos diciendo que el Tiempo es escurridizo, porque daría la idea de que hemos estado a punto de atraparlo y esto no es verdad.


viernes, 6 de septiembre de 2024

Cerati

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 2 al 8 de septiembre de 2024)

 

Gustavo Cerati murió, pero dejó música inmortal. Todo el mundo sabe que es una de las figuras más importantes del rock latino y que sus canciones han influido en varias generaciones. Por eso no esperen que mencione estas obviedades, aunque con ellas concuerde.


Sus aficiones por The Beatles, los comics y las guitarras se formaron por la misma época, antes de los diez años. Le inspiraron la pasión por la música y le encendieron la imaginación. En sus letras hay influencia de las historietas. En la ciudad de la furia invoca a Bathman.


"Con la luz del sol

Se derriten mis alas

Solo encuentro en la oscuridad

Lo que me une

Con la ciudad de la furia”.


Dice una de sus estrofas. El personaje de la canción es un amante de visitas nocturnas.


Cerati estudió publicidad. Esta le enseñó a construir frases potentes que se incrustan en el imaginario colectivo como una marca de fuego. Una de ellas es precisamente esa manera de llamar a Buenos Aires: ciudad de la furia. Se convirtió en apelativo de la capital argentina.


De música ligera, Cuando pase el temblor y Canción animal hacen parte de un repertorio de canciones en las que los mensajes —a veces claros; otras, no tanto— son importantes. Este Río de Letras resalta las del monstruo musical argentino muerto el 4 de septiembre de 2014, a los 55 años. Leamos Cabeza de Medusa:


“Y vuela lejos, hombre

Que nada se interponga

La noche repentina

Te vende falsas sombras

Y cuando uno no ama compra



Cabeza de Medusa,

su boca es invisible

Se va fijando en tu retina,

seduce de mil formas”.