(Ensayo publicado en la revista Agenda Cultural Universidad de Antioquia, febrero de 2024)
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Recorrido por un género literario que promete asombro y garantiza aventura sin tregua a los lectores.
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Ulises y las sirenas (1867), de León Belly. Museo de l'hotel Sandelin. |
No
es difícil imaginar grupos de humanos primitivos, especialmente a partir del
descubrimiento del fuego, sentados en la noche, después de las faenas de
cacería o recolección, en torno a una fogata. Un auditorio seducido por alguien
que narra un arriesgado recorrido por el monte, la selva, el río, el mar; la
excusión a un territorio desconocido con el propósito de explorar o aprovisionarse
de materiales para la subsistencia, tal vez enfrentando o, al menos,
defendiéndose de feroces animales, de salteadores de caminos que siempre los ha
habido, o protegiéndose de los fenómenos de la Naturaleza. Era la fundación de
la literatura oral.
¿Cómo
no habría de fascinarse aquel auditorio, si salir del espacio donde se nace o
vive, de la tibieza, la comodidad y la seguridad de lo conocido, es desafiar el
peligro, exponerse a lo inesperado? Por su parte, esos contadores de historias
descubren pronto que volver para contarlas les procura cierta embriaguez en su
espíritu y prestigio entre sus semejantes.
Andando
el tiempo, con la aparición de la escritura, el viaje siguió siendo motor de
los relatos, tan potente como el amor o la muerte. Los narradores fueron
descubriendo que, tan necesario como mencionar lugares visitados y describir
paisajes, habitantes y costumbres, era contar cómo enfrentaban las
dificultades, controlaban los miedos, qué pensamientos y sentimientos cruzaban por
la mente del viajero ante cada situación.
Desde
las primeras obras de la humanidad, algunos hombres emprendían viajes, bien con
fines pragmáticos como los mencionados, bien para demostrar valentía y dejar
grabado su nombre en la posteridad.
El Poema de Gilgamesh, escrito hace casi
5.000 años, es la primera pieza literaria de la que se tiene noticia. Por
consiguiente, su protagonista, el primer viajero de la literatura. Cuenta la
historia de Uruk o Gilgamesh, un rey sumerio despótico y lujurioso. El pueblo
se quejó ante los dioses por su conducta. Estos escucharon los clamores y
crearon a Enkidu, un hombre grande y fuerte, hecho de barro, para que lo
enfrentara en combate y destruyera. Pelearon con encarnizada fiereza, pero, de
pronto, algo sucedió. Los combatientes se hicieron amigos inseparables. Emprendieron
viajes colmados de aventuras. Viajaron al país de los cedros, del que importaban
madera para los templos; se enfrentaron con Khuwawa, el monstruo del bosque, cuyo rugido era el diluvio, sus fauces eran
el fuego y su aliento era la muerte; recorrieron las tierras del Tigris y el
Éufrates y, así, en una sucesión de hazañas que les granjearía celebridad entre
los suyos.
“Cuando
llegaron a orillas del río Mala
ofrecieron
un sacrificio al dios Sol del cielo
Y
de allí llegaron al cabo de seis días a la Montaña.
¡Habían
alcanzado la Montaña!
Y
en el corazón de la Montaña
el
divino Gilgamesh y el divino Enkidu contemplaron los cedros” (1)
El
poema está incompleto y presenta varias versiones. En todas estas, el hombre de
barro muere por castigo de sus creadores; solo varía, de unas a otras, la forma
del deceso. En unas, murió de fiebre; en otras, quedó cautivo en el inframundo,
cuando se atrevió a penetrarlo en procura de la pelota y la pala maravillosas
de su amigo. Sea como fuere, Uruk se lamentó por la pérdida de su compañero de
andanzas y decidió viajar en busca de una fórmula para revivirlo y, claro,
sustraerse él mismo del destino final de los mortales. Fue a las Montañas
Gemelas, emprendió el camino del fin del mundo siguiendo la ruta del sol, atravesó
el océano… Al fin, consiguió el secreto de la eterna juventud: una planta que
crece en las profundidades del mar Apzú. Llegó hasta el oscuro abismo y logró arrancarla.
Alegre, se fue con ella. Pero en un descuido, una serpiente se la arrebató de
las manos. Fue entonces cuando Gilgamesh entendió que la inmortalidad está
preservada para los dioses, no para los humanos.
En
la literatura de viajes, como en la literatura en general, son esenciales las
transformaciones de los personajes, a partir de sus vivencias. De forma paralela
a las peripecias físicas se desarrollan las aventuras de carácter espiritual, moral,
psicológico, no menos excitantes. Si es humano sorprendernos con la aparición
de un peligro, representado, digamos, en un gigante o un monstruo, también lo
es que nos interesemos en conocer las reacciones de los personajes —que son, al
fin de cuentas, representaciones de nosotros mismos— ante tales apariciones.
Así podemos identificarnos con el héroe de la historia, sufrir y disfrutar con
sus sensaciones.
Otros
viajeros antiguos son Moisés, que, según el Antiguo Testamento, guio al pueblo
de Israel a través del desierto durante cuarenta años, desde Egipto hasta la
Tierra Prometida, situada entre la costa de aquel país y el río Éufrates. Comandados
por Jasón, los argonautas griegos, más de cincuenta héroes entre los que se
hallaban Heracles, Peleo y Orfeo, navegaron en busca del vellocino de oro. Alejandro
Magno, rey de macedonia, exploró, en el siglo cuarto antes de nuestra era,
tierras del Indo, Palestina, Egipto…
Creo
que nadie discutirá que, de aquellos tiempos fabulosos, el expedicionario más
célebre es Odiseo o Ulises. En la Odisea,
Homero se centra en el rey de Ítaca, Isla situada al occidente de Grecia. Después
de su participación en la Guerra de Troya, sucedida en el siglo XIII antes de
nuestra era, según Heródoto, Odiseo emprendió su regreso a casa. Travesía que
en condiciones normales le hubiera llevado poco tiempo, le tomó diez años, pues
fue entretenido en tierra firme y en islas por seres que poseían fuerzas sobrenaturales
o divinas. La ninfa Calipso le prometió inmortalidad; los lotófagos, seres que
se alimentaban de lotos, dieron de comer de estas plantas a algunos de los
navegantes de Odiseo, con lo cual perdieron la memoria y olvidaron hasta
quiénes eran; los Cíclopes, gigantes antropófagos, encerraron a los navegantes
en una cueva sellada con una gran roca; sirenas de canto enloquecedor;
monstruos marinos, entre otros. Contrario a los anteriores, Eolo quiso ayudar a
Odiseo. Le entregó los vientos del oeste dentro de una bolsa. Movidos por la
curiosidad, los marineros abrieron el saco y los dejaron escapar. Se formó entonces
una tormenta que los alejó más de su camino. Veamos estas líneas del canto X,
la experiencia en Eolia, la isla del buen dios de los vientos:
“le
pedí me dejara partir y ayudara mi vuelta
a
la patria y él nada reusó, me otorgó toda ayuda:
desollando
un gran buey que cumplía nueve yerbas, un odre
fabricó
con su piel y en su seno apresó las carreras
de
los vientos mugientes, que todos los puso a su cargo
el
Cronión para hacerlos cesar o moverse a su gusto.
Con
un hilo brillante reatólo ya dentro
del
bajel, porque no se escapara ni el aura más tenue;
sólo
al céfiro fuera que soplase ayudando
a
mi flota y mi gente en la ruta. ¡No había de cumplirse!
La
locura de aquellos amigos nos trajo la muerte”. (2)
La aventura medieval
La Edad
Media estuvo llena de viajeros. Peregrinos, guerreros, caballeros, trovadores y
comerciantes. Entre los primeros, se sabe de una monja del siglo VI llamada
Egeria, de la península ibérica, que viajó a conocer los lugares por donde
anduvo Jesucristo y escribió sobre ello (3). Se le considera la primera viajera
en buscar este destino, y a este el primer lugar santo en la mira de los
trashumantes. Luego se hicieron comunes los viajes religiosos a Santiago de
Compostela y Roma. Para esta clase de expedicionarios, el camino era maestro y fuente de purificación. Las vicisitudes, los
tramos impracticables por condiciones geológicas o climáticas, los peligros,
los padecimientos fortalecían el espíritu y se ofrecían a Dios para ganar favor
ante sus ojos. Los peregrinos de hoy siguen pensando de este modo.
Sobre
los otros tipos de viajeros abundan las historias de caballería y de cruzadas. Sus
hazañas, tanto en las obras de ficción como documentales, están rodeadas de
mito y exageración. Entre las primeras, recordemos a Simbad el marino. Los
relatos de sus siete viajes fueron incluidos en Las mil y una noches a partir del siglo XVII. Estos cuentos hablan
de un aventurero de Bagdad que vivió durante el califato abasi, vigente entre
los siglos VIII y XIII. Cierta vez, su barco se estableció en una isla. Cuando
los marineros encendieron una fogata, se dieron cuenta de que no era una isla;
era un cetáceo gigantesco que yacía dormido y habían despertado al quemarle su
lomo. En otra ocasión, Simbad, para salir de una isla a la que había llegado
tras naufragar, se ató a la pata de un pájaro inmenso llamado roc, voló hasta
una montaña lejana donde encontró un tesoro resguardado por serpientes…
Entre
los viajeros de carne y hueso mencionemos a Marco Polo, de cuya muerte se
cumplieron 700 años el 8 o 9 de enero pasado. Su Libro de las Maravillas es pilar de la literatura de viajes. Personaje
central y narrador, fue un mercader veneciano que aprendió el oficio de su
padre y sus tíos. Con ellos comenzó a recorrer parte de la geografía conocida y
llegó hasta el enigmático Oriente. Según cuenta, por más de 20 años sirvió de
consejero a Kublai Kan, emperador de Mongolia y China. En ese tiempo, recorrió
la Ruta de la Seda; comerció en Kabul, Jerusalén, Bengala, Constantinopla y
otros sitios; sufrió el acoso de caníbales en Sumatra; se asombró con pozos de
alquitrán en Mesopotamia, algunos siempre encendidos como antorchas del
desierto; supo del milagro atribuido a un zapatero ciego de Bagdad, consistente
en mover una montaña para librar a los cristianos de las manos del califa;
visitó las tumbas de los Tres Reyes Magos, que guardaban sus cuerpos sin
corromper, y vio un mamífero de cuello larguísimo llamado jirafa. Al regresar
de sus correrías, Venecia estaba en conflicto con Génova. Cayó en manos
enemigas y fue hecho prisionero. Compartió celda con el escritor Rustichello de
Pisa —autor de una historia del rey Arturo—, quien había sido preso igualmente.
Marco Polo decidió dictarle sus memorias.
En
el capítulo CLXXIII, “Donde se habla de la isla Angamán”, dice:
“Cuando
se dejan las dos islas citadas y se han hecho ciento cuarenta leguas hacia
Poniente, se encuentra una isla llamada Angamán, que es muy grande y rica. No
tienen rey. Son idólatras y viven como bestias salvajes que no tienen ni ley ni
orden, y no tienen ni casa ni nada. Y os hablaré de una clase de gentes que
conviene hablar en nuestro libro. Porque tened por cierto que los hombres de
esta isla tienen todos una cabeza de perro, y dientes y ojos como perros; y no
debéis dudar de que sea cierto, porque os digo en resumen que son completamente
semejantes a la cabeza de los grandes mastines. Tienen bastantes especias, son
gentes muy crueles y se comen a los hombres completamente crudos, a todos los
que pueden coger con tal que no sean los suyos”. (4)
El volumen está
conformado por tres libros y 234 capítulos, narrados en forma de recuentos más
bien minuciosos de su paso por ciudades, montes, caseríos, puertos, y con un
enfoque cristiano. Hace críticas de los grupos que practican rituales diversos,
a quienes llama idólatras y supersticiosos. Cuenta haber sido gobernador por
tres años en un pueblo de la dinastía Yuan, haber visto criaturas extrañas y
muchos otros asuntos que no se han confirmado. Por tal motivo, el libro no ha
gozado de plena credibilidad como documento histórico, pero sí de gran
prestigio como relato literario. Los
familiares de Marco Polo lo instaron a corregir aquellas cosas que no fueran
ciertas. Indignado, se negó a hacerlo. Les aseguró que apenas si había contado
la mitad de cuanto había visto en sus expediciones.
Verdad o ficción, este libro influyó
en los narradores posteriores, como Cristóbal Colón, Fray Bartolomé de las
Casas, Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Antonio Pigafetta, entre los cronistas;
Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson, Daniel Deofoe, entre los escritores de
ficción.
Es preciso decir que, como Marco Polo,
ninguno de los cronistas mencionados —que, se suponen fieles a la verdad porque,
en la crónica, la ficción es un adefesio— se libraron de la acusación de ser mentirosos
o, por lo menos, fantasiosos o exagerados. Para sustentar esta idea, leamos un
trozo de Naufragios, de Cabeza de Vaca,
en el que cuenta sus travesías desde la actual Florida hasta el Golfo de
California:
“Ya
he dicho cómo por toda esta tierra anduvimos desnudos; y como no estábamos
acostumbrados á ello, á manera de serpientes mudábamos los cueros dos veces al
año, y con el sol y el aire hacíansenos en los pechos y en las espaldas unos
empeines muy grandes, de que rescebiamos muy gran pena por razón de las muy
grandes cargas que traíamos, que eran muy pesadas, y hacian que las cuerdas se
nos metian en los brazos”. (5)
Tal fue
la escasez de alimentos durante los ocho años que duró la correría, que,
asegura el cronista, los exploradores tuvieron que comerse unos a otros. De los
seiscientos iniciales, solo la terminaron cinco.
No
es que quiera hacer de abogado de algo que no requiere defensa, pero creo que
en ciertas ocasiones al menos, más que mentir, tal vez sucede que esos aventureros
veían e interpretaban los asuntos novedosos con ojos de extranjeros,
desacostumbrados a tales realidades. Antonio Pigafetta, italiano que vivió
entre los siglos XV y XVI, escribió la Relación
del primer viaje alrededor del mundo, una expedición comandada por el
portugués Fernando de Magallanes. Al leerla, cualquiera exclama: “¡Es un fabulador!”
Encuentra seres extraordinarios a cada paso. Cuando va por territorio africano,
relata:
“Hemos
visto aves de diferentes especies: algunas parecía que no tenían cola; otras no
hacen nidos, porque carecen de patas; pero la hembra pone e incuba sus huevos
sobre el lomo del macho en medio del mar. Hay otras que llaman cágasela, que
viven de los excrementos de las otras aves y yo mismo vi a menudo a una de
ellas perseguir a otra sin abandonarla jamás hasta que lanzase su estiércol,
del que se apoderaba ávidamente.” (6)
Y ya,
en el Antártico, en el extremo sur de América, observa:
“Un
día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura
gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo
tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante envió a tierra a uno de
los marineros con orden de que hiciese las mismas demostraciones en señal de
amistad y de paz: lo que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó
tranquilamente conducir a una pequeña isla a que había abordado el comandante.
Yo también con varios otros me hallaba allí. Al vernos, manifestó mucha
admiración, y levantando un dedo hacia lo alto, quería sin duda significarnos
que pensaba que habíamos descendido del cielo. Este hombre era tan alto que con
la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. Era bien formado, con el rostro
ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas
en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, que eran escasos, parecían
blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor, su capa, era de pieles
cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de
verlo después. Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de
camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita” (7).
Si
miramos bien, el animal que acompañaba al gigante bien podía ser una llama. Por
resultarle desconocido, para su descripción, se valió de comparaciones con
criaturas que conocía. El resultado es algo maravilloso. Igual sucedió a Marco
Polo cuando contó haber visto animales con el cuello larguísimo, que resultaron
ser jirafas.
Náufrago
y solo
Hay un aventurero que no podemos
excluir de esta apretada lista: Robinson
Crussoe. Personaje creado por Daniel Defoe, escritor inglés del siglo XVIII, protagonizó
una de las historias más conmovedoras donde las haya. Consigue mostrar la
entereza de un viajero, que no se acobarda ante la peor de las desgracias. Cuando
digo “la peor de las desgracias” no me refiero al naufragio, de suyo terrible,
sino a la angustiante situación de quedarse solo en una isla del Atlántico, en
aguas situadas entre Venezuela y Trinidad, sin posibilidades de salir. Esta
historia tiene origen en hechos reales ocurridos por separado al escocés
Alexander Selkirk, en una isla del Pacífico, y al español Pedro Serrano, en una
isla del Caribe. Esta, por cierto, dio motivo a un relato del antioqueño Manuel
Uribe Ángel titulado La Serrana.
Para no dar muestras de crueldad al
dejar en ascuas a quien no haya leído Robinson
Crusoe, contaré brevemente que este tal Robinson era un navegante inglés
que abordó un barco hacia el África. Fue capturado por piratas y esclavizado.
Escapó. Se embarcó en una nave que traía africanos al Brasil para la esclavitud.
Le sedujo la idea de quedarse trabajando en esa nave. Al poco de zarpar de la
costa suramericana para volver al África, el barco naufragó. Robinson quedó, al
parecer, solo en una isla. Luego de hacerse a la idea de que no se trataba de un
asunto transitorio, se las arregló para sobrevivir. Aplicó para ello muchos
conocimientos acumulados por la especie humana: la agricultura, la
arquitectura, la cacería… Hizo acopio de lo mejor de la especie: ingenio,
perseverancia y estoicismo. Permaneció allí por veintiocho años. Consiguió
regresar a Inglaterra. No diré cómo, para no echar a perder la sorpresa a quien
desee leer el libro.
Como la mayoría de los aventureros de
raza —Simbad, Ulises, Jasón…— Crusoe no podía quedarse en un solo sitio. Tras unos
pocos años de quietud, quiso volver a ver mundo. Las Nuevas aventuras de Robinson Crusoe, narradas con estilo de crónica
y en primera persona, comienzan por contar que Robinson se casó, tuvo hijos y se
hizo campesino. No parecía tan malo eso de echar raíces al lado de un ser amado…
pero… en su interior… no dejaba de extrañar la isla donde pasó tanto tiempo. Aguantaba
paciente el ardor que consumía su pecho y callaba. La experiencia pasada,
naufragio y abandono, no había conseguido acobardarlo. De pronto, enviudó. No
demoró en emprender un nuevo viaje. Se dirigió primero a su isla para observar
cómo marchaban las cosas. Luego conformó un grupo de navegantes, atravesó el
Océano y tomó rumbo a Oriente donde se detendría en puertos de la China y otros
países para hacer negocios. Llegó a Rusia. Recorrió por tierra parte del
territorio, incluido Siberia, enfrentó a los tártaros, y, tras diez años de un
viaje arriesgado, llegó a Londres saciado de emociones.
Al hablar de canibalismo, cuenta:
“Encontramos algunos
ejemplos en el territorio entre Argusk, por donde entramos a los dominios de
los moscovitas, y una ciudad que pertenece a los tártaros y rusos a la vez,
llamada Nerchinsk, un espacio en el que se alternan desiertos y bosques, y que
nos costó veinte días cruzar. En un pueblo cercano al último de esos lugares
tuve la curiosidad de ir a ver cómo vivían: de la manera más brutal e
insufrible. Creo que ese día habían celebrado algún gran sacrificio, porque
encima del viejo tocón de un árbol había un ídolo de madera, espantoso como un
diablo, o al menos como cualquier objeto que se nos ocurra que puede hacerse
para representar al diablo. Tenía una cabeza que, desde luego, ni siquiera se
parecía a ninguna criatura que jamás haya visto el mundo; orejas grandes como
cuernos de cabra, e igual de altas; ojos grandes como una moneda de la corona;
la nariz parecía el cuerno retorcido de un carnero y una boca con cuatro
esquinas, como la de un león, con horribles dientes ganchudos como la parte
baja del pico de un loro. Lo habían vestido de la manera más asquerosa que se pueda
suponer; la ropa del torso era de piel de oveja, con la lana por fuera; un gran
gorro tártaro en la cabeza, con dos agujeros para dejar pasar los cuernos; era
de unos ocho pies de altura pese a no tener pies ni piernas ni guardar sus
partes proporción alguna”. 8
A los tres días, Crusoe regresó a este
sitio en compañía de algunos hombres para quemar tal esperpento y, así,
“vindicar el honor de Dios”.
Para no continuar una relación sin
fin, me conformo con advertir que una expedición por el subgénero de la
literatura de viajes es extensa y diversa. Quien quiera emprenderla no debe dudar
en abordar las naves de El Quijote de
Cervantes, con sus disparatados recorridos; Los
viajes de Gulliver de Jhonathan Swift; Cuentos de los mares del Sur de Robert
Louis Stevenson; Un vagabundo en las islas de Joseph Conrad; El
soberbio Orinoco de Julio Verne y un largo etcétera. El plan
de viaje debe incluir obras de realidad y ficción, antiguas y modernas, y los
trayectos bien pueden realizarse a pie o a caballo, en barco, tren,
auto, avión o globo aerostático… con las ventajas y limitaciones de cada mecanismo.
Hay garantía de involucrarse sin ser percibido, como un polizón, entre viajeros
que van por el mundo movidos por temas de exploración, comercio, guerra, fe o
pillaje.
***
RECUADRO
COMPLEMENTARIO
Tres colombianos
Entre los autores de nuestro país, Álvaro Mutis, José
Eustasio Rivera y Fernando González hablan de viajes y viajeros. Otros también
lo hacen, cómo no, pero estos ponen el acento en la expedición.
Entre sus
exploradores, Mutis tiene un personaje que se hizo célebre gracias al cine:
Maqroll. En el libro Empresas y tribulaciones de Maqroll el gaviero están las novelas
alusivas a este marinero, encargado de encaramarse en la gavia del barco para
observar el horizonte y caracterizado con ecos escoceses, turcos e iraníes. Son
ellas La nieve del almirante; Ilona llega
con la lluvia; Un bel morir; La última escala del Tramp Steamer; Amirbar; Abdul Bashur, soñador de navíos, y Tríptico de mar y tierra.
En las primeras líneas del relato Cita en Bergen, incluido en Tríptico
de mar y tierra, se lee:
“Que esto
tuviera que sucederme en Brighton es algo que quien conozca la popular estación
balnearia de Sussex hubiera dado por natural y previsible. Brighton, ese lugar
en donde la gente de Londres insiste en que disfruta del mar en medio de un
sombrío hacinamiento de construcciones victorianas y de otras de estilo
eduardiano que superan la más febril imaginación; ese lugar en donde hasta el
más modesto de los bares se empeña en servirnos el whisky que justamente no nos
apetecía y en donde las mujeres nos ofrecen en las calles y en el amplio y
desolado malecón contra el que se bate un mar gris y helado una larga lista de
caricias que, a la hora de la verdad, se convierten en homeopática y acelerada
versión de lo que un anglicano entiende por placer; en Brighton, para decirlo
de una vez, en donde al llegar sabemos
que nada se nos ha perdido allí, en Brighton tuve que guardar tres días de cama
en una pensión de miseria. Entre la diarrea y el hastío estuve a punto de dejar
allí mis huesos” (9).
En La
vorágine, José Eustasio Rivera toma una problemática social y la denuncia
en medio de una historia de amor y de viaje por llanos y selva.
Por su parte, si el filósofo
Fernando González hubiera querido ser literal, en lugar de Viaje a pie, hubiera debido titular su libro Viaje a pie, a caballo, en tranvía, en cable aéreo y en tren. Narra
su recorrido por territorios de Antioquia, Viejo Caldas y Valle del Cauca, en
compañía de su amigo Benjamín Correa, del 21 de diciembre de 1928 al 18 de enero
de 1929. El camino, las montañas, los montes, los ríos, los
pueblos, la gente, todo cuanto percibe sirve al narrador para mover paisajes interiores
y analizar la cultura.
Así, pues, un autor que habla de navegantes; otro,
telúrico y visceral, y un tercero que penetra en los dominios de lo metafísico
conforman esta muestra de viajeros y escritores de viajes colombianos.
---
Notas
1. Anónimo
(2018). Poema de Gilgamesh. Madrid,
Editorial Tecnos, colección Tercer Milenio. Página 87.
2.
Homero (2007). Odisea. Barcelona, RBA Libros, Biblioteca Clásica Gredos. Páginas
177-178.
3.
José Ángel García de Cortázar (1996). Los viajeros medievales. Madrid. Editorial
Santillana.
4. Polo,
Marco (1997). Libro de las maravillas.
Barcelona, Ediciones B, Biblioteca Grandes viajeros. Página 421.
5.
Núñez Cabeza de Vaca, Álvar (2000). Naufragios. Barcelona, Ediciones Folio.
Página 103.
6.
Pigafetta, Antonio. Primer viaje alrededor del globo. Sevilla, España; Edición de
Benito Caetano para la fundación Civiliter. Página 14.
7.
Ibid. Página 21.
8.
Defoe, Daniel (2012). Nuevas aventuras de Robinson Crusoe. Barcelona, Edhasa. Página 334.
9.
Mutis, Álvaro (1993). Tríptico de mar y tierra: Cita en Bergen. Bogotá, Editorial Norma.
Página 13.
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