Especial para el diario ADN
El autor checo-francés, fallecido el pasado 11 de julio, padeció al
menos tres desarraigos: de su ideología, de su país y de su idioma.
Tras la Primavera de Praga, Milán
Kundera fue expulsado del Partido Comunista. Casado, sin empleo y con la
prohibición de editar y vender sus libros, entendió que debía trabajar en
cualquier cosa para sobrevivir. Entre diversos oficios, no sorprende el de
pianista de jazz, pues había aprendido a tocar el instrumento gracias a las
lecciones que, de niño, le dio su padre, el reconocido músico Ludvik Kundera, y
a que el propio Milan estudió unos semestres de Música en la Universidad
Carolina, de Praga, antes de transferirse a la carrera de Cine, que sí terminó.

El más curioso de los oficios
desempeñados en esos años fue el de redactor del horóscopo en una revista del
Partido. Kundera no tenía idea de las materias aplicadas a la influencia de los
astros en la suerte y el comportamiento de las personas, pero su talento de
escritor y su imaginación le permitieron acercarse bastante a la manera de los
dedicados al tema. Al parecer, acertaba en sus predicciones. Bueno, si es que
se les puede llamar predicciones a esas advertencias más bien generales y cargadas
de sofismas de los horóscopos de prensa, que pueden acomodarse a las
circunstancias de uno u otro lector. No pocos seguidores escribían al medio
para agradecer al astrólogo sus atinados augurios.
El autor habría de referirse a aquella
época en la Tercera Parte de El libro de
la risa y el olvido, subtitulada “Los ángeles”. Cuenta aspectos de la
persecución de que fue objeto por su participación en las protestas de 1968
contra la invasión soviética a su país. Con otros escritores, defendió la idea
de que la literatura debería ser independiente de la doctrina del
Partido. La persecución terminó con su expulsión
definitiva de la colectividad en 1970.
Nadie podía darle trabajo. Usó nombres
de amigos para publicar obras de teatro, guiones de cine, de radio y de
televisión, artículos y reportajes, para ganar lo necesario para subsistir. Con
relación a su empleo como augur, menciona que una amiga llamada R, redactora de
una revista dirigida a la juventud, “me pidió que me ocupara de manera
clandestina de la sección de astrología de su revista, mi reacción fue,
naturalmente, de entusiasmo, y le ordené que anunciara a la redacción que el
autor de los textos era un importante físico atómico que no quería revelar su
nombre por miedo a las burlas de sus colegas (…).
”Escribí pues, bajo un nombre
imaginario, un extenso y hermoso artículo
sobre astrología y, cada mes, un texto breve y bastante estúpido sobre
los diferentes signos, para los cuales yo mismo dibujaba las figuras de tauro,
capricornio, virgo o piscis” (1).
La insoportable levedad del ser, una novela de amor, celos, sexo,
traiciones y debilidades de las parejas, se ambienta en esa época de agitación
política y social. Salió a la luz en 1984.
Sin embargo, esta expulsión de 1970, si
bien fue la definitiva, no fue la única que soportó. ¿Que por qué comencé hablando de la
última y no de la primera? Atraído por
ese asunto de los oficios que desempeñó para sobrevivir, pues, se trata de una
curiosa y excéntrica faceta de la vida del escritor. Además, nadie puede reclamarme
por no ser lineal, es decir, por no obedecer al orden cronológico, sabiendo que
hablamos de Kundera y él, en sus obras, jamás jamás fue lineal. Sus relatos van
de acá para allá, para adelante y para atrás, no solo en cuanto al transcurrir
del tiempo, sino de un caso a otro.
La primera exclusión de esa organización política fue en 1950, dos años después
de su vinculación voluntaria. La broma
se refiere a esta primera vez. El personaje central, un veinteañero militante,
envía, por jugar, una postal a una compañera de clase: Marketa, de la que
estaba enamorado. En el mensaje se burla del optimismo ideológico reinante,
impulsado en Checoslovaquia (2) por el programa soviético de la
Internacional Socialista, liderado por José Stalin. “¡El optimismo es el opio
del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trosky!” (3).
La destinataria, después de una breve carta con un “texto banal”, no volvió
a contestar sus misivas. La charla no causó gracia a los dirigentes del Partido
y le hicieron la vida difícil al bromista. Este, por cierto, afirma que no era
que estuviera en desacuerdo con el Partido. Incluso creía que habría de
producirse una revolución en Europa occidental. Lo que criticaba era la
obediencia reverencial e irreflexiva de los militantes.
Dicho en nuestros términos, como lo comprobamos a cada paso, el
fanatismo es el ingrediente que echa a perder las ideologías políticas y los
credos religiosos.
Readmitido en 1956, después de “lavar
su pecado” con trabajo comunitario, Kundera siguió haciendo parte del Partido,
lo cual no quiere decir que se hubiera convertido en un asociado sin
pensamiento propio. Más que la ideología del comunismo, repudiaba las prácticas totalitaristas
de gobernantes y líderes, así como la negación de las libertades individuales. Un
espíritu rebelde como el suyo se asfixiaba en un esquema en el cual era
imposible disentir.
La separación del Partido Comunista y los perjuicios sufridos como
consecuencia de la misma constituyen el primero de los exilios de Kundera: el
ideológico.
Segundo exilio
Milán Kundera nació en Brno, antigua
Checoslovaquia, el primero de abril de 1929. Es uno de los
escritores más experimentales y, por tanto, revolucionarios del arte narrativo.
Su revolución consiste, a mi modo de ver, en que fusiona los géneros de la
novela y el ensayo. Digamos que, ante todo, Kundera es un pensador. Adelanta
una suerte de tesis sobre un aspecto humano, digamos el poder y, dentro este,
la relación absurda y fanática de los militantes de un grupo ideológico, y al
mismo tiempo cuenta una historia, la aventura de algunos personajes, cuyas
vivencias pueden servir de ejemplo para ese discurso argumentativo que trae.
En 1975 decide migrar a Francia en
compañía de su esposa, la compositora Vera Hrabankova. El gobierno de su país
le retiró la nacionalidad por su salida. Francia le otorgaría la suya siete
años más tarde.
Es decir, durante siete años, de 1975 a
1982, no tuvo patria. Ya no era checo y aún no era francés.
La migración, el autodestierro, motivó
en el autor la reflexión constante sobre el desarraigo, la salida de la patria
que, si bien esta es un símbolo, ejerce una fuerza gravitacional sobre los
individuos. Es diferente cuando alguien decide migrar a otro suelo, a otra
sociedad, en busca de oportunidades económicas o académicas; es menos
traumático.
Este razonamiento lo expone en La ignorancia, libro publicado
en 2000. La ignorancia no se entiende aquí como el desconocimiento científico o
la falta de instrucción, sino la ignorancia de un país dejado atrás, que se
añora y del que nada se sabe. Este mismo no-saber-nada causa la añoranza. Y
yendo más allá, el desasosiego por no saber nada de los otros, los que con el
desterrado conformaban una comunidad, de quienes solo se mantienen impresiones.
La palabra ignorancia, explica en las primeras páginas, comparte origen con el
término añoranza. “Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no
sé qué ocurre en él” (4).
En La ignorancia reflexiona:
“Durante sus veinte años de ausencia,
los ítacos conservaron muchos recuerdos de Ulises, pero no le añoraban,
mientras que Ulises sí sentía el dolor de la añoranza, aunque no se acordara de
nada.
”Puede comprenderse esta curiosa contradicción
si reparamos en que la memoria, para funcionar bien, necesita de un incesante
ejercicio: los recuerdos se van si dejan de evocarse una y otra vez en las
conversaciones entre amigos. Los emigrados agrupados en colonias de
compatriotas se cuentan hasta la náusea las mismas historias que, así, pasan a
ser inolvidables. Pero aquellos que, como Irena o Ulises, no frecuentan a sus
compatriotas caen en la amnesia. Cuanto más fuerte es su añoranza, más se
vacían de recuerdos. Cuanto más languidecía Ulises, más olvidaba. Porque la
añoranza no intensifica la actividad de la memoria, no suscita recuerdos, se
basta a sí misma, a su propia emoción, absorbida como está por su propio sufrimiento”
(5).
No solo analiza la situación del
desplazado en esta obra. Como si fuera una espina alojada en el costado y le
hiriera cada vez que inhalara el aire, no deja de pensar el ello. El dolor
nunca se va. Así, por ejemplo, en La
lentitud, de 1995, hay episodios con un entomólogo checo que participa en
un congreso de su disciplina en la capital francesa. Kundera resalta los años
que el científico debió trabajar como albañil, castigado por el régimen; el
afán para que su nombre impronunciable —y apenas escribible— fuera bien copiado
en la lista de asistentes al evento; la impotencia ante el desconocimiento
geográfico de sus interlocutores sobre su patria (no tienen clara la ubicación
en el globo, confunden su capital con la de algún otro país) y todo eso no son
más que formas que toma la añoranza de la sociedad y el territorio perdidos.
Tercer exilio
Paralelamente, mientras Kundera vive
alejado de su pueblo, extrañándolo, ignorándolo, es decir, ignorando cuanto
pasaba en él, desaprendía —voluntaria e involuntariamente— ideas, costumbres,
formas de vida y hasta de decir las cosas, para ir adaptándose al nuevo país.
Fue extrañando
—quiero decir, haciéndosele extraños— lentamente los modos de expresión, los
coloquialismos, la forma cálida y vital de hablar de sus coterráneos, y se fue
quedando con un checo frío y aséptico; con la cáscara, pero sin la nuez. Porque
el idioma está ligado a la cultura como la sal al mar.
El narrador chino Mo Yan, autor de Trece
pasos, define el idioma como “la jaula de los
escritores” (6). Kundera fue pasándose de una jaula a
otra. Fue migrando del checo al francés y, en este idioma, primero comenzó a
hablar con los nuevos amigos, seguramente franceses en su mayor parte, a
escuchar las noticias, a pedir el desayuno en los restaurantes y a leer los
letreros publicitarios en las calles de Rennes o de París… Siguió escribiendo
algunas novelas en checo (El libro de la
risa y el olvido, La insoportable levedad del ser y La inmortalidad). Y luego, lo más difícil: ¡se atrevió a escribir
su literatura en francés! En 1993 escribió la novela La lentitud.
Pourquoi le plaisir de la lenteur a-t-il disparu? Ah, où sont-ils, les
flâneurs d’antan? Où sont-ils, ces héros fainéants des chansons populaires, ces
vagabonds qui traînent d’un moulin à l’autre et dorment à la belle étoile?
Ont-ils disparu avec les chemins champêtres, avec les prairies et les
clairières, avec la nature? Un proverbe tchèque définit leur douce oisiveté par
une métaphore: ils contemplent les fenêtres du Bon Dieu. Celui qui contemple
les fenêtres du bon Dieu ne s’ennuie pas; il est heureux. Dans notre monde,
l’oisiveté s’est transformée en désoeuvrement, ce qui est tout autre chose: le
désoeuvré est frustré, s’ennuie, est à la recherche constante du mouvement qui
lui manque.
(“¿Por qué habrá desaparecido el placer
de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño? ¿Dónde estarán esos
héroes holgazanes de las canciones populares, esos vagabundos que vagan de
molino en molino y duermen al raso? ¿Habrán desaparecido con los caminos
rurales, los prados y los claros, junto con la naturaleza? Un proverbio checo
define la dulce ociosidad mediante una metáfora: contemplar las ventanas de
Dios. Los que contemplan las ventanas de Dios no se aburren; son felices. En
nuestro mundo, la ociosidad se ha convertido en desocupación, lo cual es muy
distinto: el desocupado está frustrado, se aburre, busca constantemente el
movimiento que le falta”) (7).
En francés fue aprendiendo a pensar,
sentir, hablar y a escribir cuanto pensaba, hablaba y sentía. Uno cree
descubrir que en esta nueva “jaula” se fue sintiendo cómodo, tenía su agua, su
alpiste y hasta su columpio donde saltar mientras silbaba… aunque quién sabe si
tan a placer como en la primera. A La lentitud le sobrevinieron novelas y ensayos
como El arte de la novela, Los
testamentos traicionados y El telón.
Uno que lee sus obras en español —no en
checo—, no detecta disminución en la brillantez de las reflexiones, la
sagacidad de las ironías ni la claridad de sus escenificaciones.
Kundera recibió en 2020 el premio de la
Sociedad Franz Kafka, de su país natal. Sus paisanos expresaron que “su obra representa no solo una
contribución extraordinaria a la cultura checa (...), sino que ha tenido un eco
en la cultura europea y mundial”. Por su parte, Kundera, tras aceptarlo,
manifestó sentirse “honrado, en especial porque se trata del premio Kafka, el premio de un colega
escritor”. Este acontecimiento fue interpretado por quienes habíamos
seguido esa relación entre el escritor y su país a través de la ventana de los
medios de comunicación, como una suerte de reconciliación. Tal vez no haya sido
tanto, pero sí al menos un consuelo para ese amorío tan tortuoso; un bálsamo para
soportar con un poco más de estoicismo esas tres expatriaciones sufridas en
noventa y cuatro años de existencia.
__________
Notas:
1. Kundera, Milan (1987). El
libro de la risa y el olvido. Seix barral, Biblioteca Breve, Bogotá. Páginas
92-93-94.
2. Checoslovaquia se dividió pacíficamente en dos repúblicas, Chequia y
Eslovaquia, en 1993. Praga fue la capital de la primera y es la de Chequia.
3. Kundera, Milan (1990). La broma. Bogotá,
Seix Barral, Biblioteca Breve, Bogotá. Página 41.
4. Kundera,
Milan (2000). La ignorancia. Tusquets
Editores, Colección Andanzas, Barcelona. Página 12.
5. Ibid. Página
39.
6. El narrador chino Mo Yan hizo
esta afirmación en una videoconferencia organizada por la Biblioteca Miguel de
Cervantes de Shangái, el 1 de septiembre de 2022.
7. Kundera, Milan (1995). La
lentitud. Tusquets Editores, Colección Fábula, Barcelona. Páginas 11-12.