jueves, 26 de febrero de 2026

Eco de erudición

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 23 de febrero al 1 de marzo de 2026)

 




Cierta vez leí una columna de Umberto Eco en la que un estudiante, por fastidiar, le preguntó al maestro: ¿en la época de internet, para qué sirve usted? El italiano —que murió el 19 de febrero de 2016— le respondió al provocador: los profesores, aparte de informar, deben formar. Lo que no hace la red.


Hablo de Eco precisamente desde la faceta de docente: fue el primer campo en el que se conoció y es el rol que ejerció a toda hora: en conferencias; columnas; ensayos como Obra abierta y Tratado de semiótica general; novelas como El péndulo de Foucault o Número cero, y relatos infantiles como Los tres astronautas.


Su obra se lee con gozo. Pero, confieso, prefiero El nombre de la rosa y Signo. Aquella, una novela que cabalga en lo histórico, lo policíaco y lo filosófico. En 1327, crímenes ocurridos en un monasterio roban la atención de un monje detective. La intriga bien urdida ronda en torno a un libro prohibido sobre la comedia. Se reflexiona sobre la risa, elemento subversivo que desencadena los asesinatos. Y Signo, con tono cálido y cercano, enseña que los humanos producimos signos comunicativos constantemente para movernos en sociedad como peces en el agua. Un agua infestada de mensajes hechos de señales, íconos, palabras… El prólogo es un cuento en el que seguimos a un personaje, Sigma, en su continua relación con los signos, la cual no percibe: “(…) el médico examina las palmas de las manos de Sigma y ve que tienen manchas rojas irregulares: «Mal signo —murmura—. ¿No beberá usted demasiado?». Sigma lo reconoce: «¿Cómo lo sabe?»”.


jueves, 19 de febrero de 2026

La novela de la injusticia

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 16 al 22 de febrero de 2026)

 

 



Ya son 60 años esperando que escampe. El aguacero de injusticia que pintó Fernando Soto Aparicio en Mientras llueve aún no cesa. Este clásico de las letras colombianas señala que para ejercer violencia contra las personas no solo hay que golpearlas o matarlas, sino negarles la posibilidad de ser y arrebatarles la dignidad y la autonomía.


En cualquier época, muchos lectores tomamos en las manos esta novela que cuenta, de manera cruda, directa y sin adornos, la tragedia de Celina Franco Valdivia, una llanera radicada en Boyacá. Su mamá la obliga a casarse con un tipo viejo, adinerado y ruin, sin estimar que ella ama a otro hombre. Se casa, pero rechaza al millonario. Ofendido, este fragua una venganza: se suicida de forma que su muerte parezca un asesinato perpetrado por su esposa. Celina es condenada a 24 años de prisión. En su encierro, escribe cartas para su amado y un diario en que consigna reflexiones sobre la justicia, la libertad y el amor. Escapa, pero halla que su vida está arruinada y entiende que la libertad es más que moverse por ahí.


Cruda, directa y sin adornos, digo, pero no carente de gracia. Es una obra potente, con mensaje vigente. El formato de cartas y reflexiones la aleja de la linealidad y el orden. Además, por momentos, la voz de la protagonista alcanza niveles líricos.


“Entre mi amor y tu ternura hay un abismo de silencio. La música de nuestra mutua esperanza puede cruzarlo, mas las cuerdas de mi arpa yacen rotas. Grita mi soledad y se alza como un mástil de pena, pero el mar está revuelto y la playa distante”.

jueves, 12 de febrero de 2026

Cumbres en el cine

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 9 al 15 de febrero de 2026)

 



Estamos de fiesta. Cumbres borrascosas, la novela de la inglesa Emily Brontë, referente del romanticismo y la literatura gótica, llegó al cine y está en carteleras. Es la historia del amor enfermo de Heatcliff por Catherine Earnshaw. Ella, a pesar de amarlo, decidió casarse con otro hombre, Edgar Linton, con el propósito de ascender socialmente. El ofendido se alejó por años para hacer fortuna y planear venganza. Al ejecutarla, cosa que tomó mucho tiempo e involucró a varias generaciones, destrozó a las dos familias, Earnshaw y Linton, y lo acabó a él mismo.


Estos enredos, como suelen ser las vidas y las almas, y más cuando se entrecruzan, son más comunes de lo que se cree. En la película, la encargada de contarlos es Esmerald Fernell, quien además de directora es la escritora del texto. Esta cineasta, también británica, mostró su calidad con el guion de la cinta Hermosa venganza, una obra del género negro no menos intrincada.


En Cumbres borrascosas, lo que impulsa la trama es el rencor de Heatcliff; la narración es liderada por la ama de llaves, Nelly Dean, quien le cuenta la historia al señor Lockwood, un sujeto que tomó en arriendo una propiedad del vengador. La novela, que apareció por primera vez en 1847 firmada con el seudónimo de Ellis Bell, comienza así: “Regreso en este momento de visitar al dueño de mi casa. Sospecho que ese solitario vecino me dará más de un motivo de preocupación. La comarca en que he venido a residir es un verdadero paraíso, tal como un misántropo no hubiera logrado hallarlo igual en toda Inglaterra”.

jueves, 5 de febrero de 2026

La mamá de Frankenstein

(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN semana del 2 al 8 de febrero de 2026)

 

 

Retrato de Mary Shelley, por Richard Rothwell.
Pintura (1840). Propiedad de National Portrait Gallery, Londres.


En una edición de Frankenstein o el eterno Prometeo, Mary Shelley contó que soñó la historia en la cabaña que Lord Byron alquiló cerca de Ginebra, Suiza, en 1916, el año sin verano.


Byron había invitado a varios amigos a pasar días en esa región. Mary Shelley y su esposo —el poeta Percy Shelley—, y el escritor John Polidori estaban en ese grupo. Como el invierno no cedía, se encerraron a hablar de logros científicos relacionados con la posibilidad de dar vida a cuerpos inertes con electricidad y a leer cuentos de fantasmas. Byron los retó a escribir relatos de terror. A Mary no se le ocurría nada. Hasta que, en un sueño, vio al doctor Frankenstein hincado ante el “hombre” que había armado con partes de muertos.


Si la historia es asombrosa, la estructura también lo es: un tríptico integrado por cartas del capitán Walton a su hermana sobre su encuentro con un moribundo doctor Frankenstein en el polo, el relato de este y el testimonio de la criatura.


“¡Oh! ¡Ningún mortal podía soportar el horror de aquel semblante! Una momia revivida no podía ser tan espantosa como aquel monstruo. Lo había mirado cuando aún no estaba concluido; era feo entonces; pero cuando esos músculos y esas articulaciones adquirieron el don del movimiento, se convirtió en cosa que ni siquiera Dante hubiera podido concebir”.


Además de esta novela fundadora del terror gótico, Mary escribió obras como El último hombre, Lodore y Falkner. ¿Por qué me dio por hablar de ella así, de pronto?  El 1 de febrero se cumplieron 175 de su muerte en Londres. Esta puede ser una razón.