(Columna
Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 6 al 12 de abril de 2026)
Samuel
Beckett logró probar que la vida no es más que una tragicomedia. Representante
del absurdo, mostró un mundo sin sentido y sin Dios, en el que los seres no
pueden tener control de sus vidas y son más bien juguetes del azar.
El
13 de abril festejamos que este sujeto haya nacido en Dublín hace 120 años para
sacudir el mundo de las ideas y las letras. Y no celebramos porque él nos ponga
las cosas suaves y cómodas a los lectores; sino por lo contrario: porque nos
exige atención para seguir el hilo de sus pensamientos, sus textos no
convencionales ni planos. En teatro presenta situaciones ilógicas. Por ejemplo,
en Esperando a Godot, obra en la que hace evidente el tedio y la falta
de sentido de la existencia, dos vagabundos esperan a un tal Godot que nunca
llega y que el lector jamás conoce. Algunos creen que Godot representa a Dios.
Y en narrativa —El innombrable, Molloi, A lo lejos un pájaro— contiene
escenas y oraciones fragmentadas.
Si
mudarse de país resulta traumático para unos, qué decir sobre mudarse de
lengua. Eso hizo él. Dejó Dublín, se fue a París y allí escribió, en Francés,
varias de sus obras más celebradas.
En El calmante se lee:
“Yo ya no sé cuándo he muerto. Siempre me ha
parecido haber muerto viejo, hacia los ochenta años, y qué años, y que mi
cuerpo daba fe de ello, de la cabeza a los pies. Pero esta noche, solo en mi
cama helada, siento que voy a ser más viejo que el día, la noche, en que el
cielo con todas sus luces cayó sobre mí, el mismo cielo que tanto había mirado,
desde que erraba sobre la tierra lejana”.

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