(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 19 al 25 de enero de 2026)
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| Jack London. Retrato de 1903. Autor: published by L C Page and Company Boston 1903. Fuente: https://archive.org/details/littlepilgrimage00harkuoft |
Hay escritores cuya vida es más emocionante que sus novelas. Jack London es uno de ellos. Nacido hace 150 años —el 12 de enero fue su cumpleaños—, la pobreza lo empujó a vagabundear, viajar en trenes de carga, dormir en parques. Fue aventurero. Viajó a México y el Oriente donde gambeteó el frío y el hambre de cualquier modo. Compró la goleta a un pirata pescador de ostras y se hizo pirata pescador de ostras… El negocio no funcionó, así que se pasó al lado de la ley: integró una patrulla pesquera… Se contagió de la fiebre del oro, fue al Yukón y contrajo escorbuto…
Vivió
40 años de locura y vértigo. Autodidacta, escribió más de 50 libros. Ah, y fue
reportero. Escribía de seres miserables o aventureros. En la pieza
autobiográfica John Barleycorn alude
a su época de pirata, su alcoholismo y su lucha por no ahogarse en la bebida, y
jura que le quitó la amante al tipo que le vendió la goleta. En el Yukón creó
su mejor cuento: Encender un fuego. La
lucha del ser humano contra los rigores naturales. Más que acción, predomina la
tensión de saber que el sujeto morirá si no logra encender una maldita hoguera.
“¡Qué buena idea, pensó, morir durmiendo! Será lo mismo que tomar un
anestésico”.
Las
dificultades lo hicieron sensible. Se hermanó con los desposeídos y los
animales que compartían su vida. A estos los entendió y mostró cómo observan a
los humanos. En El llamado de lo salvaje,
los maltratos avivan instintos primitivos en un perro doméstico, y en Colmillo blanco, esos instintos afloran
para que el personaje canino sobreviva a mil ultrajes.








