(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 13 al 19 de abril de 2026)
La Luna es un símbolo polivalente. Quienes andan de noche sienten compañía bajo la Luna llena. Los enamorados hallan en ella una celestina. También alude a soledad y locura.
Borges dijo:
“Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.”
De ella han hablado —casi siempre bien— en todos los tiempos. Cyrano de Bergerac, en Viaje a la Luna, describió una tecnología disparatada y reveló seres exóticos, al tiempo que criticó la religión, la sociedad y la ciencia. Julio Verne contó, en De la Tierra a la Luna, la visita al satélite con detalles asombrosos. H.G. Wells, menos optimista que el anterior, en Los primeros hombres en la Luna, narró la aventura de un empresario y un científico que hallaron allí una civilización subterránea, imperialista, esclavista. Así, criticó nuestras sociedades y reflexionó sobre el choque cultural.
Ríos de letras han corrido para cantarle. ¿Dije cantarle? Qué decir del bolero Los aretes de la Luna, de José Dolores Quiñones. Poema sin par, lleno de romance y fantasía:
“Los aretes que le faltan a la luna
los tengo guardados para hacerte un collar.
Los hallé una mañana en la bruma
cuando caminaba junto al inmenso mar”.
Lo sé. Una nave estuvo merodeando la Luna, la real. No soy (tan) ingenuo: en ello hay intereses económicos y políticos. La carrera espacial de los que desean dominar la Tierra y el cosmos. Pero, sin duda, la Luna nos hace pensar en amores, historias y versos.

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