(Columna Río de Letras publicada en el diario ADN, semana del 22 al 28 de septiembre de 2025)
En
la lista de aliados confiables, en literatura aparecen Quijote y Sancho, Holmes
y Watson, los tres mosqueteros —que después fueron cuatro—, Tom Sawyer y Huckleberry
Finn, Arturo Cova y Fidel Franco…
Hay
amistad entre individuos de especies diferentes. En Platero y yo, Juan Ramón Jiménez narra el vínculo entre un humano y
un burro. Las aventuras y los diálogos de palabras y rebuznos contagian
alegría. El sufrimiento del narrador por la muerte del amigo “pequeño, peludo,
suave” transmite una tristeza proporcional a esa fiesta inicial.
El
afecto traspasa fronteras, ya no de especie, sino de naturaleza, en “Robbie”, de
Isaac Asimov. Una niña y su robot cuidador establecen una fuerte unión. La
madre decide un día separarlos, porque, dice, un robot no debe ser buena
influencia para la hija. Viene el desconsuelo, por supuesto… pero la historia
continúa. Leamos:
“Robbie asintió con la cabeza —pequeño paralelepípedo de
bordes y ángulos redondeados, sujeto a otro paralelepípedo más grande, que
servía de torso, por medio de un corto cuello flexible— y obedientemente se
puso de cara al árbol. Una delgada película de metal bajó sobre sus ojos
relucientes y del interior de su cuerpo salió un acompasado tictac”.



