jueves, 12 de marzo de 2026

Distopía

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 9 al 15 de marzo de 2026)

 

 

Hoy somos los personajes de una novela que habla de una realidad indeseada. Líderes autoritarios someten y humillan a dirigentes y pueblos de forma arbitraria para saquear recursos de sus territorios e intervenir sistemas de gobierno. Un panorama de caos y destrucción. Todo, ante la inoperancia de organismos como las Naciones Unidas y la impotencia de los ciudadanos del mundo.


Esa realidad nos tiene leyendo sobre distopías para entender nuestra suerte actual y prepararnos para lo que quizá nos depare el porvenir. Siempre aludimos a 1984, de George Orwell, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. La primera, sobre la represión e hipervigilancia de un gobierno totalitario a los ciudadanos. La segunda, de un mundo en el que los humanos son fabricados y diseñados para dirigir o trabajar. Estas obras, y otras como Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, o El talón de hierro, de Jack London, son las bases para otras de ficción especulativa que vendrían después.


Como El cuento de la criada, de la canadiense Margaret Atwood, y La guerra de las salamandras, del checo Karel Capek. Aquella habla de un Estados Unidos sometido a un régimen teocrático y neonazi, y una sociedad en la que las mujeres ocupan el escalón más bajo de las clases sociales, limitadas a tareas reproductivas. El último, acerca de un hallazgo que revoluciona la economía: el de las salamandras y su mano de obra barata y resistente. Ambos libros tratan de esclavitud, colonialismo, fascismo… Consecuencias que fácilmente pueden llegar después de que en el planeta reine la ley del más fuerte.

jueves, 5 de marzo de 2026

Elecciones

(Columna Rio de Letras publicada en el diario ADN, semana del 2 al 8 de marzo de 2026)

 

 

En cafés y esquinas de Colombia no se habla de algo distinto a las elecciones. Que por quién votar, lo que dice Fulana, lo que responde Perano. A todas estas, una buena elección es observar cómo la literatura se mete en política. Revisa ideologías, critica conductas sociales, presenta escenarios posibles. Me vienen a la mente dos obras bien distintas: Sumisión, de Michel Houellebecq, y Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago.


En la primera, el francés imagina que las elecciones de su país son ganadas por un movimiento musulmán. Llegan cambios culturales y de leyes —como las que garantizan igualdad entre mujeres y hombres—, y la intención de establecer un imperio islámico en Europa.


En la del portugués, este lanza una sátira en la que, en una ciudad sin nombre, los ciudadanos rompen la venda de sus ojos. En las elecciones municipales, el voto en blanco obtiene un triunfo arrollador. El gobierno entra en pánico, porque no hay nada más doloroso para los políticos que esta expresión de desprecio. Es una crítica a la democracia degenerada y a la clase dirigente corrupta. Además, tiene el encanto del estilo Saramago: puntuación atípica, humor inteligente y diálogos mezclados con la narración. Leamos un trozo:


“Hombre, ten calma, no hay ningún motivo de preocupación, mira estas calles, el sosiego de la ciudad, su tranquilidad, Eso es justamente lo que me inquieta, comisario, una ciudad como esta, sin autoridades, sin gobierno, sin vigilancia, sin policía, y a nadie parece importarle, aquí hay algo muy misterioso que no consigo entender”.

martes, 3 de marzo de 2026

Comprar Groenlandia

(Columna publicada en Papel Salmón del diario La Patria, de Manizales)


https://www.calameo.com/read/004765973a9fbf37239dd 




El presidente estadounidense Donald Trump expresó la intención de adquirir la isla más grande del mundo. Poseerla le daría ventajas económicas, militares y políticas al país norteamericano. Así, el tesoro cultural de sus habitantes, los inuit, está en riesgo de desaparecer.




El siguiente no es realismo mágico; es una muestra del animismo de los inuit de Groenlandia:


“Nosotros creemos que los árboles del bosque son seres vivientes a los que no falta más que la palabra. Por eso no nos gusta pasar la noche en medio de ellos. Los que por azar se han visto obligados a hacerlo refieren que, en la oscuridad, las ramas cuchichean y gimen en una lengua que ellos no han podido entender”.


Knud Rasmussen 

Esta bella idea y mil más se leen en De Groenlandia al Pacífico. Dos años de intimidad con tribus esquimales desconocidas. La odisea helada del antropólogo y escritor groenlandés Knud Rasmussen, nacido en 1879 y muerto en 1933, dueño de una existencia colmada de aventuras.


El citado libro contiene narraciones extraordinarias, cuya historia principal es el cruce del Paso del Noroeste, conectando el estrecho de Davis y el estrecho de Bering. Rasmussen es el primer expedicionario en lograr esta hazaña. Las peripecias comienzan en la puerta del frío, Groenlandia, situada entre los océanos Atlántico y Ártico, a bordo de embarcaciones que desafían un mar atestado de hielos flotantes, algunos inmensos como islas, sobre todo en verano cuando por ratos se hace impracticable. Siempre con rumbo al extremo norte del continente americano. El viajero visita regiones cercanas al polo, las más alejadas del ecuador terrestre habitadas por seres humanos. Allí, valiéndose de trineos tirados por perros, bordea la costa con rumbo a occidente, para salir al océano Pacífico. “Dadme invierno y dadme perros y podéis quedarte con el resto”, manifiesta este etnógrafo y explorador polar, quien estudió como ninguna otra persona las culturas inuit, es decir, esquimales.


Planes de Trump

El presidente de Estados Unidos revive el viejo anhelo de los dirigentes gringos de comprar Groenlandia. Hace unos meses, su hijo fue allí a mirar no más; el último fin de semana de marzo de 2025, altos funcionarios del gobierno del país norteamericano, entre ellos el vicepresidente J. D. Vance, visitaron la isla, en especial una base militar gringa, en un claro signo de acoso rechazado por el primer ministro de la isla J. Frederik Nielsen. Se ponen sobre la mesa historias que parecen ficciones y dan cuenta de que esos no son terrenos baldíos de los que cualquiera puede apropiarse con dinero. O como ellos, los estadounidenses, acostumbran hacer: mediante el uso de la fuerza, acorralan a los pueblos hasta que no tienen más alternativa que ceder a sus pretensiones.


Viejo anhelo, digo, porque desde el siglo antepasado, cuando le compraron Alaska a Rusia, lanzaron la propuesta de adquirir Groenlandia. Y posteriormente, después de cada Guerra Mundial y durante la Guerra Fría han renovado su intención de quedarse con la isla que hace parte del reino de Dinamarca. Por eso nada que abandonan su base militar.


Por supuesto, las motivaciones son económicas, políticas y militares. La ubicación geográfica les resulta estratégica. Está a medio camino entre Nueva York y Moscú. Relativamente cerca del Reino Unido y Europa. La riqueza mineral de su suelo es grande. Tiene petróleo, gas y metales de tierras raras, útiles en las industrias de aviación y militar. Consciente de que el Ártico se está descongelando por efecto del calentamiento global, la dirigencia estadounidense sabe que, en unos diez años, muchos tesoros que se mantienen protegidos por el hielo, podrán ser explotados fácilmente.


Es de anotar que las relaciones entre la isla y Dinamarca son tensas, Groenlandia quiere independencia y el país europeo suele quejarse de que le resulta muy costoso mantenerla. Así, los gringos pretenden pescar en río revuelto, como se dice coloquialmente.


Nuuk, la capital groenlandesa. 

Groenlandia está habitada por unas 60 mil personas pertenecientes a comunidades indígenas, predominantemente inui o esquimales, que basan su economía en la caza y la pesca.


En los últimos años intentan diversificar con propuestas turísticas.

 



Relatos

Desde el tercer milenio antes de nuestra era, los exploradores y navegantes visitan Groenlandia. Esta ha hecho parte de Islandia, Noruega y Dinamarca, en distintos momentos. Los griegos clásicos la mencionan con el nombre Thule, el lugar más remoto. En las sagas groenlandesa y la de Erik el Rojo, se cuenta que este vikingo noruego llegó allí en el siglo X, proscrito por asesinato múltiple. Decidió llamarla Groenlandia, que quiere decir Tierra Verde, aunque solo es verde en verano, cuando el territorio se descongela.


La hemos visitado en decenas de historias de exploradores. En Las aventuras del capitán Hatteras, de Julio Verne, él y sus navegantes arriman a la isla, última estación donde pueden aprovisionarse de víveres y perros, para su conquista del polo; en El secreto de Maston o Sin arriba y sin abajo, del mismo autor, se alude a una sociedad secreta estadonidense que, en subasta pública y ante las potencias mundiales, compra el Polo Norte para explotar sus minerales, en especial, la hulla.


Volviendo a Rasmussen, el etnólogo —que también fue actor y guionista de películas—, leamos un fragmento del origen del mundo, incluido en su libro Mitos y leyendas Inuit:

 

“Hace mucho, mucho tiempo, cuando aún no existía la Tierra, cayó de lo alto; tierra, montañas y piedras, de arriba, del cielo; así apareció la Tierra.


Cuando apareció la Tierra, llegaron las personas. Cuentan que brotaron de ella. Unos niños muy pequeños surgieron de la tierra; salieron entre unos arbustos de sauce, cubiertos de follaje, y quedaron entre las ramas, pataleando con los ojos cerrados; ni gatear sabían. Su alimento lo sacaban de la tierra.


Cuentan también de un hombre y de una mujer; pero... ¿cómo? Es misterioso. ¿Cuándo estuvieron juntos? ¿Cuándo crecieron? No lo sé. El caso es que la mujer cosió ropa de niño y echó a andar. Encontró a los pequeños, los vistió y los llevó a su casa.


Así fue como hubo muchos seres humanos.


Cuando fueron numerosos, quisieron perros. Un hombre salió con una correa de perro en la mano y empezó a patear la tierra al grito de «¡Hoc! ¡Hoc, hoc!».


En ese instante, empezaron a salir perros de montículos de tierra corriendo a todo correr; y se sacudieron bien, porque estaban llenos de arena. Así fue como los hombres consiguieron perros.


Pero los hombres se multiplicaron; cada vez había más. No conocían la muerte hace mucho, mucho tiempo, y vivían muchos años; tantos que al final no podían andar, se quedaban ciegos y tenían que tumbarse.


Tampoco conocían el sol, vivían en la oscuridad; el día jamás clareaba. Solamente había luz dentro de las casas; quemaban el agua en lámparas. En aquellos tiempos el agua ardía.


Pero los hombres, que no sabían morir, empezaron a ser tantos que colmaron la tierra; entonces el mar lo arrasó todo. Muchos se ahogaron y su número se redujo. Podemos ver huellas de esta gran inundación en las cumbres más altas, donde no es raro hallar moluscos”.


No es necesario ser adivino para saber que en poco tiempo, con el afán expansionista de Trump, oiremos hablar más de los habitantes de la isla más grande de la Tierra.

jueves, 26 de febrero de 2026

Eco de erudición

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 23 de febrero al 1 de marzo de 2026)

 




Cierta vez leí una columna de Umberto Eco en la que un estudiante, por fastidiar, le preguntó al maestro: ¿en la época de internet, para qué sirve usted? El italiano —que murió el 19 de febrero de 2016— le respondió al provocador: los profesores, aparte de informar, deben formar. Lo que no hace la red.


Hablo de Eco precisamente desde la faceta de docente: fue el primer campo en el que se conoció y es el rol que ejerció a toda hora: en conferencias; columnas; ensayos como Obra abierta y Tratado de semiótica general; novelas como El péndulo de Foucault o Número cero, y relatos infantiles como Los tres astronautas.


Su obra se lee con gozo. Pero, confieso, prefiero El nombre de la rosa y Signo. Aquella, una novela que cabalga en lo histórico, lo policíaco y lo filosófico. En 1327, crímenes ocurridos en un monasterio roban la atención de un monje detective. La intriga bien urdida ronda en torno a un libro prohibido sobre la comedia. Se reflexiona sobre la risa, elemento subversivo que desencadena los asesinatos. Y Signo, con tono cálido y cercano, enseña que los humanos producimos signos comunicativos constantemente para movernos en sociedad como peces en el agua. Un agua infestada de mensajes hechos de señales, íconos, palabras… El prólogo es un cuento en el que seguimos a un personaje, Sigma, en su continua relación con los signos, la cual no percibe: “(…) el médico examina las palmas de las manos de Sigma y ve que tienen manchas rojas irregulares: «Mal signo —murmura—. ¿No beberá usted demasiado?». Sigma lo reconoce: «¿Cómo lo sabe?»”.


jueves, 19 de febrero de 2026

La novela de la injusticia

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 16 al 22 de febrero de 2026)

 

 



Ya son 60 años esperando que escampe. El aguacero de injusticia que pintó Fernando Soto Aparicio en Mientras llueve aún no cesa. Este clásico de las letras colombianas señala que para ejercer violencia contra las personas no solo hay que golpearlas o matarlas, sino negarles la posibilidad de ser y arrebatarles la dignidad y la autonomía.


En cualquier época, muchos lectores tomamos en las manos esta novela que cuenta, de manera cruda, directa y sin adornos, la tragedia de Celina Franco Valdivia, una llanera radicada en Boyacá. Su mamá la obliga a casarse con un tipo viejo, adinerado y ruin, sin estimar que ella ama a otro hombre. Se casa, pero rechaza al millonario. Ofendido, este fragua una venganza: se suicida de forma que su muerte parezca un asesinato perpetrado por su esposa. Celina es condenada a 24 años de prisión. En su encierro, escribe cartas para su amado y un diario en que consigna reflexiones sobre la justicia, la libertad y el amor. Escapa, pero halla que su vida está arruinada y entiende que la libertad es más que moverse por ahí.


Cruda, directa y sin adornos, digo, pero no carente de gracia. Es una obra potente, con mensaje vigente. El formato de cartas y reflexiones la aleja de la linealidad y el orden. Además, por momentos, la voz de la protagonista alcanza niveles líricos.


“Entre mi amor y tu ternura hay un abismo de silencio. La música de nuestra mutua esperanza puede cruzarlo, mas las cuerdas de mi arpa yacen rotas. Grita mi soledad y se alza como un mástil de pena, pero el mar está revuelto y la playa distante”.

jueves, 12 de febrero de 2026

Cumbres en el cine

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 9 al 15 de febrero de 2026)

 



Estamos de fiesta. Cumbres borrascosas, la novela de la inglesa Emily Brontë, referente del romanticismo y la literatura gótica, llegó al cine y está en carteleras. Es la historia del amor enfermo de Heatcliff por Catherine Earnshaw. Ella, a pesar de amarlo, decidió casarse con otro hombre, Edgar Linton, con el propósito de ascender socialmente. El ofendido se alejó por años para hacer fortuna y planear venganza. Al ejecutarla, cosa que tomó mucho tiempo e involucró a varias generaciones, destrozó a las dos familias, Earnshaw y Linton, y lo acabó a él mismo.


Estos enredos, como suelen ser las vidas y las almas, y más cuando se entrecruzan, son más comunes de lo que se cree. En la película, la encargada de contarlos es Esmerald Fernell, quien además de directora es la escritora del texto. Esta cineasta, también británica, mostró su calidad con el guion de la cinta Hermosa venganza, una obra del género negro no menos intrincada.


En Cumbres borrascosas, lo que impulsa la trama es el rencor de Heatcliff; la narración es liderada por la ama de llaves, Nelly Dean, quien le cuenta la historia al señor Lockwood, un sujeto que tomó en arriendo una propiedad del vengador. La novela, que apareció por primera vez en 1847 firmada con el seudónimo de Ellis Bell, comienza así: “Regreso en este momento de visitar al dueño de mi casa. Sospecho que ese solitario vecino me dará más de un motivo de preocupación. La comarca en que he venido a residir es un verdadero paraíso, tal como un misántropo no hubiera logrado hallarlo igual en toda Inglaterra”.

jueves, 5 de febrero de 2026

La mamá de Frankenstein

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN semana del 2 al 8 de febrero de 2026)

 

 

Retrato de Mary Shelley, por Richard Rothwell.
Pintura (1840). Propiedad de National Portrait Gallery, Londres.


En una edición de Frankenstein o el eterno Prometeo, Mary Shelley contó que soñó la historia en la cabaña que Lord Byron alquiló cerca de Ginebra, Suiza, en 1916, el año sin verano.


Byron había invitado a varios amigos a pasar días en esa región. Mary Shelley y su esposo —el poeta Percy Shelley—, y el escritor John Polidori estaban en ese grupo. Como el invierno no cedía, se encerraron a hablar de logros científicos relacionados con la posibilidad de dar vida a cuerpos inertes con electricidad y a leer cuentos de fantasmas. Byron los retó a escribir relatos de terror. A Mary no se le ocurría nada. Hasta que, en un sueño, vio al doctor Frankenstein hincado ante el “hombre” que había armado con partes de muertos.


Si la historia es asombrosa, la estructura también lo es: un tríptico integrado por cartas del capitán Walton a su hermana sobre su encuentro con un moribundo doctor Frankenstein en el polo, el relato de este y el testimonio de la criatura.


“¡Oh! ¡Ningún mortal podía soportar el horror de aquel semblante! Una momia revivida no podía ser tan espantosa como aquel monstruo. Lo había mirado cuando aún no estaba concluido; era feo entonces; pero cuando esos músculos y esas articulaciones adquirieron el don del movimiento, se convirtió en cosa que ni siquiera Dante hubiera podido concebir”.


Además de esta novela fundadora del terror gótico, Mary escribió obras como El último hombre, Lodore y Falkner. ¿Por qué me dio por hablar de ella así, de pronto?  El 1 de febrero se cumplieron 175 de su muerte en Londres. Esta puede ser una razón.


jueves, 29 de enero de 2026

El genial Joyce

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 26 de enero al 1 de febrero de 2026)

 

 



Uno de los cuadros más potentes salidos del genio creativo de James Joyce es el del infierno. Aparece en El retrato del artista adolescente. La representación que de tal lugar transmitían los profesores religiosos. “Una eternidad de agonía ilimitada en intensidad, de tormento infinitamente variado, de tortura, que alimenta eternamente aquello que eternamente devora, de angustia, que perdurablemente oprime el espíritu mientras despedaza la carne, una eternidad, cada instante de la cual es ya de por sí una eternidad de dolor”. El protagonista, Stephen Dedalus, se impresiona con estas ideas, que van acompañadas de imágenes terroríficas.


Por supuesto, el gran aporte del dublinés, de cuya muerte se cumplieron 85 años el 13 de enero, es el uso del flujo de conciencia, técnica exprimida en la novela Ulises. El narrador parece retirarse y dejar que el lector asista directamente al fluir de los pensamientos, sentimientos y percepciones del héroe. Ulises, obra que a no pocas personas les parece enredada, relata un día en la vida de tres personajes. Un solo día puede ser una odisea.


Me atrevo a decir que la dificultad que aducen esos lectores estriba en que ser testigo del torrente de pensamientos de otro es estar ante un caos. Así como uno va por ahí pensando en lo suyo nunca de manera ordenada, van los personajes. Uno va encontrando personas, situaciones, lugares… y estos van entrando en juego con las cosas pensadas. Se va tejiendo una madeja enmarañada. Gran aporte este, porque los escritores del mundo, posteriores a Joyce, suelen usarlo.

jueves, 22 de enero de 2026

Escritor y vagabundo

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 19 al 25 de enero de 2026)

 


Jack London. Retrato de 1903.
 Autor: published by L C Page and Company Boston 1903.
 Fuente: 
https://archive.org/details/littlepilgrimage00harkuoft 


Hay escritores cuya vida es más emocionante que sus novelas. Jack London es uno de ellos. Nacido hace 150 años —el 12 de enero fue su cumpleaños—, la pobreza lo empujó a vagabundear, viajar en trenes de carga, dormir en parques. Fue aventurero. Viajó a México y el Oriente donde gambeteó el frío y el hambre de cualquier modo. Compró la goleta a un pirata pescador de ostras y se hizo pirata pescador de ostras… El negocio no funcionó, así que se pasó al lado de la ley: integró una patrulla pesquera… Se contagió de la fiebre del oro, fue al Yukón y contrajo escorbuto…


Vivió 40 años de locura y vértigo. Autodidacta, escribió más de 50 libros. Ah, y fue reportero. Escribía de seres miserables o aventureros. En la pieza autobiográfica John Barleycorn alude a su época de pirata, su alcoholismo y su lucha por no ahogarse en la bebida, y jura que le quitó la amante al tipo que le vendió la goleta. En el Yukón creó su mejor cuento: Encender un fuego. La lucha del ser humano contra los rigores naturales. Más que acción, predomina la tensión de saber que el sujeto morirá si no logra encender una maldita hoguera. “¡Qué buena idea, pensó, morir durmiendo! Será lo mismo que tomar un anestésico”.


Las dificultades lo hicieron sensible. Se hermanó con los desposeídos y los animales que compartían su vida. A estos los entendió y mostró cómo observan a los humanos. En El llamado de lo salvaje, los maltratos avivan instintos primitivos en un perro doméstico, y en Colmillo blanco, esos instintos afloran para que el personaje canino sobreviva a mil ultrajes.


jueves, 15 de enero de 2026

50 años sin Agatha Christie

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 12 al 18 de enero de 2026)

 


El 6 de agosto de 1975, los lectores del New York Times hallaron esta nota en primera plana: Hércules Poirot, detective belga de fama internacional, falleció en Inglaterra. Se desconoce su edad”. Un obituario dedicado a un personaje creado por la británica Agatha Christie. Así, Poirot traspuso el umbral de la ficción a la realidad.


La autora, de cuya muerte se cumplieron 50 años el 12 de enero, es pilar del género policial. Escribió obras como El misterioso caso de Styles, Matar es fácil, El enigmático señor Quin y Muerte en el Nilo. El investigador belga no es el único salido de su ingenio; también los esposos Tommy y Tuppence Beresford, Harley Quin, Parker Pyne y Miss Marple. Esta, por cierto, es una simpática anciana que resuelve los casos sin moverse de la silla en que se sienta a tejer.


En este año, una novela de Agatha Christie cumple cien años: El asesinato de Roger Ackroyd. El personaje del título es un terrateniente que aparece muerto en su estudio, poco después del suicidio de la señora Ferrars, quien envenenó a su esposo y que, según le contó a aquel en una carta, venía siendo chantajeada. Leamos un trozo de esta novela: “El ama de llaves de Ackroyd es una mujer alta, hermosa, pero con un aire que impone respeto. Tiene una mirada y una boca severas. Tengo la impresión de que si yo fuera una camarera o una cocinera, echaría a correr al verla acercarse”.

Agatha Christie sigue cautivando lectores porque tiene un fuerte sentido de la realidad, conoce a fondo a sus personajes y sus historias están perfectamente estructuradas.

viernes, 9 de enero de 2026

Desdeñan la eñe

(Columna Río de letras publicada en el diario ADN, semana del 5 al 11 de enero de 2026)

 

 



Uno no es dado a riñas. No gruñe ni refunfuña. Pero como alguien que vive en español, ¡que piensa, imagina, siente, sufre, goza y sueña en español!, se sigue sintiendo ofendido cada vez que en un documento, la letra eñe del apellido o de cualquier palabra, es remplazada por alguna ñoñería, bien sea un signo de interrogación o de número. Lo dañan. En mi caso, en el lugar del segundo apellido, a veces encuentro “Londo¿o” o “Londo#o” y no “Londoño”. Y siento como si un puñal simbólico se hundiera en mis entrañas simbólicas. Entonces se frunce mi ceño y mis mejillas se tiñen de todos los colores, empezando por el castaño, pasando por el añil y acabando en algún rojo sin eñe.


Claro, sé lo que sucede; lo han cañado mil veces desde hace años: que hay teclados en inglés y por eso no tienen la entrañable letra que parece tener una araña en la moña. ¡Patrañas! Ya va mucho tiempo y nada que se resuelve del todo esta maraña, que, sin duda, no es una pequeñez. Tampoco puede tomarse como algo normal, que se lea sin siquiera pestañar.


La ofensa se justifica porque la eñe es una de las características de nuestra lengua. Una señal de identidad idiomática. Y a quienes leemos y escribimos en español nos atañe. Total, somos los dueños del idioma. No se puede desdeñar la eñe. Por el contrario: por única, debe recibir nuestro cariño.


¡Que todos los teclados añadan de hoy a mañana la decimoquinta letra del alfabeto y solucionen un problema que ya es añejo! Esta es mi campaña. Tal vez me engaño. Sin embargo, no cejaré en mi empeño y no me dejaré domeñar.


jueves, 1 de enero de 2026

Año Nuevo

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 29 de diciembre/25 al 4 de enero/26)

 

 

En el río de letras, a veces torrentoso, a veces manso, el lector que boga sin tregua halla en cada curva, en cada rápido, en cada isla flotante, una oportunidad para leer. La fiesta de Año Nuevo también es motivo.


En una orilla se ve un cuento de la francesa Colette: Ensueño de año nuevo. Un relato con mujer que corre con amigas cuadrúpedas a saborear la nieve. Destilan las lentas lágrimas de la nostalgia al buscar en el espejo o en los recuerdos a la niña que ya no es, y se lamenta por crecer y envejecer... como todos.


“Un año más… ¿Para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. ¡Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño?”.


En aquel remolino está el relato escalofriante de Rubem Fonseca titulado Feliz Año Nuevo. Acosados por el hambre y la estrechez, Pereba y Zequina deciden ir a una casa de ricos mientras festejan la llegada del Año Nuevo a dejarles infelicidad.


En un meandro hay algunos poemas. “Año Nuevo”, de Rubén Darío, lleno de dulzura; “Año Nuevo en Dartmoor”, de Sylvia Plath, acosado de intranquilidad espiritual, y “Propósitos de Año Nuevo”, de Rudyard Kipling, laqueado de humor: Kipling se ríe de esa lista de buenas intenciones que casi todos hacen, pero casi nadie cumple. Este dice así:


I.

He decidido que durante todo el año

aparcaré mis vicios en un estante.

Seguiré un camino más piadoso y sobrio

y amaré a mis vecinos como a mí mismo,

excepto a los dos o tres de siempre

a los que detesto tanto como ellos me odian.



2.

He decidido que jugar a los naipes es malo,

sobre todo con cartas como las que me suelen tocar.

Puede desplumar una cuenta bancaria sana,

así que renuncio a estos placeres terrenales

excepto —y aquí no veo pecado alguno—

cuando otros reclamen ‘mi presencia’.

 

3.

He decidido que votos como estos, aunque

formulados con ligereza, son difíciles de mantener.

Por tanto los acometeré poco a poco,

no sea que mis recaídas acaben por hundirme.

Un voto al año me sacará del paso

y comenzaré con el Número Dos.