(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 16 al 22 de febrero de 2026)
Ya son 60 años esperando
que escampe. El aguacero de injusticia que pintó Fernando Soto Aparicio en Mientras llueve aún no cesa. Este
clásico de las letras colombianas señala que para ejercer violencia contra las personas
no solo hay que golpearlas o matarlas, sino negarles la posibilidad de ser y arrebatarles
la dignidad y la autonomía.
En cualquier época, muchos
lectores tomamos en las manos esta novela que cuenta, de manera cruda, directa
y sin adornos, la tragedia de Celina Franco Valdivia, una llanera radicada en
Boyacá. Su mamá la obliga a casarse con un tipo viejo, adinerado y ruin, sin estimar
que ella ama a otro hombre. Se casa, pero rechaza al millonario. Ofendido, este
fragua una venganza: se suicida de forma que su muerte parezca un asesinato
perpetrado por su esposa. Celina es condenada a 24 años de prisión. En su
encierro, escribe cartas para su amado y un diario en que consigna reflexiones
sobre la justicia, la libertad y el amor. Escapa, pero halla que su vida está arruinada
y entiende que la libertad es más que moverse por ahí.
Cruda, directa y sin adornos, digo, pero no carente de gracia. Es una obra potente, con mensaje vigente. El formato de cartas y reflexiones la aleja de la linealidad y el orden. Además, por momentos, la voz de la protagonista alcanza niveles líricos.
“Entre mi amor y tu ternura hay un abismo de silencio. La música de nuestra mutua esperanza puede cruzarlo, mas las cuerdas de mi arpa yacen rotas. Grita mi soledad y se alza como un mástil de pena, pero el mar está revuelto y la playa distante”.

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